AHORA SU NOMBRE ES MARIPOSA
Sé que esta historia de perros llevará alegría al corazón de muchos en la Sede...
Era de noche y lloviznaba cuando la vi por primera vez; con una de sus patitas delanteras increíblemente hinchada y deforme, sin duda como consecuencia de un atropello, se refugiaba junto a los talleres; no queriendo espantarla, me retiré con calma, pensando en lo triste que es la vida de un perro sin amo. No volví a saber de ella en semanas; cuando me la encontré de nuevo cojeaba ostensiblemente, pero estaba bonita y saludable; me sorprendí de lo discretamente que se las había arreglado para vivir en el entorno del casino durante tanto tiempo. Sin duda que su timidez y docilidad no sólo le habían granjeado simpatías y apoyo entre muchos funcionarios, sino que también la ayudaron a pasar inadvertida para aquellos que pudieran no haber tolerado su presencia. Sin embargo, la naturaleza llama y, tras algún fugaz canino romance, resultó preñada; cuando tuvo sus hijos, hace unos 3 meses, se puso al descubierto y sólo entonces se enteraron algunos que existía. Crió 6 bellos perritos, cuatro de los cuales fueron adoptados prontamente; las dos perritas restantes, de unos tres meses a diciembre, ya estaban ofrecidas y, mientras llegaba el momento de hacerlas partir, jugueteaban, como niñas que eran, en los prados de la Sede, alegrando con sus travesuras el espíritu de la mayoría de quienes las contemplaban, pero agriando el de unos pocos, supongo... Así debió ser, porque alguien decidió que debían irse; al fin y al cabo, es cierto, una universidad no es para animales. Y, bueno, como dar órdenes también es fácil, ya saben ustedes eso de que Herodes mandó a Pilatos y Pilatos mandó a su gente... que ayuda mucho a que todos pasen por inocentes y no carguen una conciencia que bien pudieran no tener, un mal día, entre gallos y medianoche, o mejor dicho, entre Navidad y Año Nuevo, el 28 de diciembre creo, un par de mandadas gentes consumaron la expulsión del Paraíso en el cual vivía la familia de perritas; bruscamente las hicieron cambiar el verde pasto, las flores, el alimento y el cariño del campus, por el tránsito y peligro de la avenida Colón, por la aridez de la Isla Rocuant y por el hambre y la sed del abandono. Fue una decisión y elección increíblemente cruel e infinitamente torpe. Cuando me enteré de la ausencia y destino de las cánidas, mi alma se angustió y me propuse intentar encontrarlas. Difícil tarea – dijo un amigo – el lugar en que las dejaron es terrible y ya ha pasado más de una semana... Deberías encomendarte a San Francisco... Y yo pensé, aunque no soy creyente, estoy seguro que ese Santo Varón estaría gustoso de ayudarme y así, prometiéndole una visita a Assis, si es que daba con las perritas, me lancé a su búsqueda...
La encontré enrolladita al sol, con la mirada perdida, como esperando que aquellos que la habían olvidado allí se acordarán que también a ellos les movía la cola cuando se acercaban; su rostro de perra, a pesar de la deshidratación y el hambre, se iluminó al verme, pero no tanto como el mío (siempre es así con estos animalitos... dan más alegrías de las que ellos reciben). De sus hijas no había rastros... Es de esperar que hayan terminado en buenas manos y no bajo las ruedas de los automóviles de la avenida Colón... Habría que confiar en que San Francisco las protegió también. Un par de voluntarios insistirán nuevamente en su búsqueda; no pierdo la esperanza de tener que ir a Assis...
Pareciera que esta aventura hubiese sido fácil, pero no lo fue tanto... últimamente, nada lo es para mi...
Ahora está en mi casa. Ha recibido el nombre de Mariposa, el cual no es una burla por el aleteo de sus orejas al caminar con sus tres patitas buenas. Ciertamente esto ha complicado un poco más mi vida... dentro de la casa ya vive Petunia, que no parece muy dispuesta a compartir su territorio; además, la perrilla insiste en no perderme pisada y allí donde yo voy, va ella, lo cual enerva aún más a Petunia... En fin, veremos, nos estamos adaptando mutuamente... Dos cosas son seguras eso sí: que allí donde ya comen cinco, podrán comer seis y que Mariposa no será nuevamente abandonada.
Sentí que había comenzado mal este año para mi: no acababa de terminar el 2004 cuando mi hijo fue notificado que cesaba en su trabajo; mi perra Barby, compañera de Petunia, murió el día 3 en una cirugía de urgencia; entremedio me enteré del estado de salud de Alfredo y, para colmo, supe que las perrillas de esta historia habían desaparecido... Así pues, mi cumpleaños del 9 de enero prometía ser más bien triste... Sin embargo, las cosas mejoraron bastante en un par de días: encontré a Mariposa; la cesantía mencionada parece que no durará mucho; ayer, con mis hijos, celebrando, recordamos más los momentos felices que nos dio Barby, que la tristeza de su muerte y, finalmente, he constatado que el querido Alfredo enfrenta, con filosofía de hombre sabio y arropado por su familia y sus amigos, su destino, que también será el nuestro, algún día. Después de todo, el 2005 no parece ir tan mal para mí; espero que para ustedes sea lo mejor posible también. ¡Feliz Año a todos, incluidos aquellos!
Osvaldo González Rojas.
PS: Pronto me retiraré de la Universidad; aprovecho de contárselos, con algo de pena, pero también con mucho cariño, por todos...
Lunes 10 de enero de 2005.
No comments:
Post a Comment