Saturday, December 04, 2010

De profesores, de alumnos y de griegos

DE PROFESORES, DE ALUMNOS Y DE GRIEGOS


¿Y por qué no “De profesores, de alumnos y de gallegos”, se preguntarán algunos?; me parece lícito, al fin y al cabo, en ciertas ocasiones, a uno mismo, como profe o como alumno, le ha parecido ser partícipe de un chiste sobre los tales; sin embargo, ¡tienen que ser los griegos!. Reconozco que, estratégicamente, habría sido mucho mejor incluir a los gallegos pues de ese modo todo el mundo pensaría que se trata de un escrito más bien cómico, suscitándose un mayor interés en leerlo... ¡Bueno! pero ya está decidido, después de todo, elegir el título de un artículo es algo que le corresponde a quien lo escribe y deberán agradecer que tuve el buen tacto de no precisar, para colmo, que se trata de los antiguos griegos

¿Y por qué de los antiguos griegos, se preguntarán otros?. Y bueno, simplemente porque los admiro. Y lo hago porque, hace tanto tiempo, fueron tan capaces y tan brillantes para pensar y clarificar conceptos que aún parecen frescos y que nos ayudan, todavía, a comprendernos y a comprender el mundo en el que vivimos. En particular, aprecio la importancia del legado en raíces del idioma que usamos, como también lo hago con aquella de la similar herencia recibida de los antiguos romanos, quienes, a pesar de ser menos originales y más disipados que los griegos, también aportaron lo suyo, según se da cuenta uno cuando hurga en la etimología de las palabras que empleamos. Y, entre estas, hay tres que nos tocan muy de cerca: docente, alumno y profesor.

Seguramente sabe usted que docente proviene del latín ducere, que significa conducir o guiar. ¿Guiar a quiénes?, a los e-ducandos, por supuesto, es decir, a los que son conducidos y que también son conocidos como alumnos, palabra que me gusta más que estudiantes, porque esta última se limita a describir una actividad realizada por ciertas personas, para la cual no necesariamente requieren de un docente. Y si me gusta más la palabra alumno es porque significa “el que es alimentado” (procede del latín alere o alimentar) pero, sinceramente, mucho más bonita me parece la francesa élève, ya que destaca el propósito y el efecto que tiene la mencionada guía, pues se traduce por aquel a quien se hace crecer, o aquel que es elevado y que, en consecuencia, crece.

¿Y cómo se hace crecer a una persona?, alimentándola, por cierto.
¿Y con qué?... bueno, cuando se trata de nutrir el espíritu humano hay que hacerlo con información, para que él pueda, con su ayuda, recrear y crear conocimiento.
¿Y cómo se conduce a las personas a ese tipo de alimento? ¡ah!, aquí aparecen los profesores y los griegos. Veamos por qué:

Profesor es una palabra compuesta de dos raíces, pro y fateor. Para asignarle un significado a pro tenemos varias opciones: suponer que proviene del latín prode, que significa provecho o bien, que lo hace del latín pro, que corresponde, entre otros, a la preposición por. Como fateor es un verbo en latín que viene de una raíz griega que significa hablar, entonces, profesor, en una libre y personal interpretación mía, sería aquel que le saca provecho a la palabra o, preferiblemente, y con esto casi cerramos el cuadro, aquel que guía hacia el alimento y por medio de la palabra, al espíritu de aquellos que desean crecer. ¡No me digan qué no es lindo!.

Pero no nos apresuremos tanto en terminar pues, para que la palabra, escrita o hablada, surta el efecto esperado, se requiere de bien conocer y practicar la retórica y, con ella, según constatarán, volveremos a los griegos. Los diccionarios definen la retórica como “el arte de hablar o de escribir en forma efectiva”. Para Aristóteles es “la habilidad para utilizar los medios de persuasión disponibles según el caso” y él mismo describe los tres factores que la determinan, denominándolos Ethos, Logos y Pathos, que deben ser utilizados complementariamente para interesar y persuadir con efectividad a la audiencia.

El gran filósofo definió Ethos (término del cual se deriva la palabra ética) como la credibilidad que establece en su exposición aquel que habla o escribe. El carácter del expositor y su actitud hacia su audiencia forman las bases del atractivo de sus argumentos. El carácter es aquello que da valor a las ideas expuestas y se manifiesta demostrando tres características: inteligencia, virtud y buena intención. Mientras la inteligencia se evidencia a través del conocimiento exhibido sobre el tema, además de la lógica y del sentido común para tratarlo, la virtud y las buenas intenciones son comunicadas más bien por medio de la actitud que el expositor asume hacia su audiencia, expresándose a través del tono empleado, el cual transmite impresiones sobre su propio sentir.

Mediante el Logos, el expositor debe provocar, a través del razonamiento lógico y el empleo juicioso de datos, la atracción hacia el tema y el deseo de su comprensión.

Por su parte, a través del Pathos, también llamado atractivo emocional (del cual derivan las palabras empatía, simpatía y patético) se busca estimular y persuadir mediante el uso de las emociones. Para él, Aristóteles señala dos orígenes: el primero es la aenergia, es decir la energía que debe poner el expositor para despertar la pasión en los auditores, cuestión fundamental para incitarlos a la acción y, el segundo, es el empleo de un lenguaje apropiado, el cual debe ser natural, comprensible y correcto.

Finalmente y sin pretender enmendar la plana a Aristóteles, cosa que pocos siglos atrás me habría resultado caro, opino que no hay que olvidar que agregando estética al discurso, mediante la incorporación de belleza y elegancia a la forma en la que se desarrolla el Ethos, el Pathos y el Logos, se incrementa considerablemente su atractivo.

Y así pues, gracias a que no hicimos chistes a costa de gallegos, se ha terminado por intuir, ciertamente con gusto a poco pero con muchas yes, lo que de verdad son los alumnos y lo que ellos requieren de un profesor.





Osvaldo González Rojas.
Ex profesor del Área Electónica de la Sede Concepción de la UTFSM.















arropado por su familia y sus amigos, su destino, que también será el nuestro, algún día. D

Y AHORA SU NOMBRE ES MARIPOSA

AHORA SU NOMBRE ES MARIPOSA


Sé que esta historia de perros llevará alegría al corazón de muchos en la Sede...

Era de noche y lloviznaba cuando la vi por primera vez; con una de sus patitas delanteras increíblemente hinchada y deforme, sin duda como consecuencia de un atropello, se refugiaba junto a los talleres; no queriendo espantarla, me retiré con calma, pensando en lo triste que es la vida de un perro sin amo. No volví a saber de ella en semanas; cuando me la encontré de nuevo cojeaba ostensiblemente, pero estaba bonita y saludable; me sorprendí de lo discretamente que se las había arreglado para vivir en el entorno del casino durante tanto tiempo. Sin duda que su timidez y docilidad no sólo le habían granjeado simpatías y apoyo entre muchos funcionarios, sino que también la ayudaron a pasar inadvertida para aquellos que pudieran no haber tolerado su presencia. Sin embargo, la naturaleza llama y, tras algún fugaz canino romance, resultó preñada; cuando tuvo sus hijos, hace unos 3 meses, se puso al descubierto y sólo entonces se enteraron algunos que existía. Crió 6 bellos perritos, cuatro de los cuales fueron adoptados prontamente; las dos perritas restantes, de unos tres meses a diciembre, ya estaban ofrecidas y, mientras llegaba el momento de hacerlas partir, jugueteaban, como niñas que eran, en los prados de la Sede, alegrando con sus travesuras el espíritu de la mayoría de quienes las contemplaban, pero agriando el de unos pocos, supongo... Así debió ser, porque alguien decidió que debían irse; al fin y al cabo, es cierto, una universidad no es para animales. Y, bueno, como dar órdenes también es fácil, ya saben ustedes eso de que Herodes mandó a Pilatos y Pilatos mandó a su gente... que ayuda mucho a que todos pasen por inocentes y no carguen una conciencia que bien pudieran no tener, un mal día, entre gallos y medianoche, o mejor dicho, entre Navidad y Año Nuevo, el 28 de diciembre creo, un par de mandadas gentes consumaron la expulsión del Paraíso en el cual vivía la familia de perritas; bruscamente las hicieron cambiar el verde pasto, las flores, el alimento y el cariño del campus, por el tránsito y peligro de la avenida Colón, por la aridez de la Isla Rocuant y por el hambre y la sed del abandono. Fue una decisión y elección increíblemente cruel e infinitamente torpe. Cuando me enteré de la ausencia y destino de las cánidas, mi alma se angustió y me propuse intentar encontrarlas. Difícil tarea – dijo un amigo – el lugar en que las dejaron es terrible y ya ha pasado más de una semana... Deberías encomendarte a San Francisco... Y yo pensé, aunque no soy creyente, estoy seguro que ese Santo Varón estaría gustoso de ayudarme y así, prometiéndole una visita a Assis, si es que daba con las perritas, me lancé a su búsqueda...

La encontré enrolladita al sol, con la mirada perdida, como esperando que aquellos que la habían olvidado allí se acordarán que también a ellos les movía la cola cuando se acercaban; su rostro de perra, a pesar de la deshidratación y el hambre, se iluminó al verme, pero no tanto como el mío (siempre es así con estos animalitos... dan más alegrías de las que ellos reciben). De sus hijas no había rastros... Es de esperar que hayan terminado en buenas manos y no bajo las ruedas de los automóviles de la avenida Colón... Habría que confiar en que San Francisco las protegió también. Un par de voluntarios insistirán nuevamente en su búsqueda; no pierdo la esperanza de tener que ir a Assis...

Pareciera que esta aventura hubiese sido fácil, pero no lo fue tanto... últimamente, nada lo es para mi...

Ahora está en mi casa. Ha recibido el nombre de Mariposa, el cual no es una burla por el aleteo de sus orejas al caminar con sus tres patitas buenas. Ciertamente esto ha complicado un poco más mi vida... dentro de la casa ya vive Petunia, que no parece muy dispuesta a compartir su territorio; además, la perrilla insiste en no perderme pisada y allí donde yo voy, va ella, lo cual enerva aún más a Petunia... En fin, veremos, nos estamos adaptando mutuamente... Dos cosas son seguras eso sí: que allí donde ya comen cinco, podrán comer seis y que Mariposa no será nuevamente abandonada.

Sentí que había comenzado mal este año para mi: no acababa de terminar el 2004 cuando mi hijo fue notificado que cesaba en su trabajo; mi perra Barby, compañera de Petunia, murió el día 3 en una cirugía de urgencia; entremedio me enteré del estado de salud de Alfredo y, para colmo, supe que las perrillas de esta historia habían desaparecido... Así pues, mi cumpleaños del 9 de enero prometía ser más bien triste... Sin embargo, las cosas mejoraron bastante en un par de días: encontré a Mariposa; la cesantía mencionada parece que no durará mucho; ayer, con mis hijos, celebrando, recordamos más los momentos felices que nos dio Barby, que la tristeza de su muerte y, finalmente, he constatado que el querido Alfredo enfrenta, con filosofía de hombre sabio y arropado por su familia y sus amigos, su destino, que también será el nuestro, algún día. Después de todo, el 2005 no parece ir tan mal para mí; espero que para ustedes sea lo mejor posible también. ¡Feliz Año a todos, incluidos aquellos!

Osvaldo González Rojas.

PS: Pronto me retiraré de la Universidad; aprovecho de contárselos, con algo de pena, pero también con mucho cariño, por todos...

Lunes 10 de enero de 2005.