Sunday, November 20, 2005

EL "EFECTO MOZART" EN LOS CANALES DEL SUR

EL EFECTO MOZART EN LOS CANALES DEL SUR


Las armónicas notas del concierto Nº3, para corno, de Wolfgang Amadeus Mozart, resonaban en mis oídos; el frío viento del sur y las esporádicas gotas de la omnipresente llovizna en esas latitudes, acariciaban mi rostro; el aroma y el sabor a mar, el grito de algunas gaviotas y la luz decadente del norte, que se colaba entre tormentosos nubarrones, inundaban mis sentidos y me transportaban a esferas espirituales difícilmente alcanzables en otros lugares del planeta. Mis ojos emulaban, como inefable expresión de felicidad, al húmedo y gris cielo. Las abrumadoras sensaciones físicas y la impresiones de pequeñez, soledad y felicidad que entonces invadían mi alma, sólo parecen posibles en las navegaciones por los canales del sur de Chile, allí donde nuestra geografía se desmembra en mil kilómetros de miríadas de misteriosas y verdes islas, siempre azotadas por el viento, la lluvia y el mar. Era nuestro segundo día de navegación en la motonave “Evangelistas”; habíamos zarpado de Puerto Chacabuco e iniciábamos la segunda fase del viaje que, al amanecer, culminaría en la Laguna San Rafael, cuyo anfiteatro, de azules y milenarios hielos, constituye una de las maravillas naturales que nos dejó como herencia el último período glacial. En ese crepúsculo que anunciaba la noche, envuelto en las mozartianas notas escondidas en mi diminuto “Walkman” Sony iba yo, solo y de pie en la cubierta superior de popa del barco, mientras los otros 350 pasajeros, ajenos a las sensaciones del exterior que embargaban de inefables emociones a mi alma, desparramaban sus huesos en 350 butacas, con los ojos cerrados o fijos en libros, en congéneres o en la diminuta pantalla de los televisores que relataban las maravillas de la navegación por esos canales y que ellos, supuestamente, habían venido a vivir.

Recuerde, cuando por allí vaya (¡porque tiene que hacerlo!) de ir muy abrigado y dispuesto a no perder ni un minuto de la más bella y continua película que la más espectacular geografía proyectará ante sus ojos. Lleve prismáticos; le permitirán invadir los bosques, los roqueríos y el horizonte, sin moverse de la cubierta de la nave que elija (el Ro-Ro “Evangelistas” está bien y es económico).

De pronto, sobresaltado, hube de retornar a este mundo al oír, junto a mí, la juvenil voz de una mujer preguntándome -¿qué está escuchando?; sorprendido y sin decir una palabra, me quité los audífonos y se los puse; permanecí a su lado, sin siquiera mirarla, mientras mi mente seguía los acordes de ese concierto que conozco bien. Unos minutos más tarde la oí sollozar; ¡vaya!, me dije, he aquí alguien a quien Mozart emociona tanto como a mí – y esa idea incrementó la intensidad de mi propio sentir. Varios minutos transcurrieron hasta que me creí capaz de interrumpir la privacidad de sus lágrimas y la miré; ella, quitándose los audífonos, dijo, a modo de justificación “es que tenía un hermano, al que le gustaba tanto esta música....” y, tras esa declaración, su sollozar se convirtió en un torrente de lágrimas. Me sentí impelido a abrazarla hasta que recuperó la serenidad suficiente como para explicarse. Contó entonces que había tenido un hermano, al que mucho quería y al que mucho extrañaba; largos minutos recordó instantes de su vida junto a él, evidenciando, con aquel pesar, un sentimiento común en estos casos y cuyo motivo es la impresión o la realidad de no haber dicho a la persona ida, tan frecuentemente como tras lo irreparable se hubiese deseado, que ella era amada y que todas aquellas palabras hirientes, esas que saltan de la boca en los momentos de ira, eran sólo producto del enojo pasajero y nada más. Dándome cuenta de su injustificado pero normal tormento intenté, durante largos minutos, hacerle comprender que su manera de sentir era usual en todos aquellos que tienen la desgracia de perder un ser querido, pero que era necesario asumir que todo aquello estaba ya en el pasado y que siendo imposible modificar la situación, debía conformarle el saber que las palabras violentas habían sido dichas en instantes de descontrol, en medio de aquellos casi necesarios conflictos entre seres humanos y, en particular, entre hermanos; insistí, reiteradamente, en la idea que, en este caso, aunque nada de lo dicho o hecho tenía ya remedio, el pasado y sus recuerdos estaban allí para mostrarle un camino menos duro hacia el futuro; le recordé que aún tenía a sus padres y a sus otros hermanos y que era con ellos, en primer lugar, con quienes debía aplicar las experiencias tan duramente adquiridas a través de esa desgracia; que era a ellos, ahora y en el futuro, a quienes debería expresarles, más frecuentemente, sus palabras y gestos de amor, esas palabras y gestos que la rutina o inexplicables inhibiciones, nos hacen ahorrar, a todos nosotros, como si nos fuese ajeno el hecho cierto que lo que tenemos hoy, ya no lo tendremos en algún momento del mañana; que era a sus seres queridos y a cualquier otro al que hubiese ofendido en un momento de ira o de inconsciencia, a quienes debería pedir disculpas ¡ahora!, mientras la vida lo hacía posible, en la certeza que el amor reflejado desde esos seres y la paz que cae al alma tras la acción correcta, es la mejor de las recompensas para nuestro propio espíritu. Esa larga e intima conversación, continuada al abrigo de la superestructura del navío, que nos protegía entonces de la incrementada llovizna, sirvió para recordar mis propios sentimientos, aquellos que experimenté tras la muerte de mis padres y también para terminar de exorcizar mis propios fantasmas, reforzando con ello mis propias convicciones, forjadas también en la dureza de los yunques en los que se construye la vida de cada cual.
Transcurridos los momentos más emotivos y de mayor elaboración racional, fue inevitable preguntarle, a mi joven y desconocida interlocutora, las circunstancias en las cuales había ocurrido la desgracia que dio motivo a nuestra charla; recibí entonces una serie de sorpresas que aún me intrigan. La primera fue enterarme que ella también vivía en Concepción y la segunda, darme cuenta, con inexpresable estupor, que yo había asistido al funeral de su hermano. Las razones por las cuales eso fue posible, requieren de una aclaración: verán, en un trágico choque, sucedido meses atrás en una brumosa mañana en el camino a Cabrero, habían muerto, además de quien hablamos, otros dos jóvenes ingenieros, uno de los cuales era vecino de mi barrio y conocido, por mí, desde niño; fue para confortar a sus padres y hermanas que concurrí al triple velorio y funeral, con los cuales las familias afectadas decidieron despedir a sus miembros. Confieso que las ceremonias fúnebres no son de mi agrado y que a ellas voy sólo por una inexcusable obligación; ello explica que, en esa ocasión, limitase mis contactos, exclusivamente, a aquellos necesarios para expresar mi pesar a los atribulados familiares del muchacho mencionado; quizás por eso también es que mi mente consciente no tenía registro alguno del rostro de esa jovencita que, a partir de ahora, llamaré Camila X. De más está decir que, hacerle presente este hecho, fue una gran sorpresa para ella también.

Desde entonces, esta especial y extraordinaria coincidencia, o como quieran llamarla, no termina de asombrarme y siempre la he considerado digna de ser relatada, no sólo por ser sorprendente, sino también porque he pensado que las reflexiones que ella motivó podrían ser de utilidad para otros. Piénsenlo una vez más, estábamos a bordo de un buque, entre otras 350 personas que se habían embarcado en Puerto Montt, navegando a 800 Km de Concepción y, allí, se había dado la especial casualidad de ese fortuito encuentro, en el cual la música de Mozart, sin duda, había sido fundamental para desencadenar el rico y emotivo proceso de comunicación que he relatado, entre dos personas ligadas, inconscientemente, por un triste suceso.

Al día siguiente, ya a la vista del famoso ventisquero azul y en una breve conversación tras los buenos días, Camila se sintió impulsada a agradecerme, no sólo por la charla de la pasada noche, sino que, especialmente, porque las circunstancias del encuentro le habían permitido llorar, por primera vez desde la muerte de su hermano; para justificarse ante mi extrañeza, explicó que siempre le era muy difícil exteriorizar sus sentimientos, cuestión que atribuía a la condición de no llorar, “porque los hombres no lloran”, que sus cuatro hermanos varones le imponían para incluirla en sus juegos. Más desde el interior de mi alma que a través de mis palabras, también le agradecí porque sentía que ello había sido, ya lo dije, importante para mí, importante para terminar de exorcizar mis propios sentimientos de pesar y para visualizar, con más claridad, las pistas de la senda que conduce a la madurez. Sin duda que ambos debíamos, también, un agradecimiento al joven músico de Salzburgo, cuyos armónicos acordes, forjados siglos atrás en su genial mente, nos habían predispuesto a vivir tan significativa y especial experiencia.

Podría terminar de contar esta anécdota aquí pero ella aún tiene un epílogo, un epílogo que es tan sorprendente como ella misma. Ya lo dije antes, desde que ocurrió, muchas veces relaté esta vivencia, más que nada para compartir las reflexiones aparejadas, pero también para reforzar mi opinión y certeza acerca del particular estado espiritual que la increíble belleza de esos sureños parajes infunde en sus visitantes. Así pues, dos años después, regresando de un largo viaje por Europa, me encontré, en una brumosa y fría tarde de julio, haciendo una latosa espera en el inhóspito terminal de vuelos nacionales del aeropuerto de Santiago. Repetidas y largas caminatas a lo largo del recinto, durante las varias horas que allí debía permanecer, me tenían cansado, friolento y aburrido; el gris helado del ambiente y los duros asientos de la sala de espera contrastaban con la cálida y cómoda atmósfera en la oficina de la Compañía de Teléfonos, bien complementada con la belleza de la promotora de las ventajas de la telefonía celular; ello me hizo ingresar a consultar por aparatos que creía no necesitar pero pronto hube de confesarle que estaba allí sólo porque ese era el lugar más acogedor y atractivo del recinto, especialmente después de tantas horas de avión (no olvidéis que me había desplazado a través de varios husos horarios, desde un hemisferio al otro y lo peor quizás, desde un cálido verano al brumoso invierno de Chile). Pronto comenzamos a hablar de viajes y a compartir experiencias; como tantas veces lo había pensado en las últimas semanas, expresé mis sentimientos acerca de lo maravilloso que era el extremo sur de nuestro país, el cual tanto había añorado, a veces, encontrándome en medio de la agitación y de la artificial belleza de las capitales europeas; pasar de allí a relatar algunas de mis encantadoras y sorprendentes aventuras sureñas fue natural y, por supuesto, me fue imposible no repetir la historia que han tenido la paciencia de leer. Sin dar nombres, la terminé como aquí lo hice, diciendo “… y, al día siguiente, la chica ésta me agradeció por la conversación que habíamos sostenido pero, más que nada, porque ella le había permitido llorar... etc, etc...”. Mi simpática interlocutora, con una expresión extraña en su rostro, se quedó mirándome y dijo, a modo de reflexión en voz alta “ sí pues, es que Camila X es así… Yo también estuve en el funeral de su hermano….” No creo que les sea posible imaginar mi sorpresa, ni tampoco las innumerables preguntas que mi mente se formuló; fue un momento desconcertante e increíblemente emotivo, del cual me tomó largos minutos recuperarme. Alicia, la señorita de los teléfonos, aclaró entonces que, siendo muy amiga de Camila, había viajado a Concepción al enterarse de la infausta noticia. ¿Otra coincidencia?, ¿otro juego del inconsciente?; mi escéptica mente me induce a creer que así debiera ser pero algo siembra la duda en ella; ¡es qué son demasiadas cosas raras!….Algo continúa intrigándome en todo este asunto….

La música, la más excelsa de las artes, que alcanza con sus maravillosas armonías las más recónditas profundidades de nuestra mente, sin razonamiento intermedio, tiene profundos efectos sobre nuestro espíritu y nuestro cuerpo. Es conocida su cualidad terapéutica y su intensa acción sobre el espíritu (¡no sin razón su origen se encuentra asociado a la adoración de los dioses!). La música de Mozart, que muchos describen como la más rica en armonías, parece poseer una misteriosa capacidad para restablecer el equilibrio psicosomático y predisponer la mente del auditor para disfrutar de experiencias casi para-normales. Tal parece que las complejas estructuras armónicas que la conforman estimulan igualmente complejas conexiones neuronales, imposibles de producir de otro modo, con las más saludables consecuencias para los auditores; esto último es lo que se ha denominado “Efecto Mozart”, aún cuando no es exclusivo de su música.

Sin duda que fue una especial faceta del “Efecto Mozart” la que estuvo con nosotros aquel mágico anochecer en los canales del sur de Chile, para dejarnos una inolvidable y significativa huella en el alma.

Espero, cuando ustedes vayan por allí, que no sólo lleven prismáticos y “walkmans”, sino que también la mente y el espíritu muy alertas y preparados para recibir un posible toque de la batuta mágica, que los haga vivir y sentir lo que sólo en lugares de otro mundo, como esos, se puede vivir.



Osvaldo González Rojas.

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3 comments:

Anonymous said...

Me encantó la historia vivida, deseo buscar " Efecto Mozart" y aplicarlo en mi, creo me hará dormir mejor....si sabes dónde lo puedo obtener , te agradecería me lo informaras.
Saludos desde Colchagua.

Anonymous said...

primero sus fotos y luego el relato,me impulsan a manifestarle mi reconocimiento haciendo caso omiso de la poca importancia que mi juicio pueda tener para ud.Me atrevo a escribir porque me conmovieron las fotos y porque,al igual que usted,voy tras la belleza del mundo intentando,casi siempre vanamente,registrar su paso fugaz ante mis ojos. También yo estuve en el sur,este invierno,en la Patagonia y Tierra del Fuego .Nuestro amigo común Walter Alvial me invitó a participar,como fotógrafo,en el Patagonia Expedition Race,cuya versión invernal se inauguraba este año(ver sitio web);este suceso ha sido un punto de quiebre en mi vida; un impulso de vitalidad,de entusiasmo y de ansiedad por volver allá y experimentar de nuevo el éxtasis. Durante 10 dias nos desplazamos como los antiguos onas por un territorio de una belleza alucinante (no encuentro otra palabra mejor)registrando el paso de los corredores pero también el escenario maravilloso.
Mientras leía su relato pensaba en cúanto habría disfrutado ud con nuestra travesía.Y cuanto habriamos disfrutado nosotros con sus fotos y sus relatos.

Michael Zaldúa said...

Sin lugar a dudas una serie de coincidencias dignas de un buen guión y con una ambientación maravillosa que me hace recordar, colgándome de otra de tus entradas, que en lugares como el Ventisquero San Rafael o el Parque Torres del Paine, es posible también sentir síntomas de un síndrome que podríamos llamar de la Patagonia. Al menos yo sentí a momentos en las Torres del Paine y el Glaciar Grey un desborde de belleza y necesité cerrar los ojos por un momento, aunque los demás sentidos no cesaran de conmover.
Un gran saludo :)