Sunday, October 02, 2005

Y MAAÑANA, A LAS NUEEEVE YY MEEEDIIA…

Y MAAÑANA, A LAS NUEEEVE YY MEEEDIIA…

Ocurrió un viernes 20 de mayo, en la tarde. Los cursos superiores del liceo ensayaban el tradicional desfile del día 21; unos 300 aburridos alumnos daban vueltas y vueltas en el patio, bajo la dirección de algunos profesores y de todos los inspectores, con el General a la cabeza. Éste, que además era un excelente profesor de matemáticas, tenía como apodo “el Chancho”, en honor a su envergadura que, sin embargo, poco le servía para impresionar, a diferencia de lo que había ocurrido con la de su antecesor, el muy temido “Barraco”(* así..) aún más voluminoso y para entonces ya promovido al cargo de Rector; el problema, creo, estaba en su voz, bastante aguda y totalmente incongruente con su físico.
Terminado el fastidioso ensayo, todos bien formados, nos dispusimos a escuchar la arenga final que el inspector general, rodeado de sus ayudantes, se disponía a dirigirnos desde lo alto de la escalinata. El hombrón, como ya dije, una especie de ropero de tres cuerpos, tomó aire y comenzó así: - “Y mañana, a las nueeeve yy meeediia…” produciendo, al final, una especie de gallo. Nada más quiso la estresada concurrencia para prorrumpir en una sonora y colectiva carcajada, recibida con generalizados rostros de ogro por el conjunto de también cansados profesores. Cuando el jolgorio se hubo calmado un poco, nuestro aporcinado inspector tuvo la mala ocurrencia de recomenzar su interrumpido discurso en la misma forma: - “Y mañana, a las nueeve y meedia…”; esta vez, con o sin gallo, el efecto fue catastrófico, infinitamente peor que la primera y todos, menos él, naturalmente, le encontraron una gracia indescriptible a la tonta situación; aún me parece estar viendo la cara del inspector Rojas, rojo como un tomate y mordiéndose los labios para no reír a carcajadas... Y lo mejor (o lo peor) estaba aún por venir pues, en medio de aquella descomunal batahola y desde una ventana del segundo piso, detrás de los profesores, se asomó la cara de un malilla de preparatorias quien, con chillona voz y en una magistral parodia, repitió -“Y mañana a las nueve y media...”, salida que desató el caos más total imaginable en el repleto patio del liceo. Al fin de cuentas, creo que ese desenlace fue perfecto para todos, para nosotros porque reímos hasta sentir dolor de vientre y para los profesores porque pudieron escaparse de aquel lugar, con el pretexto de atrapar al ofensor. Definitivamente, el cabro Monasterio, que así se llamaba ese minúsculo ingenioso de redondos y pícaros ojillos, se hizo muy famoso aquel día. Me gustaría encontrarlo para decirle lo bien que lo pasé en esa víspera de las Glorias Navales, aunque mi diversión haya sido a costa del Inspector General, a quien todavía agradezco su ayuda en matemáticas.
Para colmo pero como un verdadero broche de oro para mí, al día siguiente amaneció lloviendo y se suspendió la ceremonia (me apestaba desfilar).
OGR.

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