Sunday, October 02, 2005

UNA FIESTA EN DRESDEN

UNA FIESTA EN DRESDEN


No fue una fiesta la que se vivió en Dresden la noche del 13 al 14 de Febrero de 1945. Sólo dos meses antes del fin de la Segunda Guerra Mundial y con la única justificación declarada de bloquear los caminos con refugiados, 1083 bombarderos ingleses y norteamericanos incendiaron y demolieron, casi hasta sus cimientos, a esa bella y culta ciudad, situada en las riberas del río Elba. Aviones del Escuadrón 83 de la RAF señalizaron, a las 22.00 horas, el Altmarkt, en el centro de la Ciudad Vieja y luego llegó la primera oleada de bombarderos: 243 Lancaster de la RAF aparecieron sobre la ciudad entre las 22.05 y las 22.18 horas, lanzando 1478 toneladas de bombas de demolición; sólo algunas horas más tarde, a la 1.23 AM del día 14, otros 529 Lancaster de la RAF, seguidos de 311 B-17 de la USAF, completaron la siniestra tarea, arrojando 475 toneladas de bombas de demolición y 1450 de bombas incendiarias. Así, Dresden, que gracias a su escasez de objetivos militares había permanecido indemne hasta entonces, se unió a la lista de ciudades alemanas que fueron casi borradas del mapa durante aquel conflicto. No está de más, para dar una idea acerca del infierno que aquello fue, que la principal razón de la destrucción no estuvo tanto en la cantidad de bombas, sino que en la tormenta de fuego que sucedió a la demolición, causada por los enormes y múltiples incendios que succionaron el aire, cual gigantesca chimenea. Según estadísticas muy conservadoras, que no toman en cuenta las víctimas producidas entre los miles de refugiados en tránsito por el lugar, murieron “solamente” 39.773 personas pero, en la realidad, muchos miles más resultaron horriblemente heridas y quemadas con fósforo. He visto fotografías, tomadas tras los bombardeos, que muestran rumas de cadáveres mientras son incinerados entre las ruinas de la ciudad; un espectáculo horrible y reminiscente de aquellos horrores que sufrieron y presenciaron los recluídos en los campos de concentración de los nazis. “Siembra vientos y cosecharás tempestades”, dice el refrán popular y nada más cierto resultó en este caso. Sin duda alguna que este triste episodio fue una venganza, un desquite de los ingleses que pretendieron enseñar a los alemanes, en su propia lengua y territorio, la conjugación del verbo “coventrizar”; también fue un crimen contra la Humanidad, la cual fue privada de uno de sus más ricos tesoros artísticos y culturales; fue un acto más de barbarie, con un pobre intento de justificación, como tantos otros que se comete durante las guerras. El aroma de carne humana quemada, flotando entonces sobre la ciudad, debe haber causado escalofríos a las viejas piedras de los edificios del Altmarkt que, en 1349, presenciaron la quema de todos los judíos de la ciudad, acusados de diseminar la peste negra; para ellos tampoco fue esa una fiesta, aunque muchos en la ciudad deben haberlo celebrado como tal.

Sacrificio y no fiesta fue, también, para los marinos del crucero “Dresden”, comandado por el capitán Ludecke, la serie de batallas navales que pelearon con las naves de la Royal Navy durante la Primera Guerra Mundial; estas tuvieron capítulos frente a Coronel, en Chile; continuaron en los alrededores de las islas Malvinas o Shetland del Sur y, tras un juego del gato y del ratón en los canales y fiordos del sur tuvieron su epílogo, el 14 de marzo de 1915, en la bahía Cumberland, en la isla de Juan Fernández, donde el “Dresden”, tras ser atacado por los buques ingleses, en flagrante violación de la neutralidad chilena, e incapacitado de continuar el enfrentamiento con un adversario muy superior, fue hundido por sus propios tripulantes. Quizás entonces comenzó una fiesta para los hombres sobrevivientes; tal parece, por los relatos de la época, que su internación en el país neutral, que entonces era Chile, estuvo cerca de serlo; la hospitalidad de los valdivianos y, especialmente, de las damas valdivianas, restañó las heridas de la guerra y transformó los sinsabores de la navegación por fríos y embravecidos mares, en placentero bogar por tibias y suaves ondulaciones. Tan grato resultó el internado que, tras el término de la guerra, muchos se quedaron y, aparte de sus descendientes, dejaron aquí sus huesos, los cuales reposan junto a los de aquellos autóctonos de esta tierra.

Pero, aunque la historia de la ciudad de Dresden, que se inicia el año 927, está marcada por el fuego y los conflictos humanos, tuvo también una época de oro, en la cual la vida en ella fue una fiesta, al menos para algunos. Aquella fue la era en la cual gobernó Federico Augusto 1º, también conocido como Federico el Fuerte (aclaro que todo parece indicar que dicho apodo provenía de su sobresaliente fortaleza física). La Corte de Dresden brilló entonces, entre 1700 y 1750, como nunca antes y las bellas artes y la música le dieron renombre en toda Europa. Las obras de músicos como Vivaldi, Pisandel, Hasse y otros, asociados a la vida artística de la ciudad, aún encuentran su lugar en las mejores y selectas discotecas. También, los tesoros arquitectónicos, reconstruidos de entre las ruinas y que ahora llenan de admiración a los visitantes, datan de esa época. Lamentablemente, luego del reinado de Francisco 1º, las guerras, incluidas las napoleónicas, y otros conflictos políticos del siglo 19, deslucieron el esplendor de los tiempos pasados, hasta culminar con la abolición de la monarquía, en 1918; se fundó entonces el Estado Libre de Sajonia, del cual Dresden fue designada capital. Tras la Segunda Guerra, bajo el gobierno de la ex Alemania Democrática, toda la región durmió siesta, de la cual, como ocurrió con Dornröschen (“La Bella Durmiente del Bosque”) tras el beso del Príncipe, despertó con la reunificación alemana de 1989 y todavía se despereza.

¿Qué por qué fui a dar a Dresden?; bueno, hubo varias razones, comenzando por su cercanía a Praga, la bella capital de la República Checa, a la cual debía viajar algunos días después; también había una razón emocional que no es fácil de explicar pero que se relaciona con viejas y románticas estampas del lugar, con la historia del río Elba, con la música de Dresden, que tantas veces me deleitó y, sobre todo, con el deseo de saludar a Hubert, un amigo austríaco, con una de sus residencias en esa ciudad. A Hubert lo conocí en la Pampa de Zapahuira, con ocasión de aquel memorable eclipse total de sol, en 1994, en la que el astro rey se “murió” durante 3 minutos a su paso por el Norte de Chile. Tras bajar del tren y desde la antigua y algo decrépita Hauptbahnof, tomé el tranvía que me dejaría casi en la puerta del Hotel-Pensión-Restaurant Ermitage, en el 64 de la Königsbrücker Strasse. Muy simpático lugar, con una excelente mesa de especialidades culinarias rusas pero con un serio problema, común en la ex Alemania del Este: allí parecía que el inglés, el francés, el italiano y, por supuesto el español, hubiesen sido idiomas de otro mundo; alemán y ruso eran las lenguas vivas. Sólo me quedó como recurso el universal lenguaje de los gestos y, gestos de admiración y casi de reverencia fueron los que creí advertir en la dueña cuando me entregó el FAX recibido desde la Universidad Karlovy de Praga, confirmando que se me esperaba allí y, también cuando, con las dificultades de suponer, me explicó que Hubert había llamado desde Salzburgo para avisar que volaría a Dresden para llevarme a cenar; parecía que la dama rusa me consideraba un muy importante personaje, seguramente un excéntrico y especial profesor, que se alojaba en tan económico lugar debido a algún particular antojo y no porque le faltasen recursos.

Puntual, viniendo directamente desde el aeropuerto y vestido con el mismo traje que lucía en Arica (una simpática y austríaca humorada de su parte) apareció Hubert ese anochecer; tras recoger a la dulce Margitta, su pareja, nos encaminamos al antiguo restaurante de vinos “Rebstock” (o “Cepa”) en las afueras de la ciudad, donde nos reuniríamos con amigos y ex-socios de una ya desaparecida empresa. La reunión festiva de esa noche, fundamentalmente para beber buen vino y conversar, reeditaría una costumbre del grupo que había sido interrumpida por las circunstancias, dos años atrás. No fuimos los primeros, Herr y Frau Heinze ya estaban allí, Herr Müller llegó poco después y el dueño del lugar, Herr Ziegenbalg y su familia se nos uniría cuando el último de los otros parroquianos hubiera partido. El restaurante, de antiguo estilo, era iluminado con velas y decorado con toneles de vino y empañadas pinturas de Bacos, Dionisios y viñas, que eran toda una alegoría para recordar que allí se degustaba excepcionales cepas. Se comió poco y se bebió mucho; jamás había visto circular tantas botellas de vino blanco sin que nadie terminase ebrio y yo, el único del grupo que sólo besó las copas, puedo dar crédito de ello. En honor al invitado de Sudamérica se conversó en inglés y francés y, cuando en el lugar sólo quedábamos nosotros, Herr Müller se sentó al viejo piano y la música y los cantos despertaron al vecindario; pronto repicó el teléfono y se escuchó golpes en el techo, una y otra vez; aunque a ratos la concurrencia conversaba nostálgicamente, dando algo de tregua a los que deseaban dormir, se los ignoró; al fin y al cabo, dicha celebración era también una despedida, pues ese tradicional refugio de bebedores y amigos cerraría sus puertas en tres días más: las exigencias impuestas por las severas normas de la nueva Alemania hacían inviable continuar con ese negocio. En una pausa, y desde el antejardín, Hubert llamó, con su celular, a don Roberto, un mutuo amigo de Bariloche, quien no podía creer que yo estuviese allí, en ese preciso momento (¡magia del mundo moderno!, de la cual hasta yo me asombro). A las cinco de la mañana, tanto fue el cántaro al agua, o mejor, el jarro al vino y los dedos al piano, que algún vecino llamó a la policía. Cuando las giratorias luces azules hicieron su aparición, también lo hizo el silencio y, cuando el hombre y la mujer de verde (¿por qué siempre vestirán de verde? *) entraron, varios pares de redondos ojos los miraron con inocencia. Ella dijo algo, mirando acusatoriamente el ahora callado instrumento de percusión de cuerdas; yo sólo comprendí “pianoforte” pero era obvio a que se refería. Comenzó una lluvia de explicaciones en la cual tomé palco; Frau Ziegenbalg rompió en llanto y se deshizo en lágrimas, no sé si lamentándose por la incomprensión de sus vecinos o por la pena que le daba explicar que la razón de esa reunión era una especie de velorio; como haya sido, tuvo éxito pues suavizó el severo mirar de los agentes del orden y la paz pública, quienes, para poner un amistoso fin al asunto, nos invitaron a abandonar el lugar.
¡Esa sí que fue una fiesta en Dresden!.

A las cinco y media de la mañana, fresco aún como lechuga, pues mi reloj biológico marcaba apenas las once y media de la noche, estaba ya en mi cama pero dormí pocazo; algo después de las 10 fui despertado por la gentil señora encargada del comedor; con gestos (¡y sí no cómo!) fui informado que el “Frühstück”, pese al fin de la alemana hora estipulada para el servicio, me esperaba; si no hubiese sido por esa deferencia, habría perdido el tan importante y suculento desayuno, que me permitía olvidar el almuerzo y ahorrar los duros y escasos marcos; con agradecimiento reflejado en mis entelerañados ojos, bajé al ya solitario comedor, tratando de convencer a mi organismo que desayunar así y a la 4 y media de la mañana, era lo normal en esas latitudes. En fin, levantarme temprano sirvió para aprovechar el tiempo, para contemplar el río Elba desde el antiguo Augustusbrücke y para no perderme la visita de mediodía a la bella Semperoper.


¡Valió la pena parar en Dresden!.



Osvaldo González Rojas.



(*) Debe ser para destacarse bien en medio de la selva urbana, que poco tiene de ese ecológico color

No comments: