Sunday, October 02, 2005

PRIMER AMOR

PRIMER AMOR

Osvaldo González Rojas

Voy a contarles una historia; por su titulo pudiera parecerles que se trata de una historia de amor pero ello no es exactamente así; cierto es que comenzó siéndolo pero, a esta altura, se ha convertido en algo diferente... Yo diría que es, más precisamente, un relato que ilustra la fuerza con la cual, en la vida, somos impelidos a cerrar los círculos inconclusos... En ningún caso es un lamento de lo que pudo ser y no fue, ni tampoco es una expresión del anhelo de lo que, todavía, pudiera ser...

Comienza alrededor de mis quince años; en ese entonces vivía yo enfrente del Instituto Santa Cruz, un selecto colegio para señoritas en la ciudad de Talca; este simple hecho, a una edad, en la cual las hormonas despiertan nuevos y urgentes intereses en los jóvenes, se transformó, para mí, en una circunstancia tan atractiva como pudiera haber sido para un gatito el vivir enfrente de una pescadería; con tamaña y diaria tentación, parecía inevitable que terminase prendándome, al menos visualmente, de alguna de las encantadoras féminas que, cotorreando, desfilaban ante mis ojos. Y, claro, no sólo yo estaba expuesto a tan atractivo espectáculo, sino que también mis vecinos y los amigos que me visitaban; así fue, en algún momento, que Octavio y yo caímos bajo el hechizante influjo de la recientemente descubierta belleza femenina. No recuerdo los detalles, ni cómo o porqué fueron ellas pero, a poco andar, la sola vista de Darinka y María Angélica, hacia saltar nuestros respectivos corazones, al punto que temíamos que el acelerado palpitar de este indiscreto órgano revelase, a nuestras indiferentes elegidas, la magnitud del sublime sentimiento secreto que por ellas experimentábamos. Darinka era morena, de pelo negro y tez clara; María Angélica era rubia, fina y grácil, una típica española, cuyo doble vi en Barcelona, hace un par de años; su rostro me parecía tan angelical como su nombre pero tan inalcanzable como esos etéreos visitantes del Paraíso. Pasar de la contemplación a la acción, establecer contacto, iniciar una amistad con ellas, eran logros que parecían imposibles; las razones eran varias: primero, porque ya nos sentíamos enamorados, lo cual acentuaba nuestra timidez y dificultaba un comportamiento normal; segundo, porque ellas no sólo estaban en un curso superior al nuestro, sino que eran de un nivel socioeconómico claramente diferente... Así las cosas, era muy poco a lo que nos atrevíamos para tratar de desbloquear tan insoluble situación. Pero, a pesar de todo, algo intentamos: Octavio, en un rapto de audacia, se las ingenió para iniciar una superficial amistad con el hermano de su Darinka, lo cual le dio un débil pero buen pretexto para golpear la puerta de su casa, con la secreta esperanza que fuese la bella damita de sus desvelos quien le abriese. Por mi parte, en algún momento, concebí una genial idea: enviar una carta a María Angélica... Entonces, sin pensar mucho e inflamado de inocente y juvenil pasión escribí, con emocionada letra, un par de frases conteniendo toda una desesperada declaración de amor, la primera y última que, en mi vida, formulé por escrito... Sin embargo, como siempre, después de la tormenta viene la calma y, reflexionando en lo que había hecho, aunque haya firmado con un seudónimo, me sentí terriblemente ridículo, no tanto por haberme enamorado de ese modo, o por haberlo confesado en aquella forma, sino que por la fatal ocurrencia de haber utilizado verdadera sangre de mi sufriente corazón, en vez de tinta... Sí, así como lo leen, ¡escribí con mi propia y roja sangre! ... Sí, sí, no se rían, comprendo bien la necesidad de una explicación.... Nada había de satánico en ese asunto.... Sucedió, simplemente, que un poco tiempo atrás me habían regalado un microscopio, el cual me despertó la afición por observar muchas cosas, entre ellas mi sangre, la cual, muy expertamente, sacaba de mis dedos, sin la menor mueca de dolor. De allí a que tuviera la romántica y dramática idea de escribir tan particular misiva con el rojo fluido, hubo un solo paso y, después de haber enviado la carta, a sentirme muy ridículo con lo hecho, otro... Obviamente, tan precipitada como original ocurrencia dificultó todavía más mis expectativas amorosas...
Como ven, el panorama se presentaba oscuro... Sin embargo, en medio de tan compleja situación nos quedaba un pequeño pero significativo consuelo: mi incipiente afición a la fotografía permitía, furtivamente y desde las ventanas de mi casa, captar estáticas imágenes de aquellas que, de otra manera, sólo podíamos contemplar, fugazmente, a la salida de clases, o en planeados pero bastante aleatorios cruzamientos en la calle. Así fue como me hice de un pequeño pero muy querido conjunto de fotografías en blanco y negro, endeble sustituto de una imposible realidad y cuyos negativos, como tantos otros que han extendido la memoria de mi existencia, conservé, cuidadosamente, a través de los años.

Esta historia de imposibles, idealizados y primerizos amores terminó abruptamente cuando sus inocentes protagonistas finalizaron la educación secundaria, un año antes que nosotros. A partir de entonces no las volvimos a ver, muy probablemente porque emigraron en busca de las universidades que en Talca no existían. Para peor, sólo meses después, el padre de mi cómplice fue trasladado a Valdivia y, con ello, la amistad que nos había unido, aunque sostenida algún tiempo por esporádicas cartas, fue apagándose gradualmente, en la medida que otras amistades y otros amores llenaban el vacío que las circunstancias habían generado. Al final de ese año mi propia familia se instaló en Concepción, donde inicié otra etapa de mi vida. Perdí, así, en algún momento, todo contacto con ese amigo, con mi ciudad natal y con aquella de sus habitantes que me parecía la más bella..

Otro capítulo de esta historia se inicia treinta años después cuando, entre las novedades que me deparó el regreso de un largo viaje, estuvo el hecho que alguna de mis perras, aburrida y triste por la ausencia de su papá (nótese que no digo amo...) se había comido el lomo de algunos viejos libros guardados en la pieza que les servía de dormitorio; revisando la gravedad del desastre descubrí, dentro de uno de ellos y con emoción, una de aquellas largas y simpáticas cartas que, en su notable estilo, me había escrito mi antiguo amigo. Aunque esa carta daría para otro montón de páginas de comentarios, de seguro muy emotivos y sabrosos, la dejaré para otra oportunidad; baste decir que, con este inesperado hallazgo, se renovó mi interés en saber nuevamente de Octavio; sin duda que encontrarlo, después de tanto tiempo, era una tarea muy difícil y el único camino viable que imaginé fue el de buscar su nombre en las guías telefónicas de todo el país, con mucha paciencia y a medida que se diesen las oportunidades para ello. Así, con ese propósito en mente y mientras hojeaba el grueso directorio de la capital, me llevé la sorpresa, no de encontrar allí el nombre de mi amigo, sino que el de su amor imposible, pues ambos llevan el mismo apellido. Fue una sorpresa de verdad porque es usual que, tras el matrimonio, las mujeres cedan su representación al marido, y uno no espera encontrar sus nombres en la guía, a menos que permanezcan solteras o que ejerzan alguna profesión liberal. La dirección adjunta y el convencimiento de que hacerle llegar aquellas desconocidas y casi históricas fotografías, junto con un sucinto relato acerca de su origen, le debería resultar simpático y agradable, me impulsó a remitirle el conjunto. Mis previsiones no fueron equivocadas pues así lo confirmé en un grato contacto telefónico con ella; me enteré, entonces, con mucho agrado y sin revelar mi propio sentir del pasado, que María Angélica, con quien Darinka mantenía una estrecha amistad, aún vivía en Talca y se encontraba muy bien. Su nombre, sin embargo, no aparecía en el directorio telefónico de esa ciudad.

Transcurren luego y sin mayores novedades al respecto, once años más.

Volver a la ciudad de mi infancia era una idea que, con cierta frecuencia, rondaba en mi mente desde hacía largo tiempo; ¡es que permanecen, en esa querida ciudad, los detonantes de tantos recuerdos esperando por mí!; no sólo están los árboles que ornan la Alameda y la Plaza, los mismos de entonces, sino que también las piedras de las calles de mi niñez, y las casas en las que viví, y mis colegios, y el cine que aún sobrevive... ¡están todos los lugares conocidos y vividos en mis primeros años en este mundo!. Llevar a cabo este propósito estuvo largo tiempo en espera hasta que, hace un par de semanas, aprovechando algunos días libres, decidí que era la ocasión de hacerlo de una buena vez. No menos de ocho años, habían pasado desde de mi última y breve visita y este tan esperado retorno fue una muy gratificante experiencia. Volví a recorrer casi todos los lugares de importancia en mi niñez y adolescencia; fue una aventura hacia gratos episodios de mi pasado; sobre todo pude recordar, recordar mucho y revivir sensaciones dormidas durante décadas: me vi en la puerta de mi primera casa, jugando con mi perro Tony; paseando, de la mano de mi madre, por la arbolada alameda; corriendo en el patio de mis colegios y, por cierto, también atisbando el paso de ese par de amigas que nos desvelaban, a través de las ventanas de la última de nuestras casas, aquella ubicada frente al Instituto Santa Cruz. Y con esto damos paso al último y más significativo de los capítulos de esta nostálgica historia pues debo decirles que, en mi segunda noche en el apacible hotel Amalfi, a medida que escudriñaba en la guía telefónica tras la búsqueda de nombres de antiguos conocidos, encontré aquel de la grácil personita rubia que, cuarenta años atrás, hacía batir locamente mi corazón. Esa noche supe que podría cerrar otro de los círculos inconclusos de mi vida. Aunque grande fue mi deseo de intentar verla y algunas locas posibilidades destellaron en mi mente, decidí que lo mejor sería llamarla por teléfono, presentarme y explicarle lo de las fotos que le enviaría por correo. Esa noche entonces, sentado en la Plaza de Armas, debajo de los mismos árboles que me acogían cuando niño e inmerso en el dulzón aroma de los tilos en flor, tuve la satisfacción de escuchar, por primera vez, la voz de quien suscitó mis primeras penas y alegrías de amor. Esa simpática conversación rompió un secreto guardado durante cuarenta años y me permitió develar algunos de los detalles que la intrigaban desde que supo de las fotos recibidas por su amiga. Sin embargo, nada dije de que yo hubiese enviado, además, cartas de amor escritas con tinta roja... Quizás necesito que pasen, todavía, otros diez años o, al menos, que ella me pregunte, algún día, si tuve algo que ver con unas misteriosas cartas que le llegaron por esa misma época...

Lo siento, pero este relato se detiene aquí. Como expresé al inicio, con su último capítulo se ha cerrado un círculo. El recuerdo que me ha dejado esa noche del 21 de noviembre de 2003 es especialmente gratificante; estoy seguro que también debiera ser así para María Angélica, aún cuando no tenga ni la misma intensidad ni la misma causa que el mío.

No comments: