Sunday, October 02, 2005

LOS ESFUERZOS DE LA PERRA NEGRITA

LOS ESFUERZOS DE LA PERRA NEGRITA


Me admiraba, días atrás, al observar los tremendos esfuerzos que hacía la perra “Negrita” para comunicarme sus deseos; no sólo era la actitud de su cuerpo y los gestos que con su cara de perro realizaba, sino que también la expresión de su mirada y los extraños y urgentes sonidos que emitía. Yo sabía lo que ella quería pero insistía en darle la impresión de no comprender, preguntándole, una y otra vez, con mi rostro y mi voz, que era lo que deseaba. Su desesperación era evidente; casi se podía adivinar la magnitud de la necesidad que se desarrollaba en su cerebro y de cómo allí las neuronas intentaban, frenéticamente, establecer nuevas conexiones, que difícilmente podrían tener lugar, para que el concepto que martillaba en su canina mente pudiese transformarse en verbo y expresarse a través de sonidos. La escena anterior, muy conocida por los que tenemos mascotas, no forma parte de la experiencia del resto, ni tampoco la exuberante explosión de alegría que manifiesta el animal cuando constata que su propósito ha sido conseguido: ¿salir?, ¿salir a pasear es lo que quieres?, ¡yaaa!, vaamos…. Las esperadas palabras han sido pronunciadas por su “papá” humano.

Es curioso constatar que tales esfuerzos por comunicarse se dan frecuentemente en el sentido animal-humano y sólo muy raramente en el animal-animal; sin duda que la recompensa de verse comprendido con la que el animal se ve gratificado y que espera por experiencia, hace interesante y justificado el trabajo por lograr su propósito. Entre animal y animal sólo se asiste a despliegues semejantes de recursos comunicacionales cuando el macho corteja a la hembra, intentando convencerla de aceptar el apareamiento sexual. Ello es así, seguramente, porque aquella situación constituye una de las pocas, en el reino animal, en la cual la satisfacción de una urgente necesidad depende de otro ser y porque es fundamental para la reproducción y la supervivencia de la especie. Comprender o sentir que la satisfacción de una necesidad propia depende de otro ser es imprescindible para desear establecer una comunicación con él y ello surge, primariamente, entre individuos de una misma especie, entre macho y hembra, entre madre e hijo, entre padre e hijo y entre amo y mascota.

El nacimiento de la escritura y con ella el de la Historia, es un acontecimiento no muy lejano, del cual se conoce, aproximadamente bien, la época, el lugar y la evolución que desde entonces ha tenido. No ocurre lo mismo con el nacimiento de la herramienta comunicacional previa a ella, es decir, del lenguaje oral. Sólo razonables conjeturas ha podido hacerse al respecto y ello es motivo de intensa preocupación para antropólogos y paleontólogos. En todo caso, sea como haya sido, surgió y evolucionó para extinguir la intensa necesidad de comunicarse, manifestada en alguna rama de nuestros remotos antepasados y que demostró, para ella, ser fundamental para consolidar la supremacía de la subespecie que la adquirió.

Mi experiencia comunicacional con animales, de la cual los párrafos iniciales de este artículo son un ejemplo, refuerza en mí la idea que el deseo de comunicarse es previo al lenguaje que lo permite en forma precisa. El deseo, o forma en la que se manifiesta la necesidad de comunicarse, da origen, como ocurre con todas las necesidades, a las acciones que las satisfarán y, aunque muchas de ellas ya están genéticamente determinadas, todas se desarrollan según las circunstancias y el aprendizaje. El deseo de comunicarse es previo al lenguaje pero previo y muy anterior aún puede ser el desarrollo de la capacidad de formularse autointerrogantes, es decir, el desarrollo de la comunicación consigo mismo; allí debe estar el primer asomo de mente en los animales y en los hombres primitivos. Esta capacidad, que debe haber aparecido tempranamente en la evolución de los seres vivos, pudo ser gatillada por la interacción con el medio ambiente, proveedor de alimento, pareja y enemigos. Las autointerrogantes básicas del tipo: ¿Qué es eso? (amigo o enemigo, macho o hembra, alimento, etc.) son fundamentales para la supervivencia de todo ser y de su especie; las respuestas, aún sin lenguaje, deben darse en alguna forma, quizás con la ayuda de un protolenguaje, parte del cual puede ser genéticamente heredado y parte aprendido con la experiencia. Sólo después que un ser constata que requiere de la respuesta de otro para satisfacer sus necesidades, se desarrolla en él el interés por comunicarse hacia el exterior y también comienza, entonces, el desarrollo de protolenguajes gestuales, sonoros, químicos y, eventualmente, verbales. Es obvio que la adquisición de un lenguaje significa la adquisición de ventajas comparativas importantes para una especie, las que facilitan su supervivencia y predominio sobre otras. Es gracias a ello, sin duda, que el ser humano, milenio a milenio, adquirió aquella capacidad de enseñorearse sobre todo en este planeta.

Habiéndose adquirido la capacidad cerebral de tener un lenguaje y también las características fisiológicas que permiten la producción de los variados sonidos que hacen posible una comunicación oral como la humana, cabe preguntarse lo que sucede en el cerebro de quien no ha tenido aún la oportunidad de aprender un lenguaje, ya sea porque es todavía muy joven o porque ha vivido aislado (el caso de los niños-lobo, por ejemplo). La respuesta, basada en la experiencia con dichos sujetos es, ciertamente, difícil pero se puede intentar infiriéndola de las conclusiones a las que ha llevado el análisis de la forma en la que dicha capacidad ha evolucionado y de la lógica del proceso: las preguntas básicas y otras no tanto, deben estar allí, autoformulándose sin palabras. Autointerrogantes tales como: ¿qué es eso?, ¿qué pasa?, ¿qué es esto?, ¿qué o quién soy yo?, deben ser frecuentes en la mente de tales seres y también, probablemente, la asignación de sonidos a ellas, en una especie de lenguaje propio, capaz de permitir una comunicación con ellos mismos. En el caso de la convivencia de dos o más seres humanos aislados de todos los demás, es casi indudable que terminarán acordando un lenguaje común propio aunque elemental e incompleto, con todas las limitaciones que supone el no contar con el acerbo de experiencia y conocimientos acumulados por un grupo social estable y con historia común. Lo importante, en todo caso, es que las preguntas deben estar allí, antes de la existencia de cualquier idioma, y también las capacidades para traducirlas en estructuras mentales, que otra parte del organismo podría transformar en sonidos. Al respecto, tengo lo que parece ser un muy antiguo y vago recuerdo, tan antiguo que estoy convencido que viene desde mi época de bebé: acostado sobre mi cama, o mi cuna quizás, veo, sobre mí, a mis manos y brazos moviéndose y tocándose; una de mis manos pellizca un brazo y resuena en mi mente la pregunta ¿qué es esto?, ¿qué es esto?… y eso es todo….¿Qué por qué lo recuerdo?, ¿y por qué con esa persistencia e intensidad?, no lo sé; sólo sé que lo hago desde hace mucho, sin duda que desde niño, y eso me intriga; ¿será porque fue la primera auto interrogante, sin palabras, que se originó en mi mente y de la cual tengo memoria?; no lo sé pero es curioso….

Sea como sea que haya sido el nacimiento de la comunicación oral y escrita, está claro que ella ha sido fundamental en el desarrollo y progreso de Humanidad y constituye uno de los rasgos distintivos por excelencia de nuestra especie; constituye también un inapreciable valor que es necesario cultivar y mantener para asegurar no sólo el progreso científico y técnico, sino que, y muy especialmente, el desarrollo espiritual de las actuales y futuras generaciones. El desarrollo de la muy rezagada conciencia del ser humano depende, grandemente, del éxito en esta tarea. Nuestra responsabilidad como profesores, debiera estar comprometida con ella.

Siento tener que terminar este artículo aquí, sin antes extender las ideas expuestas a los problemas de la posible comunicación entre humanos y seres extraterrestres más avanzados, pero la perra “Negrita” me dice que es hora de salir; ella, como no muchos humanos pueden, va a la Universidad todos los días, aunque sólo sea para pasear en sus jardines...



Osvaldo González Rojas.



P.S. Este Artículo tuvo un triste epílogo; dos semanas después de haber sido escrito, la simpática Negrita murió, envenenada, tras uno de sus nocturnos paseos por el Campus que, hasta ese entonces, había constituido, para ella y para nosotros, un placentero y seguro lugar, pleno de gratos recuerdos de toda una vida. La carta que sigue, publicada en el Diario “El Sur” de Concepción, con fecha xxxxx, resume los que fueron nuestros sentimientos al respecto.





PENA EN EL ALMA.

Nuestra perra Toulouse, o la “Negrita”, fue envenenada con estricnina y murió, como no debió ser, sumiéndonos en intenso dolor. La pena ha sido doble, pues el hecho ocurrió en los jardines del Barrio Universitario, en el Campus de mi “Alma Mater”, el cual siempre consideré un lugar de armonía y seguridad para mis hijos y mis perros; allí, manos criminales, que ordenaron, prepararon y ejecutaron, le ofrecieron, o arrojaron indiscriminadamente, el mortal cebo que nos arrebató un ser muy querido, tras un paseo más al lugar que visitó y disfrutó, casi diariamente, por cinco años. Para nosotros, ni el Barrio ni sus guardias serán ya los mismos; siempre tendré la duda si es que aquel que me abrió la barrera, como todas las noches, o aquellos que en grupo conversaban cerca de mi auto ignoraban, o supieron y callaron, lo que habría de suceder.

Varias otras penas nos quedan en el alma: el sentimiento de que pudimos hacer más y la impresión que su gentil veterinario no estaba preparado para esa emergencia…; en fin, el tiempo las atenuará y cada cual obtendrá experiencia del dolor propio o del ajeno.

La Negrita descansa en su patio, junto a otros animalitos que nos han acompañado en nuestras vidas y, aunque pudiera pensarse que tras la última paletada nadie dijo nada, ello no fue así, pues mi hijo leyó algunas palabras que la tristeza le inspiró; “…y sea adónde sea que van las perritas cuando mueren, Negrita, te deseamos que seas feliz, como tú nos hiciste a nosotros”.

Afortunadamente, varias alegrías nos quedan también en el alma: mi hija menor recogió a su Toulouse de la calle, en peor estado que aquellos perros que se intentó eliminar, y le dimos una vida feliz, cosa ella nos retribuyó con creces. Fue una gran suerte, para nosotros, haber contado con su tierna compañía por casi cinco años y no la olvidaremos.

El dolor de todos nosotros, el pesar de otros que la conocieron y, sobre todo, las lágrimas de Claudia, merecen, del Administrador del Barrio, algo más que una disculpa, jamás explicaciones ni justificaciones. Del Rector, no sólo nosotros esperamos el compromiso que nunca más se usará, allí, inhumanos métodos de solucionar el problema de los perritos abandonados que en el Campus buscan refugio; sólo así se podrá evitar el que otra familia vea morir a su Negrita, como no debe ser.


Osvaldo González Rojas.

Sea, pues, todo lo escrito, un homenaje a tan extraordinario animal.

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