LAURENCE, LAURENCE Y EL CARTÓN DE LEONARDO
El “Cartón de Leonardo” es un dibujo a carboncillo y tiza, apenas poco más que un esbozo, que el genio de Vinci nos legó y que la Humanidad conserva como uno de sus grandes tesoros. Custodio de esta famosa, exquisita y frágil obra de arte es la National Gallery, de Londres, que la exhibe en una pequeña y exclusiva sala, casi una capilla, en la que reina un permanente crepúsculo y una controlada atmósfera. El lugar invita a la meditación, no sólo porque el tema es exultante para el espíritu, sino porque la maestría inigualable con la que está realizado, reveladora del genio de Leonardo, nos eleva a las alturas y nos inunda de admiración.
El “Cartón”, así llamado porque el dibujo está ejecutado sobre una especie de tal, fue concebido como un paso intermedio para la realización de un fresco o de una pintura sobre tela, función que nunca cumplió. Representa una escena en la cual la Virgen María, sentada sobre la rodilla derecha de Santa Ana, su madre, sostiene al Niño Jesús en sus brazos, quien se inclina para bendecir al también niño, San Juan Bautista. La obra, como tantas otras que inició el gran maestro florentino, quedó inconclusa, obligando a la mente de cada observador a realizar el intento de imaginar la impresión que una maravilla semejante, terminada, podría haberle provocado.
Contemplar aquel dibujo, cuya pequeña reproducción decora mi dormitorio, era uno de los objetivos principales que deseaba alcanzar en esa visita al Reino Unido. Ese día, el segundo de los seis que estaría en Londres, había llegado temprano a la National Gallery y, tras recorrer dos veces cada una de las diferentes salas, inclusive aquella que alberga la famosa obra, terminé nuevamente allí, buscando reposo para mis pies y mi mente. Y ahí pues, sentado en casi religioso recogimiento, estaba yo, tratando de fijar en mi memoria aquellos detalles invisibles en las pequeñas reproducciones y casi viendo, a Leonardo, en la tarea de realizar las tan admiradas líneas que han cautivado de encanto, durante tantos siglos. Allí estaba yo cuando entró ella, quien, tras sentarse a mi lado, exclamó para sí misma, “Oh, quelle merveille!”, pronunciando las palabras que, en otra lengua, pugnaban también por salir de mi boca. Por supuesto que la miré con sorpresa y simpatía ¡y no sólo por su madura belleza!. A modo de disculpa, por permitirse romper aquel casi místico silencio, agregó, esta vez en inglés, “It is incredible!, don´t you think so?” Ya pueden ustedes imaginar el intercambio de íntimas, profundas y muy personales impresiones que sobre la obra y su autor siguió. Ambos concordamos en la gran suerte que teníamos de estar allí y ambos pensamos, creo, que habíamos encontrado, bajo la mortecina luz que bañaba al Cartón de Leonardo, a nuestra respectiva alma gemela.
Viajar solo tiene ciertas ventajas pero también desventajas; la principal, de entre estas últimas, es que no siempre se tiene a alguien con quien compartir las impresiones que las novedades encontradas en el camino nos causan y, claro, ello le resta profundidad a nuestro propio placer. ¿Se han dado cuenta ustedes que tras contemplar un majestuoso paisaje, una maravillosa obra de arte o una espectacular mujer, que tras saborear un delicioso manjar o realizar una caricia íntima, necesitamos decir y escuchar frases como ¡qué lindo!, ¡qué rico(a)!, ¡qué maravilla!, o simplemente compartir unos más o menos largos ¡Ooh!, de admiración o de gozo, para que, realimentando nuestra propia satisfacción la hagamos mayor?. ¡Así no más es! y Laurence V. y yo, colmamos nuestra mutua necesidad compartiendo emociones, impresiones y sentimientos, todo lo cual ayudó a convencernos que aquello, tan especial que experimentábamos allí, no era una ilusión individual. ¿Habrá imaginado el Gran Leonardo que una de sus inconclusas obras suscitaría tal revuelo espiritual en quienes la observasen, 500 años después de realizarla?. Sospecho que, aún en vida, debió constatarlo; no logro creer que esta encantadora obra maestra pudiese haber llegado hasta nuestros días, si así no hubiera sido desde el principio.
Solamente cuando fuimos expulsados de aquel Paraíso, al cierre del museo, abandonamos ese maravilloso lugar. Nuestra conversación continuó mientras paseábamos alrededor de la Columna de Nelson, en Trafalgar Square y fue sólo tras dar varias vueltas a ella y de habernos enterado de nuestras mutuas profesiones, intereses y propósitos, más no de intimidades, que decidimos separarnos para continuar con nuestros programas; ella para encontrarse con alguien y yo para seguir empapándome de ese Londres que no veía desde hacía 25 años. Es muy común que en los viajes ocurran estos humanos encuentros, que un aviador describiría como “toques y despegues”, que siempre dejan gusto a poco.
En mi interés de volver a ver a aquella bella e interesante mujer, le comenté, al despedirnos, sobre el magnífico concierto que habría, ese mismo anochecer, en la cercana iglesia Saint Martin in the Fields; Laurence V. me dijo “au revoir”, asegurándome que intentaría asistir.
La iglesia estaba llena de buenas gentes y de buenas notas. ¡Qué bien hace la buena música después de un día pleno de novedades y de armonías visuales!; ¡qué bien se siente uno compartiéndola con personas a las que basta con mirarles el rostro para ver sus almas en resonancia con la nuestra!; ¡qué bien hace experimentar la divina emoción de escuchar la buena música, en la Casa de Dios!.
Mis ojos la buscaron pero no fue sino hasta que la iglesia comenzó a quedar vacía que la vi; comprendí, de inmediato, que jamás su corazón, ni ninguna de sus otras partes, podrían ser nunca mías; la ternura con la que abrazaba, desde atrás, a su acompañante y el delicado beso que depositaba en su oreja izquierda, me parecieron signos inequívocos del amor que compartían. Me retiré de allí sin volver la vista atrás y pensando en lo injusta que, a veces, parece ser la vida; como Dolce Vita, aquel simpático y siempre optimista personaje de la desaparecida revista “El Pingüino”, me consolé pensando en que Caen, la ciudad de Francia en la que ella vivía, está muy lejos de Concepción.
Mis días en Londres continuaron como son todos los días en Londres: intensos, emocionantes, llenos de impresiones inolvidables y de una sensación típica del “déjà vu”. Y claro, ¡es así!, la historia, la cultura y hasta la música británica, son parte integral de nuestras vidas. Estar en Londres es como volver a un lugar conocido desde siempre; todo en él nos habla de reyes, de guerras, de caballeros elegantes y de damas refinadas, pero también de los personajes de Agatha Cristie, de los Beatles y del Signo Fatídico (el de la historia aquella del Capitán Blake y de su amigo Mortimer, personajes que ahora, de nuevo, reviven, no en "el Peneca", sino que en la televisión) entre tantos otros que pueblan nuestra memoria.
Londres, como París es París, es Londres. ...y no crean que me salió humo de la cabeza para concluir esto.
Naturalmente que no podía permitirme abandonar la Isla sin rendir un último homenaje a “La Virgen de las Rocas” y a “La Virgen con Santa Ana y el Niño”. Aprovechando que los museos del Reino son gratuitos, como corresponde a posesiones del pueblo británico, me permití ingresar a la National Gallery sólo 30 minutos antes del cierre, dirigiendo de inmediato mis pasos hacia donde ustedes ya suponen. Tras algunos minutos de contemplación de “La Virgen de las Rocas”, en la que siempre creo ver a nuestra señera Cruz del Sur (*) ingresé a la crepuscular estancia y, ¿a qué no saben a quién encontré allí?, ........¡aaah, veo que acertaron!. ¡Sí pues, a ella misma!, a mi francesa amiga Laurence V., tiernamente cogida de la mano de su rubia, joven y bellísima acompañante. Grande fue nuestra mutua sorpresa, casi como la vuestra al leer esto y grande también nuestra mutua complacencia al constatar que ambos habíamos tenido la misma feliz idea en la víspera de nuestras partidas. ¿Habrá la Dra. Laurence V. lamentado entonces que su alma gemela ocupase el cuerpo de un hombre?. Creí advertir, en su cómplice despedida, bajo las piadosas miradas de La Virgen, de Santa Ana, de San Juan Bautista y del Niño Jesús, que era así.
A la otra Laurence, a Laurence L., la conocí en la Place des Vosgues en París, frente a la casa que fue el hogar de Víctor Hugo pero ella será motivo para otra historia, en otra ocasión; ahora no desearía continuar mezclando el nombre del Maestro con relatos sobre amores terrenales.
Osvaldo González Rojas.
(*) Esta impresión es algo difícil de transmitir sin conocer la obra; en todo caso se trata de lo siguiente: en ella, la posición de las cabezas de los personajes coincide, casi perfectamente, con la posición de las estrellas que conforman la Cruz del Sur; puede que sea sólo una casualidad, sobre todo si se considera que esta constelación no es visible desde Italia, pero también existe la posibilidad que Leonardo la haya visto en las cartas celestes que traían los navegantes. Para que juzgue usted por sí mismo, más abajo incluyo una reproducción de La Virgen de las Rocas y de la Cruz del Sur.
A la izquierda, “La Virgen de las Rocas ”; a su derecha, la Cruz del Sur.
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