

LA ÚLTIMA CENA
El recinto que fue, en 1500, el refectorio de los monjes del convento Santa Maria delle Grazie de Milán, estaba en casi total obscuridad. Sólo brillaba la pared del fondo, allí donde Leonardo pintó su admirado Cenáculo, parcialmente iluminada por los focos que facilitaban el trabajo de los restauradores; estos, en su mayoría jóvenes mujeres, minuciosa y muy calmadamente, limpiaban y fijaban los trocitos de pigmento que habían comenzado a desprenderse sólo 50 años después de la terminación de aquel sublime fresco. Era imposible apreciar la gran obra en su totalidad pero igual, sólo por el hecho de estar allí, se experimentaba una inefable emoción, más acentuada aún por la obscuridad reinante, que invitaba a la meditación y facilitaba el aflorar de los más íntimos sentimientos. Transcurría el mes de agosto de 1992 y era la primera vez que yo visitaba Milán; había llegado a esa interesante ciudad siguiendo los pasos y las obras del gran genio de Vinci y no haber tenido la oportunidad de admirar su “Última Cena” habría sido muy frustrante; tuve mucha suerte de que se hubiese autorizado el ingreso al lugar, a pesar de los trabajos de restauración en curso.
Sentado en un pequeño hueco lateral, que algún tipo de andamiaje formaba, permanecí allí más de una hora, intentando imaginar al Maestro en su tarea de dar forma a la maravillosa obra y muy consciente también, de que él había pisado el mismo suelo en el que yo tenía mis pies entonces. Como supondrán, estar ahí me inundaba de sentimientos y de emociones difícilmente descriptibles pero que, si me obligasen a hacerlo, diría que entre ellas primaba una sensación de profundo agradecimiento, quizás a las fuerzas del Universo, por concederme el privilegio de estar allí.
Permítanme que les recuerde, muy brevemente, la historia y circunstancias relacionadas con esta extraordinaria pintura y con su genial autor.
Leonardo llegó a Milán en 1482. De su arribo a la capital de Lombardía nos ha quedado una extraordinaria carta que el artista envió, poco después de su llegada, al Duque de Milán, Ludovico Sforza, apodado “El Moro”. En ella enumeraba Leonardo todas las cosas que era capaz de hacer, ante todo máquinas para la guerra, explicando, también, que sabía de escultura, de arquitectura y de pintura, más que cualquier otra persona. De paso, además, desafiaba al Duque a someterlo a prueba; afortunadamente, Ludovico, en vez de castigarlo por impertinente, lo escuchó, nombrándolo “Ingeniero Ducal”. Tras una brillante pero poco productiva carrera como ingeniero, pintor, escenógrafo y escultor, se le encomendó, en 1495, pintar el Cenáculo en la pared del refectorio del convento de Santa Maria delle Grazie. Leonardo comenzó de inmediato su trabajo y, a diferencia de todos los demás artistas que anteriormente habían pintado “La Ultima Cena”, imaginándola como una triste reunión previa al comienzo de la Pasión, Leonardo se propuso representar el momento en que Jesús dijo: “Uno de vosotros me ha de entregar”. Los rostros y las actitudes de los Apóstoles debían expresar estupor, asombro, indignación, incredulidad y horror, mientras que Jesús, inmóvil al centro, parecería aislado de todos y ajeno a los sentimientos de sus discípulos; ¡y vaya sí lo logró!. Pero, Leonardo, ”el científico”, quiso experimentar un nuevo tipo de material para empastar el muro, el cual, consistente en una combinación formada por capas de tres materiales distintos, resultó fatal. Ya en la inauguración, cuando medio Milán se agolpaba en el refectorio para admirar la obra, el artista se dio cuenta que las diferentes capas de empaste no reaccionaban en la misma forma a las variaciones de temperatura y humedad, comprendiendo de inmediato que aquel fresco no duraría mucho y así no más fue. Durante la Segunda Guerra Mundial, a la acción del tiempo, se agregó la caída de una bomba que derribó la casi totalidad de los otros tres muros del recinto pero que, de milagro, respetó aquel en el cual, quinientos años después que Da Vinci abandonase Milán para refugiarse en Venecia, se intentaba una nueva y casi imposible restauración: aquella que yo tenía el privilegio de presenciar.
La segunda vez que pude ver “La Última Cena” fue cuatro años más tarde y lo hice acompañado de Fabiana, una gentil signorina milanesa que había conocido en Dover mientras ambos esperábamos el “ferry” para atravesar el Canal de la Mancha, rumbo a Calais, en Francia; habiéndole encontrado un inequívoco aire de chilena, le pregunté si lo era y así se inició una amistad, en nombre de la cual nos reencontramos, semanas después, en Milán.
Sorprendentemente, para la dulce Fabiana, esa visita al Convento Santa Maria delle Grazie fue su primera vez frente a la obra maestra del gran florentino, la cual tuvo que esperar, entonces, 21 de los 500 años que lleva allí, para recibirla. Siempre hay una primera vez para todo, incluso para aquello y Fabiana, como era de esperar, llenó de gozo su espíritu ante la contemplación, a plena luz esta vez, de la maravilla de su ciudad. Aunque sin estar todavía completamente restaurado, pero ya visible en toda su magnificencia, era ahora posible entender el por qué ese fresco ha causado revuelo desde el día de su inauguración y también atisbar, a través de él, la genialidad del hombre del Renacimiento que lo pintó, hace medio milenio, para gloria de Dios y regocijo de los hombres.
Salimos, de allí, caminando a lo largo de los corredores que tantas veces hubo de recorrer Leonardo, para ir a disfrutar, cual padre e hija, o mejor, cual tío y sobrina, de un par de pastelillos al Caffe alle Grazie di Soldati Emilio, en el Corso Magenta, frente al convento.
Esa fue la última vez que vi a esa dolce signorina milanesa y al fresco de Leonardo, o más bien dicho, a su magistral pintura (suena mejor así). Mi estado de ánimo era algo confuso; por una parte sentía como lamentable el haber estado allí medio milenio demasiado tarde o, al menos, un cuarto de siglo demasiado viejo, y por otra, estaba feliz, no sólo por haber podido admirar, como pocos lo han hecho, a “La Última Cena”, sino que, además, por haber sido acompañado de una gentil italiana de cuatro lustros, con cabellos y ojos negros... como de chilena... y para quien, esa... fue su primera vez.
Osvaldo González Rojas.
El recinto que fue, en 1500, el refectorio de los monjes del convento Santa Maria delle Grazie de Milán, estaba en casi total obscuridad. Sólo brillaba la pared del fondo, allí donde Leonardo pintó su admirado Cenáculo, parcialmente iluminada por los focos que facilitaban el trabajo de los restauradores; estos, en su mayoría jóvenes mujeres, minuciosa y muy calmadamente, limpiaban y fijaban los trocitos de pigmento que habían comenzado a desprenderse sólo 50 años después de la terminación de aquel sublime fresco. Era imposible apreciar la gran obra en su totalidad pero igual, sólo por el hecho de estar allí, se experimentaba una inefable emoción, más acentuada aún por la obscuridad reinante, que invitaba a la meditación y facilitaba el aflorar de los más íntimos sentimientos. Transcurría el mes de agosto de 1992 y era la primera vez que yo visitaba Milán; había llegado a esa interesante ciudad siguiendo los pasos y las obras del gran genio de Vinci y no haber tenido la oportunidad de admirar su “Última Cena” habría sido muy frustrante; tuve mucha suerte de que se hubiese autorizado el ingreso al lugar, a pesar de los trabajos de restauración en curso.
Sentado en un pequeño hueco lateral, que algún tipo de andamiaje formaba, permanecí allí más de una hora, intentando imaginar al Maestro en su tarea de dar forma a la maravillosa obra y muy consciente también, de que él había pisado el mismo suelo en el que yo tenía mis pies entonces. Como supondrán, estar ahí me inundaba de sentimientos y de emociones difícilmente descriptibles pero que, si me obligasen a hacerlo, diría que entre ellas primaba una sensación de profundo agradecimiento, quizás a las fuerzas del Universo, por concederme el privilegio de estar allí.
Permítanme que les recuerde, muy brevemente, la historia y circunstancias relacionadas con esta extraordinaria pintura y con su genial autor.
Leonardo llegó a Milán en 1482. De su arribo a la capital de Lombardía nos ha quedado una extraordinaria carta que el artista envió, poco después de su llegada, al Duque de Milán, Ludovico Sforza, apodado “El Moro”. En ella enumeraba Leonardo todas las cosas que era capaz de hacer, ante todo máquinas para la guerra, explicando, también, que sabía de escultura, de arquitectura y de pintura, más que cualquier otra persona. De paso, además, desafiaba al Duque a someterlo a prueba; afortunadamente, Ludovico, en vez de castigarlo por impertinente, lo escuchó, nombrándolo “Ingeniero Ducal”. Tras una brillante pero poco productiva carrera como ingeniero, pintor, escenógrafo y escultor, se le encomendó, en 1495, pintar el Cenáculo en la pared del refectorio del convento de Santa Maria delle Grazie. Leonardo comenzó de inmediato su trabajo y, a diferencia de todos los demás artistas que anteriormente habían pintado “La Ultima Cena”, imaginándola como una triste reunión previa al comienzo de la Pasión, Leonardo se propuso representar el momento en que Jesús dijo: “Uno de vosotros me ha de entregar”. Los rostros y las actitudes de los Apóstoles debían expresar estupor, asombro, indignación, incredulidad y horror, mientras que Jesús, inmóvil al centro, parecería aislado de todos y ajeno a los sentimientos de sus discípulos; ¡y vaya sí lo logró!. Pero, Leonardo, ”el científico”, quiso experimentar un nuevo tipo de material para empastar el muro, el cual, consistente en una combinación formada por capas de tres materiales distintos, resultó fatal. Ya en la inauguración, cuando medio Milán se agolpaba en el refectorio para admirar la obra, el artista se dio cuenta que las diferentes capas de empaste no reaccionaban en la misma forma a las variaciones de temperatura y humedad, comprendiendo de inmediato que aquel fresco no duraría mucho y así no más fue. Durante la Segunda Guerra Mundial, a la acción del tiempo, se agregó la caída de una bomba que derribó la casi totalidad de los otros tres muros del recinto pero que, de milagro, respetó aquel en el cual, quinientos años después que Da Vinci abandonase Milán para refugiarse en Venecia, se intentaba una nueva y casi imposible restauración: aquella que yo tenía el privilegio de presenciar.
La segunda vez que pude ver “La Última Cena” fue cuatro años más tarde y lo hice acompañado de Fabiana, una gentil signorina milanesa que había conocido en Dover mientras ambos esperábamos el “ferry” para atravesar el Canal de la Mancha, rumbo a Calais, en Francia; habiéndole encontrado un inequívoco aire de chilena, le pregunté si lo era y así se inició una amistad, en nombre de la cual nos reencontramos, semanas después, en Milán.
Sorprendentemente, para la dulce Fabiana, esa visita al Convento Santa Maria delle Grazie fue su primera vez frente a la obra maestra del gran florentino, la cual tuvo que esperar, entonces, 21 de los 500 años que lleva allí, para recibirla. Siempre hay una primera vez para todo, incluso para aquello y Fabiana, como era de esperar, llenó de gozo su espíritu ante la contemplación, a plena luz esta vez, de la maravilla de su ciudad. Aunque sin estar todavía completamente restaurado, pero ya visible en toda su magnificencia, era ahora posible entender el por qué ese fresco ha causado revuelo desde el día de su inauguración y también atisbar, a través de él, la genialidad del hombre del Renacimiento que lo pintó, hace medio milenio, para gloria de Dios y regocijo de los hombres.
Salimos, de allí, caminando a lo largo de los corredores que tantas veces hubo de recorrer Leonardo, para ir a disfrutar, cual padre e hija, o mejor, cual tío y sobrina, de un par de pastelillos al Caffe alle Grazie di Soldati Emilio, en el Corso Magenta, frente al convento.
Esa fue la última vez que vi a esa dolce signorina milanesa y al fresco de Leonardo, o más bien dicho, a su magistral pintura (suena mejor así). Mi estado de ánimo era algo confuso; por una parte sentía como lamentable el haber estado allí medio milenio demasiado tarde o, al menos, un cuarto de siglo demasiado viejo, y por otra, estaba feliz, no sólo por haber podido admirar, como pocos lo han hecho, a “La Última Cena”, sino que, además, por haber sido acompañado de una gentil italiana de cuatro lustros, con cabellos y ojos negros... como de chilena... y para quien, esa... fue su primera vez.
Osvaldo González Rojas.
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