
LA HERMOSA QUE LLEGÓ A BERLÍN
Fue una impresión de magnitud inesperada, ¡jamás pensé que me parecería tan bella!; ¡sus labios y la simetría de su rostro!, ¡su fino y largo cuello!, ¡la serena majestad de su aspecto!; ¡todo en ella irradiaba encanto y magnificencia!; ni siquiera su oreja rota y el ojo faltante disminuían la sensación de armonía y dignidad de ese rostro milenario que, imperturbable, parecía mirar al infinito, desde su elevada posición en el centro de aquella obscura sala.
Yo sabía que la habría de encontrar allí; ¡había ido en su búsqueda! pero nunca imaginé que me impactaría de ese modo. Al verla, no pude reprimir una exclamación espontánea “so beautiful!” – curiosamente, así, ¡en inglés!, una trampa, humorada o zancadilla de mi mente, obligada a pensar, durante algunos días ya, en esa lengua.
Ya sabéis que soy fotógrafo; la belleza de aquella imagen me dominó por completo; tras algunos minutos de inmovilidad física y de éxtasis espiritual, me sentí impelido a contemplarla desde abajo, buscando aquel ángulo desde el cual sus súbditos hubieron de admirarla; apoyé una rodilla en tierra mientras, fascinado, componía su imagen en mi cerebro y luego la encuadraba en el visor de la cámara. Al incorporarme giré mil veces a su alrededor, fijando en la película aquellas visiones que sólo podrían retornar a mi mente en maravillosos sueños. El guardia de la sala, testigo de mi arrobamiento y quizás de mi exclamación a media voz, posiblemente sorprendido también por el gesto de aquel visitante que parecía rendir pleitesía a la reina, se sintió inclinado a hacer algún comentario sobre el busto de la soberana de triste y trágico destino y también sobre los recuerdos familiares que allí la acompañaban.
Ese magnífico retrato de Nefertiti, en arcilla pintada, fue descubierto el 6 de Diciembre de 1912, por Ludwig Borchardt, en el curso de excavaciones en la que fuera, unos 3000 años atrás, la ciudad de Tell el Amarna; se lo encontró entre los polvorientos restos del taller de Tuthmosis, principal escultor de la corte. Nunca fue terminado, ni nunca abandonó tampoco el taller del maestro, ya que era utilizado como modelo oficial para otras representaciones de la que fuera la más bella soberana de Egipto y muy amada y principal esposa del Faraón Akhenaton.
Como la licencia para excavar, otorgada por el gobierno egipcio, pertenecía al comerciante berlinés James Simon, a él le fue asignado el maravilloso busto y, junto con algunas otras obras encontradas en el mismo sitio, viajó a Alemania. En el verano de ese mismo año, Simon donó sus tesoros del arte egipcio al Estado Prusiano, el cual los instaló en la Isla de los Museos de Berlín, hasta que los avatares de la guerra obligaron a su evacuación lejos de la capital; sólo pudo volver a ella en 1956 y, desde 1967, el famoso busto ha residido en el Museo Egipcio, frente al palacio de Charlottenburg, acompañada de otras múltiples y magníficas piezas arqueológicas procedentes del antiguo Egipto.
La historia es obscura en la época de Nefertiti, cuyo nombre significa “La Hermosa Ha Llegado”. Pudo haber sido hija de Ay, uno de los altos funcionarios del reino y quien, años después, sucedería a Tutankamon. No hay duda que fue muy feliz junto a su marido (hay múltiples y muy tiernas referencias que así lo atestiguan) y que tuvo seis hijas; menos claro es que tuviese también un hijo (existe cierta controversia al respecto) quien pudiera haber sido, precisamente, el futuro Tutankamon. Su marido, hijo de Amenhotep III, comenzó reinando, bastante joven, con el nombre Amenhotep IV (Amenhotep significa “Amon Está Contento”) y muy pronto dejó en claro que era alguien especial pues, apenas en el primer año de su reinado, hizo construir un templo en Karnak, no dedicado a Amon, el dios más importante del politeísmo egipcio de esa época, sino que a Aton, un nuevo dios, cuyo nombre significa, literalmente, “El Disco Solar”. Este joven Faraón debió ser un filósofo, sólo así se podría explicar que, siendo tan joven, haya sido capaz de imaginar la existencia de un solo dios, su Aton, y que haya intentado reemplazar por él a todo el amplio repertorio de dioses que, hasta entonces, colmaban la religión egipcia.. En el quinto año de su reinado tomó, además, dos decisiones muy iconoclásticas: cambió su nombre por el de Akhenaton (es decir, “Gloria al Disco Solar“) y comenzó a construir una nueva capital, en la región de El-Amarna, en el Egipto Medio, que se llamaría Akhetaton (Horizonte de Aton). Esto lo hizo con el claro propósito de reemplazar a Tebas y a Memphis como centros religiosos del país. Ambas medidas fueron conflictivas porque, aparte de dejar cesantes a la multitud de sacerdotes y comerciantes que vivían del culto a la miríada de dioses de la antigua religión, ellas desconcertaron al pueblo, el cual no estaba preparado para asimilar tan revolucionaria idea, ni comprender las razones por las que su Faraón renegaba de Amon y de las otras deidades tradicionales. Además, Akhenaton, como buen filósofo, vivía un poco en otro mundo y no se ocupaba mucho de la política, tanto de la interior como de la exterior, lo cual hizo decaer el Imperio e incrementó las molestias y las críticas a su gestión. Hay evidencias que la iconoclastía y los otros problemas mencionados, que caracterizaron su reinado, causaron una gran inquietud entre importantes sectores sociales, al extremo que, tras 18 años de gobierno, Akhenaton desaparece, probablemente asesinado, borrándose también, con este hecho, la historia de Nefertiti. De aquí en adelante sólo hay dudas y conjeturas; es posible que Nefertiti haya sucedido brevemente a su marido, con el seudónimo de Smenkhkara, para, muy pronto, ceder el trono a Tutankaton (“Imagen Viviente de Aton”) y quien, más tarde, cuando se denunció a Akhenaton como hereje, cambiaría su nombre por el de Tutankamon.
Poco tiempo después, la corte abandonó la ciudad en el-Amarna, retornando al tradicional centro administrativo de Menphis y así fue como el taller de Thutmosis fue olvidado, cubierto por las arenas del inhóspito desierto y preservado, con su maravilloso contenido, durante tres milenios.
Sería interesante continuar con la historia de la Décimo Octava Dinastía, la correspondiente al reinado del famoso aunque desconocido Tutankamon, pero no teniendo nada personal que decir al respecto, ello sería tan sólo una transcripción de escritos de otros; tendrán que esperar pues que, al menos, logre ver el tesoro de este Faraón, para lo cual no encuentro otra opción que viajar a Egipto y visitar el Museo del Cairo, porque no creo que se repitan las oportunidades que he dejado pasar para hacerlo. Sin pretender aburrirlos, les contaré: la primera de ellas fue en 1972, mientras estaba yo de visita en Londres, por suerte sin pasaporte diplomático; allí me enteré que el Tesoro en cuestión se exhibía en el Museo Británico pero pronto supe que me quedaría con las ganas de verlo (o con los crespos hechos, porque en ese entonces tenía pelo para ello); a pesar que en esa época había muchos chilenos que ya hacían colas tan largas como la que entonces vi (y sólo para comprar leche o aceite) yo renuncié al sacrificio; será para otra vez, me dije y, sorpresivamente, ¡hubo otra!; fue en 1980, en Colonia, Alemania pero, de nuevo, la fila de trescientos metros me desanimó y hasta me causó escalofríos (para ese entonces, mis propios recuerdos de las colas que tuve que hacer en 1973, me habían predispuesto mal en contra de ellas). Sí, tendré y tendréis que esperar, pero sepan que no pierdo las esperanzas de viajar a Egipto; por alguna enigmática razón, quizás hasta genética, siempre me ha fascinado el arte y la historia de ese país.
Para terminar este artículo, siento que es propicia una reflexión: resulta chocante, ciertamente, constatar el formidable expolio de tesoros arqueológicos realizado por los países civilizados en aquellos que lo fueron antes que ellos (momias egipcias, por ejemplo, hay en todas partes, ¡hasta en Concepción!); sin duda que eso es una desgracia para los actuales nacionales de dichos países pero es también una gran ventaja para la difusión y conocimiento de esas culturas porque es más fácil acceder a ellos. También es posible que, estando donde están, esos tesoros se encuentren más protegidos; sabido es que lo que se tiene a la vista todo el tiempo termina por no ser visible, por no ser valorado ni cuidado, lo cual puede conducir a su completa destrucción. La evidencia que esto último puede evitarse me quedó muy clara al admirar el Gran Altar de Pérgamo, conservado en el museo del mismo nombre, en la Isla de los Tales, también en Berlín; a pesar que es necesario realizar un gran esfuerzo de imaginación para visualizar esta magnífica obra como era en su mejor época, bajo el brillante sol del Asia Menor, lo prefiero mil veces donde ahora está; el sólo pensar que tamaña maravilla estuvo medio enterrada por siglos y que partes de sus esculturas de fino mármol fueron utilizadas para fabricar cal, me deprime.
Sí, contemplar a la bella Nefertiti y al Gran Altar de Pérgamo vale, por si sólo, un viaje a Berlín; además, si se aprovecha la ocasión para cruzar la histórica Puerta de Brandenburgo y caminar, sin prisa, bajo los tilos de la romántica Avenida Unter den Linden y mucho más, tanto mejor.
Osvaldo González Rojas.
Fue una impresión de magnitud inesperada, ¡jamás pensé que me parecería tan bella!; ¡sus labios y la simetría de su rostro!, ¡su fino y largo cuello!, ¡la serena majestad de su aspecto!; ¡todo en ella irradiaba encanto y magnificencia!; ni siquiera su oreja rota y el ojo faltante disminuían la sensación de armonía y dignidad de ese rostro milenario que, imperturbable, parecía mirar al infinito, desde su elevada posición en el centro de aquella obscura sala.
Yo sabía que la habría de encontrar allí; ¡había ido en su búsqueda! pero nunca imaginé que me impactaría de ese modo. Al verla, no pude reprimir una exclamación espontánea “so beautiful!” – curiosamente, así, ¡en inglés!, una trampa, humorada o zancadilla de mi mente, obligada a pensar, durante algunos días ya, en esa lengua.
Ya sabéis que soy fotógrafo; la belleza de aquella imagen me dominó por completo; tras algunos minutos de inmovilidad física y de éxtasis espiritual, me sentí impelido a contemplarla desde abajo, buscando aquel ángulo desde el cual sus súbditos hubieron de admirarla; apoyé una rodilla en tierra mientras, fascinado, componía su imagen en mi cerebro y luego la encuadraba en el visor de la cámara. Al incorporarme giré mil veces a su alrededor, fijando en la película aquellas visiones que sólo podrían retornar a mi mente en maravillosos sueños. El guardia de la sala, testigo de mi arrobamiento y quizás de mi exclamación a media voz, posiblemente sorprendido también por el gesto de aquel visitante que parecía rendir pleitesía a la reina, se sintió inclinado a hacer algún comentario sobre el busto de la soberana de triste y trágico destino y también sobre los recuerdos familiares que allí la acompañaban.
Ese magnífico retrato de Nefertiti, en arcilla pintada, fue descubierto el 6 de Diciembre de 1912, por Ludwig Borchardt, en el curso de excavaciones en la que fuera, unos 3000 años atrás, la ciudad de Tell el Amarna; se lo encontró entre los polvorientos restos del taller de Tuthmosis, principal escultor de la corte. Nunca fue terminado, ni nunca abandonó tampoco el taller del maestro, ya que era utilizado como modelo oficial para otras representaciones de la que fuera la más bella soberana de Egipto y muy amada y principal esposa del Faraón Akhenaton.
Como la licencia para excavar, otorgada por el gobierno egipcio, pertenecía al comerciante berlinés James Simon, a él le fue asignado el maravilloso busto y, junto con algunas otras obras encontradas en el mismo sitio, viajó a Alemania. En el verano de ese mismo año, Simon donó sus tesoros del arte egipcio al Estado Prusiano, el cual los instaló en la Isla de los Museos de Berlín, hasta que los avatares de la guerra obligaron a su evacuación lejos de la capital; sólo pudo volver a ella en 1956 y, desde 1967, el famoso busto ha residido en el Museo Egipcio, frente al palacio de Charlottenburg, acompañada de otras múltiples y magníficas piezas arqueológicas procedentes del antiguo Egipto.
La historia es obscura en la época de Nefertiti, cuyo nombre significa “La Hermosa Ha Llegado”. Pudo haber sido hija de Ay, uno de los altos funcionarios del reino y quien, años después, sucedería a Tutankamon. No hay duda que fue muy feliz junto a su marido (hay múltiples y muy tiernas referencias que así lo atestiguan) y que tuvo seis hijas; menos claro es que tuviese también un hijo (existe cierta controversia al respecto) quien pudiera haber sido, precisamente, el futuro Tutankamon. Su marido, hijo de Amenhotep III, comenzó reinando, bastante joven, con el nombre Amenhotep IV (Amenhotep significa “Amon Está Contento”) y muy pronto dejó en claro que era alguien especial pues, apenas en el primer año de su reinado, hizo construir un templo en Karnak, no dedicado a Amon, el dios más importante del politeísmo egipcio de esa época, sino que a Aton, un nuevo dios, cuyo nombre significa, literalmente, “El Disco Solar”. Este joven Faraón debió ser un filósofo, sólo así se podría explicar que, siendo tan joven, haya sido capaz de imaginar la existencia de un solo dios, su Aton, y que haya intentado reemplazar por él a todo el amplio repertorio de dioses que, hasta entonces, colmaban la religión egipcia.. En el quinto año de su reinado tomó, además, dos decisiones muy iconoclásticas: cambió su nombre por el de Akhenaton (es decir, “Gloria al Disco Solar“) y comenzó a construir una nueva capital, en la región de El-Amarna, en el Egipto Medio, que se llamaría Akhetaton (Horizonte de Aton). Esto lo hizo con el claro propósito de reemplazar a Tebas y a Memphis como centros religiosos del país. Ambas medidas fueron conflictivas porque, aparte de dejar cesantes a la multitud de sacerdotes y comerciantes que vivían del culto a la miríada de dioses de la antigua religión, ellas desconcertaron al pueblo, el cual no estaba preparado para asimilar tan revolucionaria idea, ni comprender las razones por las que su Faraón renegaba de Amon y de las otras deidades tradicionales. Además, Akhenaton, como buen filósofo, vivía un poco en otro mundo y no se ocupaba mucho de la política, tanto de la interior como de la exterior, lo cual hizo decaer el Imperio e incrementó las molestias y las críticas a su gestión. Hay evidencias que la iconoclastía y los otros problemas mencionados, que caracterizaron su reinado, causaron una gran inquietud entre importantes sectores sociales, al extremo que, tras 18 años de gobierno, Akhenaton desaparece, probablemente asesinado, borrándose también, con este hecho, la historia de Nefertiti. De aquí en adelante sólo hay dudas y conjeturas; es posible que Nefertiti haya sucedido brevemente a su marido, con el seudónimo de Smenkhkara, para, muy pronto, ceder el trono a Tutankaton (“Imagen Viviente de Aton”) y quien, más tarde, cuando se denunció a Akhenaton como hereje, cambiaría su nombre por el de Tutankamon.
Poco tiempo después, la corte abandonó la ciudad en el-Amarna, retornando al tradicional centro administrativo de Menphis y así fue como el taller de Thutmosis fue olvidado, cubierto por las arenas del inhóspito desierto y preservado, con su maravilloso contenido, durante tres milenios.
Sería interesante continuar con la historia de la Décimo Octava Dinastía, la correspondiente al reinado del famoso aunque desconocido Tutankamon, pero no teniendo nada personal que decir al respecto, ello sería tan sólo una transcripción de escritos de otros; tendrán que esperar pues que, al menos, logre ver el tesoro de este Faraón, para lo cual no encuentro otra opción que viajar a Egipto y visitar el Museo del Cairo, porque no creo que se repitan las oportunidades que he dejado pasar para hacerlo. Sin pretender aburrirlos, les contaré: la primera de ellas fue en 1972, mientras estaba yo de visita en Londres, por suerte sin pasaporte diplomático; allí me enteré que el Tesoro en cuestión se exhibía en el Museo Británico pero pronto supe que me quedaría con las ganas de verlo (o con los crespos hechos, porque en ese entonces tenía pelo para ello); a pesar que en esa época había muchos chilenos que ya hacían colas tan largas como la que entonces vi (y sólo para comprar leche o aceite) yo renuncié al sacrificio; será para otra vez, me dije y, sorpresivamente, ¡hubo otra!; fue en 1980, en Colonia, Alemania pero, de nuevo, la fila de trescientos metros me desanimó y hasta me causó escalofríos (para ese entonces, mis propios recuerdos de las colas que tuve que hacer en 1973, me habían predispuesto mal en contra de ellas). Sí, tendré y tendréis que esperar, pero sepan que no pierdo las esperanzas de viajar a Egipto; por alguna enigmática razón, quizás hasta genética, siempre me ha fascinado el arte y la historia de ese país.
Para terminar este artículo, siento que es propicia una reflexión: resulta chocante, ciertamente, constatar el formidable expolio de tesoros arqueológicos realizado por los países civilizados en aquellos que lo fueron antes que ellos (momias egipcias, por ejemplo, hay en todas partes, ¡hasta en Concepción!); sin duda que eso es una desgracia para los actuales nacionales de dichos países pero es también una gran ventaja para la difusión y conocimiento de esas culturas porque es más fácil acceder a ellos. También es posible que, estando donde están, esos tesoros se encuentren más protegidos; sabido es que lo que se tiene a la vista todo el tiempo termina por no ser visible, por no ser valorado ni cuidado, lo cual puede conducir a su completa destrucción. La evidencia que esto último puede evitarse me quedó muy clara al admirar el Gran Altar de Pérgamo, conservado en el museo del mismo nombre, en la Isla de los Tales, también en Berlín; a pesar que es necesario realizar un gran esfuerzo de imaginación para visualizar esta magnífica obra como era en su mejor época, bajo el brillante sol del Asia Menor, lo prefiero mil veces donde ahora está; el sólo pensar que tamaña maravilla estuvo medio enterrada por siglos y que partes de sus esculturas de fino mármol fueron utilizadas para fabricar cal, me deprime.
Sí, contemplar a la bella Nefertiti y al Gran Altar de Pérgamo vale, por si sólo, un viaje a Berlín; además, si se aprovecha la ocasión para cruzar la histórica Puerta de Brandenburgo y caminar, sin prisa, bajo los tilos de la romántica Avenida Unter den Linden y mucho más, tanto mejor.
Osvaldo González Rojas.
1 comment:
Muy buen articulo y muy agradable su lectura! Felicitaciones, y espero algun día al igual usted, poder visitar el medio oriente.
Post a Comment