LA AROMATECA Y LOS AROMAS
Osvaldo González Rojas
Nada hay más evocador que los aromas; tal pareciera que el cerebro sólo espera que la membrana pituitaria reciba el estímulo de las pequeñas moléculas odoríferas para desencadenar el proceso rememorador que hace volar la mente hacia atrás, hacia lugares, personas y situaciones que creíamos olvidados. Tengo, en mi caso, la fortuna de conservar, todavía, un pequeño frasco del perfume que usaba mi madre, fallecida hace ya 30 años; sólo abrirlo, cerrar los ojos y aspirar, para que lágrimas, no de pena, rueden por mis mejillas y me sienta niño otra vez. Ojalá tuviese también un frasco con el aroma que percibía en las manos de mi padre, mezcla de tabaco y del suyo propio, cuando me lavaba la cara, siendo yo muy pequeño. Reconstituir tal olor fue lo que creí posible al descubrir la aromateca de Sephora pero, aunque nadé más de una hora entre decenas de aromas de flores, de lápices de mina, de bolsones de colegio, de tabacos y de lo más inimaginable, fue imposible siquiera aproximarme a él - es demasiado personal monsieur – me dijo la demoiselle de los olores. No me importó mucho, en verdad; ese es un recuerdo tan grato y tan indeleblemente grabado en mi mente, que me basta pensar en él para casi experimentar la sensación física real. ¡Y es que los aromas están inscritos en nuestros genes!; están allí desde que vivíamos de la tierra y junto a ella, desde la época en que reconocíamos a nuestros amigos y enemigos por su olor, desde la época en la cual no había jabón ni desodorante y en la que el olor natural de hombres y mujeres servía de claro estímulo sexual. Los aromas nos hacen volver a la tierra y a la naturaleza, al musgo y al bosque, a los animales y a las flores; nos relajan y nos estimulan; despiertan sentimientos y recuerdos dormidos desde la noche de los tiempos y llenan nuestra mente de colores, sin la ayuda de los ojos.
Los aromas sacuden también a los otros sentidos y a nuestros apetitos. Comidas sin olor hay pero ¿qué gracia tienen?; sólo imaginar los vibrantes vapores que escapan de un caldillo de congrio, de un curanto o de un modesto plato de humitas calientes, basta para producir un efluvio de jugos gástricos que preparan el cuerpo y el espíritu para el disfrute que siempre debiera acompañar al proceso de la alimentación.
Sí, así es, los perfumistas saben todo aquello y por eso es que procuran revivir nuestras aletargadas pituitarias con sus alquímicas mezclas pero bueno sería volver al origen y no olvidar las aguas y el aire, la tierra y los seres que la pueblan, abundantes en fragancias naturales; ¡la verdadera aromateca está allí!
Es una real pena que con la edad perdamos no sólo la homeostásis, sino que también la sensibilidad; ello y la saturada y contaminada atmósfera citadina nos ha hecho olvidar la importancia que tuvieron los olores en nuestra niñez y juventud, nos ha hecho menospreciar incluso la importancia de los aromas en el sexo y el amor. Reflexionaba en esto con ocasión de una curiosa experiencia olfatoria y visual que tuve recientemente en Praga. Supongo que han escuchado ustedes que los rinocerontes tienen muy mala vista pero excelente olfato y por eso es que los hombres que los cazan, estudian u observan deben aproximarse a ellos en contra del viento (recuérdenlo la próxima vez que vayan al Africa); dicen, al respecto, que para este animalito y supongo que es lo mismo para muchos otros también, sus enemigos, o sus hembras, son una especie de esferas odoríferas más que imágenes; bueno, pero para mí, no fue exactamente eso lo eso lo que sucedió con Klára, la joven y rubia praguense que, a la sombra de la Torre del Reloj, exhibía su armónica anatomía y pregonaba su existencia a los cuatro vientos de la Plaza de la Ciudad Vieja. Ella era, además de una bella imagen, una esfera, una atractiva y erótica esfera de aroma axilar fresco, que me habría hecho saber su femenina presencia, aunque hubiese tenido mis ojos cerrados. ¡Qué asco y qué desagradable!, pensarán ustedes, ¡pero es qué ustedes no estaban allí! y no comprenden que aquel mensaje químico estaba cumpliendo su tarea, comunicándole a mi cerebro y al de los otros hombres en el entorno, que ella estaba allí y que, probablemente además, su juvenil cuerpo femenino estaba fértil (si hubiese sido un animal-hembra, podríamos haber dicho “en celo”). Sí, fue muy grato aproximarme, conversar con ella y olerla. Sólo lamento que se haya sentido visiblemente frustrada al saber mi respuesta a su pregunta, hecha con los ojos entrecerrados por el esfuerzo de recordar algo que creía saber, - ¿...y quién es el Presidente de Chile?... (ella esperaba escuchar “Pinochet”). Tuve que aclararle que esos tiempos casi habían terminado y que ahora, después de Aylwin, la mayoría de la gente decía sentirse aún más alegre y más frei con Frei.
Pero no siempre los aromas corporales debidos a la falta de higiene diaria o al no uso del desodorante son tan gratos. Por desgracia, el empleo de ropa y de sistemas de calefacción provoca la multiplicación acelerada de las bacterias que descomponen el sudor y por ello, la experiencia de oler humanos, de cualquier sexo, puede llegar a ser insufrible. Tal cosa era muy común, años atrás, en ciertos países de Europa: subir a un tranvía o al metro, viajar en bus o participar de una reunión social, podía ser una ocasión de lo más desagradable y más de algún terrible recuerdo tengo, pero parece que todo aquello tiende a desaparecer; la publicidad y el buen gusto imponen, en todas partes, la necesidad de ser inodoros u olientes a flores, a almizcles, a musgos o a tabaco pero menos a nosotros mismos; y en esto, por desgracia, a veces se exagera y también se hace mezclas incompatibles, ¿habrá combinación de aromas más contrapuestamente desagradable que la que se produce con los desodorantes femeninos íntimos?, no lo creo... quizás el oloroso caldillo de congrio aliñado con Chanel Nº5... quizás... . No, ¡no!, !mejor no exagerar!, perfumarse sí, pero no tanto.
Sephora y su aromateca, Avenida de los Campos Elíseos 54, en París, naturellement.
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