ESCRIBIR UN CUENTO
Papi – dijo mi hija - ¿Y por qué no escribes un cuento?. Mira, aquí hay un aviso sobre un concurso con un 1 millón de premio. Cogí el diario con desgano mientras ella continuaba con su campaña de convencimiento – has escrito tantos artículos y todos dicen que son entretenidos – la miré, con ternura y agradecimiento, mientras ella seguía parloteando – ¡y además saldría publicado!. La idea comenzó a parecerme no tan mala, a pesar que el anuncio no era muy claro: “República de Zimbabwe, Primer Gran Concurso de Cuentos Cortos Costumbristas” y seguían las bases con todos los demás datos. Pero, ¿y qué sé yo de las costumbres en Zimbahue... o cómo se llame? respondí yo... – Bueno pues, ¡inventas algo!; ¿cómo no se te va a ocurrir alguna cosa?, en todas partes hay robos, asesinatos, amores, accidentes, ¡en Zimbabwe debe haber leones y de vez en cuando se deben comer a alguien!. Me pareció convincente pero, de todas maneras, nada de simple; ¡cómo sí escribir un cuento fuese tan sencillo!, especialmente si uno está lleno de problemas. Para escribir, dicen, hay que tener paz en el alma y sí no, ¿cómo se inspira uno?. Si en este momento escribiese sobre mi vida, ¡eso! parecería un cuento…. De todas maneras, confieso que la idea terminó por gustarme pero, ¿de qué costumbre Zimbabwina hablo?…¿del amor?…podría ser…allí también deben enamorarse y tendrán que hacer el amor, al menos de vez en cuando, pero me gustaría que mi primer cuento fuese de otro asunto menos trillado… aunque, después de todo y pensándolo bien, es seguro que con ese tema capturaría de inmediato la atención del lector, el cual, obnubilado, puede que incluso no viera los defectos del relato. Como sea, siempre he creído que los cuentos, incluidos aquellos sobre el sexo, deben de tener algo de misterio y de intriga ¡y nunca contarlo todo!; siempre hay que dejarle espacio al lector para que rellene por sí mismo, para que se pregunte cosas que sólo él puede responder y para que se mantenga algo inquieto, como esperando una segunda parte. Por supuesto que, y siguiendo mis propias opiniones, yo podría intentar la tarea pero, primero tendría que resolver el problema más serio: ¿cómo empezar?. Sé que para superar esa barrera, más psicológica que real, es posible comenzar la trama por una escena cualquiera, intempestiva, intermedia, a partir de la cual se organice, después, el relato; o sea, se podría escribir, por ejemplo:
“Cogió su pequeña y blanca mano (o quizás debiera decir “negra mano…” pero, bueno, en fin, eso es un detalle) y la besó; aspiró su aroma, ¡aah, su aroma, su aroma…! Ella no se resistió a su gesto, no dijo nada, se dejó hacer. Él no supo, siquiera, si ella lo observaba pues, con sus ojos cerrados, deslizó sus labios por el fino antebrazo, asombrándose de la suavidad de su piel; súbitamente, como despertándose de un sueño, aprisionó su rostro entre sus tibias y trémulas manos. La besó tiernamente en la frente, en las sienes, en las menudas orejas y en los ahora cerrados ojos negros; la escuchó respirar corto y rápido antes de volver a sus lóbulos, los cuales debió despejar del cabello que los cubría. Su respiración se aceleró y, por primera vez, sintió sus delicadas manos junto a su pecho. Sin desesperarse, recorrió una vez más sus sienes, su frente y sus ojos, antes de buscar su otra oreja, para musitar allí palabras de amor y de deseo. Cuando rozó sus labios, los sintió entreabrirse y entregarse a sus ahora urgentes besos, compartiendo su creciente pasión. Fue un largo saborearse, que interrumpieron un momento para unirse en un estrecho abrazo, seguido de un largo suspiro que los ayudó a recuperar el perdido aliento. Se miraron largamente a los ojos mientras los pulgares de él acariciaban suavemente sus mejillas. Volvieron a juntar sus labios, casi devorándose de pasión y sintiendo que sus espíritus se unían como nunca hasta entonces lo habían estado. Los labios de él buscaron el delicado cuello y la línea que conduce al centro de los pechos; luego, mientras su mano izquierda se apoyaba en la nuca de ella, su derecha bajó a encerrar uno de sus tibios senos que, cual minúsculo pajarillo, palpitaba bajo su casi brusca caricia; ella interpuso sus dedos, intentando una resistencia que no llegó a ser tal, pues pronto fueron a entremezclarse con los cabellos de aquel que deseaba entonces más que a nada en el mundo. Él, casi sin darse cuenta de cómo había llegado hasta allí, se sintió succionando un rosado pezón y llenando los redondeados y cálidos bultos de pequeños mordiscos que ella habría deseado aún más intensos. Cuando un hombre alcanza ese punto, en su mente se mezclan los casi olvidados recuerdos del cuerpo femenino que lo amamantó en su infancia, con aquellos de sus experiencias de adulto y que le indican, a través de la entrecortada respiración de su pareja, casi un jadeo a veces, que se aproxima el punto de no retorno en la maravillosa secuencia que conduce, inevitablemente, a la fusión de los cuerpos y quizás de los genes. No hubo más resistencia cuando sus labios descendieron a su ombligo y más allá. La suave hierba recibió los cuerpos que desataron en ella la urgencia del deseo y llenaron el ambiente de gemidos, jadeos y besos, ahogando el murmullo de los insectos y de las hojas, del canto de los pajaritos y del arroyo cercano…
Papi, ¡Papi!, ¡Papi! – dijo, otra vez, mi hija (¿estaba todavía ahí?) – Te tengo una mala noticia… el diario era del año pasado y el plazo para presentar los cuentos ya se venció…. No importa, le contesté, de todas maneras no creo que hubiese ganado… de Zimbabwe sé harto poco…. – En todo caso deberías pensar en lo que te dije – agregó. – Puede aparecer otro concurso…. Sí, pensé yo, viéndola salir de la habitación, recuerdo que “El Mercurio” tiene o tenía uno anual pero no creo que acepten lo que estoy escribiendo, que además no es muy bueno... La interrupción sirvió para aliviar algo mi propia tensión (después de todo, el que escribe vive lo que escribe, esperando que el lector también haga lo propio con lo que le lee).
Medio, sólo medio desanimado, continué:
Una gota de sudor se deslizó desde la punta de la nariz de él y cayó sobre la sonrosada mejilla de ella cuando, casi sin aliento, se incorporó para contemplarla con mustio y amoroso agradecimiento. La suave y tibia brisa, de aquella tarde de verano, ayudó a tranquilizar los agitados corazones, encabritados luego de la explosión de energía con la que se inicia la aventura orgánica que podría conducir, quizás, a una nueva vida. Un abrazo de paz y ternura sustituyó a las urgencias de la pasada hora; suaves besos y risas de alegría y complicidad, recordando las locuras hechas, dieron paso a un grato adormecimiento bajo la caricia del aire, del rumor del arroyuelo y del lejano mar, del cantar ocasional de los pajarillos y del silencio de los acalorados insectos.
El despertar fue una reedición más tierna, más calma y llena de pequeñas palabras y de gestos que culminaron con las mágicas palabras, tantas veces dichas entre hombres y mujeres: ¡Te amo!, ¡te amo!, ¡te amo!…
Hacía ya algo de frío (cosa que no podría haber sucedido en Africa) cuando, abrazados, bajaron lentamente la colina para regresar al pueblo. Una fase feliz de sus vidas parecía iniciarse allí, más, como nada es perfecto… (algún día proseguiré...)
Ahora, que ya tengo el inicio, sólo me queda imaginar el resto y ¡capaz que resulte un cuento!. Claro que voy a tener que reposicionarlo, porque no creo que lo continúe en Zimbabwe (lo cual, después de todo, es mejor, porque harto que me preocupaba eso de tender a mis personajes en la hierba llena de bichos ponzoñosos y de hacerlos subir y bajar montes con innumerables y acechantes fieras). Afortunadamente no debo cambiar el tema porque la gente hace el amor en todas partes y, además, tampoco tengo mayor apuro, puesto que la fecha límite del concurso que he de ganar, aún no se publica.
O
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