Sunday, October 02, 2005

EL TÚNEL DE LUZ

EL TÚNEL DE LUZ


Ocurrió hace muchos años, a poco de iniciar mis estudios universitarios; practicaba yo, en ese entonces, algunas técnicas de relajación y autohipnosis, según se describía en algunos libros que mi padre había comprado. Él era, desde su juventud, bastante aficionado a leer sobre ese tipo de asuntos, aunque jamás constaté que le dedicase mucho tiempo a comprobar, personalmente, si todo aquello funcionaba. Yo, en cambio, practicaba con ahínco y lograba, creo, muy buenos resultados. Así pues, en mis tardes libres, después de almuerzo, tendido en mi cama, empezaba por ejercitar las técnicas de respiración sugeridas, para luego continuar con la secuencia de relajación de cada uno de mis músculos, desde aquellos casi olvidados en los dedos de los pies, hasta los más minúsculos pero importantes del rostro; la sensación conseguida, según recuerdo, era fantásticamente placentera, encontrando su clímax cuando, mientras una especie de hormigueo recorría todos mis miembros, mi cerebro parecía expandirse y hacerse liviano, como un gigantesco globo levitante; finalmente, en medio de diversas sugestiones positivas, pasaba, por lo general, a una gratísima siesta, de la cual despertaba sintiéndome muy bien. Cada día me hacía más experto y confiado para alcanzar, rápida y profundamente, ese maravilloso estado; todo iba perfecto hasta que, una soleada tarde, sorpresivamente, viví la más extraña, angustiante, terrorífica e inefablemente placentera experiencia que se pueda imaginar. Como ya era habitual, con los ojos cerrados y las manos cruzadas sobre el pecho, había alcanzado el tan maravilloso estado de relajación al que me había acostumbrado; pero esa vez, sin embargo, el grato despertar del sueño subsecuente o el fluido salir de mi controlada relajación, fue reemplazado por la desesperante y sorpresiva constatación que me era imposible respirar, separar mis dedos entrelazados o siquiera mover uno solo de mis músculos…¡me sentía paralizado! ¡mi voluntad y mi sistema automático parecían incapaces de controlar mi cuerpo!. Como es lógico, me embargó rápidamente una intensa angustia, que pronto alcanzó niveles indescriptibles pero sin que ello me ayudase a escapar de tan aterrante situación; en ese punto y muy súbitamente, como si mi mente hubiese sido transportada a otro lugar, las sensaciones de terror y muerte fueron reemplazadas por un pacífico flotar a través de un luminoso túnel muy blanco y al fondo del cual, junto a lo que parecían ser formas humanas, destellaban chispas de color, en una especie de lluvia de confeti. Sin embargo, si la impresión visual era envolventemente cautivadora, apenas sí se comparaba con la sublime música que la acompañaba; aquella maravillosa y desconocida música, mezcla salida de instrumentos y de voces, que envolvía todo mi ser, constituye el recuerdo más impresionante de la parte grata de aquella extraña aventura de mi mente. Hoy, después de reflexionar acerca de lo escuchado, diría que esa tarde, como si alguien hubiese puesto entre sorpresivos paréntesis a mi terrorífica situación, tuve un privilegiado pero muy fugaz acceso a la verdadera esencia de la música…¡no existen palabras ni sonidos reales capaces de describir cuán bella era aquella belleza!

Tras escasos diez segundos de éxtasis, sin saber cómo y al igual que había llegado allí, volví a la desesperante realidad de mi situación pero esta vez, boqueando por aire y agitadísimo, logré incorporarme de mi lecho, regresando al mundo real. Aterrorizado aún pero feliz de poder respirar, recuperé paulatinamente la calma, más no la confianza ni el agrado con los cuales me entregaba a dichas actividades. Como bien supondréis, aunque intrigado, nunca más pude atreverme a practicar las técnicas de relajación que me habían llevado al borde de una sensación tan angustiante como hermosa. Ciertamente, a pesar del privilegio que implicó aquella idílica escena con sabor a poco, el conjunto fue más traumático que placentero.

Estaréis conscientes que lo descrito se asemeja mucho a los relatos hechos por personas que han estado al borde de la muerte y también por los pilotos de aviones de caza que, expuestos a fuerzas de aceleración excesivas, han sufrido de una prolongada disminución del flujo de sangre al cerebro. Quienes me conocen saben que no soy hombre de creencias fáciles y, a diferencia de aquellos que podrían aceptar, sin más, que tales experiencias son una prueba de lo que nos espera después de la muerte, yo me inclino a pensar, en concordancia con ciertos estudios científicos, que ellas corresponderían, más bien, a un mecanismo natural de auto protección de la mente, actuante hasta el final, para evitarle aquellos sufrimientos que sobrepasan su límite de tolerancia.

Del análisis que he hecho, acerca de esta rara experiencia, se desprende la fascinante posibilidad que, en algún recóndito lugar de la mente, es decir de la estructura material que la hace posible, existan los patrones esenciales de los conceptos, de la belleza y de las armonías visuales y sonoras, con los cuales se compara todo lo visto, oído y pensado, para encontrar deleite en las similitudes que ofrece la realidad y su descubrimiento. Es posible también, que de allí puedan extraer inspiración los genios que ha producido la Humanidad y que, a través de sus obras, hacen posible que el resto de nosotros logremos atisbar la sublime armonía subyacente en todo lo existente. Cómo es que ellos podrían llegar a conectarse con tales niveles, es algo que no sabemos; es posible pensar que debiera ser una propiedad determinada por la configuración de sus cerebros, la cual permitiría, normalmente, la producción y acción de aquellas substancias químicas que, en el resto de los seres humanos, sólo se generan en forma muy esporádica, quizás solamente una vez en la vida y no siempre en situaciones muy agradables, tal y como pudiera ser en el final de ella.

Es bien probable que la ciencia descubra, algún día, los mecanismos químicos responsables de tales sublimes experiencias y, consecuentemente, se los pueda utilizar entonces, sin riesgos, para acceder voluntariamente a ellas. Quedaría por ver si los practicantes podrían, como los drogadictos de la actualidad, soportar los desagrados del regreso a la más bien triste realidad de las existencias que viven el común de las personas.. Mientras tanto, a nosotros nos queda, como consuelo, la opción de compartir, tan frecuentemente como sea posible, las obras, pensamientos e ideas de quienes han podido “tocar regularmente el cielo”, en la esperanza de disfrutar con ellas, vivos y sin riesgos ni terrores, al menos de una brizna de aquella armonía, que parece estar oculta dentro de todo, inclusive en nuestras propias mentes.



Osvaldo González Rojas.
Sugiero leer, en la página Nº20 del cuerpo A del diario "El Mercur io" de Santiago de Chile, del 11 de junio de 2010, el artículo EXPERIENCIAS CERCANAS A LA MUERTE SE DEBEN A UNA "TORMENTA" CEREBRAL ".
htttp://www.mer.cl/modulos/catalogo/Paginas/2010/06/11/MERSTCT020AA1106.htm

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