EL SÍNDROME DE FLORENCIA
Un sindrome (mi computador me insinúa que escriba síndrome) es descrito en la ciencia médica como “un conjunto de síntomas que caracterizan a una enfermedad”. Sin duda que han oído ustedes del Síndrome de Inmuno Deficiencia Adquirida pero quizás no sea así en los casos del Síndrome de China, del Síndrome de Jerusalén o del Síndrome de Florencia.
El Síndrome de China estuvo muy de moda junto con una película del mismo nombre; en ella, el protagonista principal (porque sin él no habría habido trama alguna...) era un reactor nuclear que se ponía muy caliente y amenazaba con derretir el suelo, sobre el cual estaba asentado, para enterrarse luego en él y bajo la acción de la gravedad, perforar el planeta hasta salir por el otro lado, es decir, por China. Esto último sería imposible, por varias razones, pero la idea igual da origen al nombre del conjunto de síntomas asociados a un reactor que comienza a ponerse fuera de control y que, al menos, podría intentar el inicio de tan cálido y extraño viaje.
El Síndrome de Jerusalén es también un conjunto de síntomas, pero fisiológicos, como los de una enfermedad, que afecta a ciertos creyentes cristianos de visita en ese santo lugar; a esas personas, el saber que caminan sobre la tierra que pisó Jesús les provoca una experiencia mística, de tal magnitud, que altera sus organismos, al punto que requieren de tratamiento médico para recuperar la normalidad.
Los efectos del Síndrome de Florencia son similares al del anterior pero los sufren aquellos individuos estéticamente muy sensibles, que resultan abrumados por la belleza y armonía distribuidas en esa ciudad y especialmente concentradas en sus magníficos museos e iglesias; tal como el de Jerusalén, puede llegar a requerir tratamiento médico aunque, por lo general, basta con abandonar tan bello entorno para que la anormal sintomatología desaparezca.
Creo que también debería existir un Síndrome de Talcahuano, cuyas causas, sin embargo, serían muy diferentes de las anteriores...
En realidad, confieso que he traído a colación esto de los síndromes para poder contarles que, en cierta ocasión, estuve a punto de ser afectado por el de Florencia, tal y como leerán a continuación.
Una cálida y húmeda tarde de Septiembre, tras varios días de disfrutar largamente de la armonía, la genialidad y la belleza contenida en los museos y calles de esa ciudad, fui a dar, un poco por casualidad, a la Iglesia de la Santa Croce, al fondo de la Piazza del mismo nombre; demasiado cansado ya para pensar o tomar decisiones propias había seguido a un grupo de turistas que caminaban, con aire de saber adonde iban, por una de las estrechas callejuelas florentinas. Comenzaba a llover entonces e ingresar al templo, sin saber o sin recordar lo que habría de encontrar en él, fue imperioso. No bien lo hice, sufrí la primera de la sorprendente serie de intensas emociones que ese lugar me habría de deparar. Tras cruzar la puerta, a mano derecha, me encontré, frente a frente, con la tumba de Miguel Angel (¡de Miguel Angel!, ¡justo después de haberme dado un festín con sus obras en la Galleria del’Accademia!). Naturalmente que me sentí impelido a pensar un agradecimiento para el gran hombre y a expresarle, en silencio pero igual con la garganta apretada, mi admiración por su obra. Con el corazón ya acelerado y siguiendo con el descubrimiento de aquella iglesia vi, algo más allá, otro bello monumento bajo el cual supuse enterrado a Dante Alighieri; la emoción de esa idea me sacó la promesa de mejorar mi comprensión del italiano para ser capaz de leer La Divina Commedia, en su lengua original (el hecho que me enterase después que se trataba sólo de un cenotafio, no ha modificado ni un ápice ese buen propósito). Avanzando luego, en medio de obras de Canova, Donatello y Giotto, se me apareció el gran monumento a la memoria de Maquiavelo y aquí, aunque estaríamos llegando al punto preciso, déjenme todavía contarles lo que siguió. Muy cerca del altar está la tumba de Gioachino Rossini y, del otro lado de la nave central, aparte de otra serie de sepulcros de grandes italianos, una colección de placas conmemorativas en honor de Leonardo da Vinci (¡!), de Alessandro Volta, de Enrico Fermi y de Gugielmo Marconi (¡de Marconi!, el inventor de las radiocomunicaciones, el hombre que inició la ciencia y la tecnología que se constituyó en una de mis aficiones y también en la profesión de mi vida). Es posible que aún les sea difícil imaginar el estado emocional y psicológico en el que a esa altura me encontraba, pero lo comprenderán mejor cuando les diga que mis ojos se llenaron de lágrimas cuando, casi al salir, me vi frente a la tumba de Galileo Galilei; poco faltó allí para que cayera de hinojos, expresando mi admiración y también mi modesta y solidaria disculpa por la incomprensión de los hombres de su época (felizmente, la Iglesia Católica, en la voz del Papa, reconoció ya, oficialmente pero con 400 años de retraso, su equivocación en este caso y lavó así, con su arrepentimiento, esa histórica injusticia).
Aún llovía cuando abandoné la basílica pero no me importó, yo iba “en otra”, como dentro de una burbuja y disfrutando de los pródromos del Síndrome de Florencia.
Pero, la verdad es que, a pesar del título de este artículo, no era de síndromes de lo que deseaba escribir en él sino que de Maquiavelo, de Nicolás Bernardo de Maquiavelo y de los maquiavélicos.
Nicolás Bernardo nació en Florencia en 1469 y durante 40 de los 58 años que duró su vida, desplegó una sobresaliente actividad política y diplomática, que lo hizo pasar desde las alturas a la cárcel y de allí, de vuelta a las primeras. Durante su período de reclusión, se reveló como un brillante escritor, siendo sus dos obras más notables, “Discursos sobre Tito Livio” y “El Príncipe”. Es especialmente en esta última (que confieso no haber leído...) en la que desarrolla sus pensamientos sobre la política, intentando vender la idea que en ella el éxito lo es todo, independiente de los medios que se emplee para lograrlo (la frase “el fin justifica los medios”, resume admirablemente bien su posición al respecto). Maquiavelo es recordado como un político y diplomático acomodaticio y pérfido, cuya mayor virtud (desde el punto de vista de Florencia, por supuesto...) fue trabajar, bajo sus originales principios rectores, por la preeminencia y el bienestar económico de su ciudad.
Maquiavélicos son, según el diccionario, quienes siguen los principios e ideas de don Nicolás y actúan en el ámbito político con astucia, doblez y perfidia. Pero, para hacer justicia a don Nicolás Bernardo, a quien su ciudad le ha levantado varios monumentos, hay que aclarar que no todos los que actúan con astucia, doblez y perfidia son propiamente maquiavélicos, pues muchos lo hacen sólo pensando en el bien propio y a esos, ninguna ciudad les levantará monumentos.
Osvaldo González Rojas
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