DE MUSAS, DE MONTES Y DE MUSEOS
Las Musas eran, en la Mitología Clásica, las hijas de Zeus. Estas nueve gentiles y bellas señoritas, que protegían a las Artes, es decir al canto, a la música, a la poesía y a las ciencias, entre otras, vivían en el monte sagrado de Grecia conocido como Parnaso, acompañando al joven Apolo, Dios de la Belleza y del Bien. Hasta ese monte, en cuyas faldas se encontraba además el célebre Oráculo y la ciudad de Delfos, llegaban los artistas, quienes, tras purificarse en la Fuente Castalia, formada por un manantial surgido al pie de él, subían al Templo para recibir la inspiración de las Musas y las bendiciones de Apolo.
La divina inspiración ha sido siempre perseguida por los artistas porque ven en ella el camino para alcanzar la evasiva genialidad, ese don que sienten imprescindible para que sus obras trasciendan al tiempo y derroten a ese monstruo que tiene la manía de condenar al olvido a todo lo demás (Cronos, el padre de Zeus tiene la mala fama de devorar a sus hijos). La prueba de fuego, que parece asegurar que las obras de arte romperán la barrera de los siglos, es su aceptación en algún museo, en esos lugares en los cuales se conserva y exhibe las obras inspiradas por las Musas y que, por lo mismo, están llenos de belleza y de conocimientos, utilizables para nuestro deleite, admiración y aprendizaje.
No se crea, sin embargo, que recibir la buscada inspiración es gratuito o placentero para el privilegiado artista, ¡no!, es casi todo lo contrario: con la inspiración, quien la recibe se llena de necesidades, de angustias y de urgencias por hacer; ellas lo obligan a actuar, a crear y a transformar en obras las ideas que las Musas le confían. Es sólo a medida que él trabaja y, paso a paso, extingue el préstamo que se le ha otorgado, que recibe su placentera recompensa. No he visto sentencia más apropiada para ilustrar ese proceso que aquella inscrita en el Museo del Hombre, en el ala izquierda del Palacio Chaillot de París, frente a la Torre de Eiffel:
“Todo hombre crea, aún sin saberlo y casi así como él respira, pero el artista se siente crear; su acción compromete a todo su ser; su sufrimiento, bienamado, lo fortalece”.
Hoy en día, aunque la Mitología está medio pasada de moda y hasta olvidada, las musas y los montes siguen siendo importantes para que los artistas de todos los calibres encuentren la buscada inspiración. A las musas actuales, con excepción de unas pocas privilegiadas que viven en el barrio de Montparnasse, en París, se las puede encontrar en cualquier barrio popular sin mayor pedigree, acompañadas de su familia o de algún fulano que poco se parece a Apolo y que, a falta de habitar un monte famoso, siempre pueden contar con el suyo propio, que mucho las ayuda. Aquellas que tienen la suerte de vivir en el Monte Parnaso de París, o siquiera de pasear por sus antiguas calles, tienen la opción de inspirar a los artistas, o a los aspirantes a tales, que han hecho su hogar en ese simpático “quartier” o que, al menos, se encuentran de paso por él. Aclaremos algo, aunque el Monte Parnaso de París, que se enfrenta al otro muy conocido, ubicado del otro lado del Sena y llamado Montmartre, ya no es el de antes, es decir, el de Modigliani, de Toulouse-Lautrec, de Picasso y de tantos otros, sigue, sin embargo, atrayendo a los artistas, ávidos de recibir el espíritu de los genios del pasado, que pudiera aún flotar en el interior de los antiguos talleres y estrechos departamentos que estos ocuparon.
Fue por allí, también, que yo encontré a una musa parisina, que casi caro pudo haberme costado, según habré de contarles, algún día...
Pero no es de cuestiones personales ni dignas de nostalgia que en esta ocasión quiero escribir, sino que de cosas más generales, como las que podrían interesar a cualquier artista o a cualquier fotógrafo en particular. Déjenme pues seguir con el asunto de las musas, de los montes y de los museos, sobre los cuales hay todavía mucho que decir, aunque, para hacerlo, no quede más remedio que hurgar algo en la mitología e intentar aclarar, de paso, la confusión que muchos pueden tener entre las deidades de la Roma y de la Grecia del pasado.
Recordemos pues que, tanto los romanos como los griegos desarrollaron sus particulares mitologías, aunque fueron estos últimos quienes, en definitiva, influenciaron fuertemente a los primeros. En todo caso, los romanos, para no parecer demasiado poco originales, dieron sus propios nombres a los adoptados dioses, de manera tal que, por ejemplo, el griego Eros, Dios del Amor y de la generación de todas las cosas, indisolublemente ligado a las musas y a los artistas, fue llamado Cupido y representado por un travieso niño que se divierte causando pasionales inquietudes con sus flechas de oro y de plomo (las de oro provocan una atracción pasional incontenible y las de plomo, un fatal odio y desprecio). Otra diosa romana, importante para lo que nos ocupa, es Venus, deidad que los griegos denominaron Afrodita y gracias a la cual pudo existir Cupido, no sólo por ser ella su madre sino porque se animó a desobedecer a Júpiter, el Dios de los Dioses quien, previendo los estragos que ese otro “niño” habría de causar entre los humanos, le ordenó eliminarlo, barbaridad que ella no hizo, ocultándolo en un monte, que no era el suyo, mientras Júpiter (Zeus) olvidaba su tan siniestra idea.
Parece complicado pero no lo es: musas, artistas, Eros o como se le llame, los montes y Venus, están íntimamente ligados y así, ni las obras de arte, ni los problemas que su realización conlleva, serían posibles sin esta conjunción de dioses, de hombres y de mujeres. En todo caso, en esta sinérgica asociación, Eros, más que Venus, parece ser la deidad fundamental para la creación artística y para todas las demás. Ya lo dijo Freud, la libido, es decir la fuerza que otorga Eros, más que la razón o que cualquier otro factor, es la que dirige al mundo, incluso desde el inconsciente. De este modo, hasta el más inocente de los artistas o fotógrafos, por ejemplo aquel que solamente cree estar inmortalizando flores, árboles o paisajes, está sólo sublimando la satisfacción de aquellas necesidades que Eros, desde las tinieblas de su mente, le impone. ¡Y qué menos podrá ser cuando la fotografiada es su propia musa!; entonces, en una explosión de energía creativa, que sustituye al verdadero acto de amor, pueden ser cientos las imágenes con las que el inspirado artista acaricia a su modelo, observándola desde todos los ángulos y hurgando escrupulosamente en las intimidades que las actitudes de su cuerpo reflejan. Jamás es una mujer vista por más ojos y con tal fruición, deleite y homenaje, que cuando, como su musa, se entrega a la mirada y al lente de un fotógrafo inspirado y rebosante de la energía con la que Eros le ha bendecido.
Y para terminar, que es bueno ir pensando en eso ya, hagámoslo volviendo de nuevo a los museos: entre estos los hay grandes y pequeños, famosos y apenas conocidos en su pueblo, los hay de bellas artes y de la guerra, de la moda y de la fotografía, de la ciencia y del sexo, los hay de todo aquello que las Musas han inspirado a los hombres. Visitarlos es un placer pero no hay que ir solo, siempre se debería hacerlo acompañado de una Musa, de una gentil Musa que lo inspire a uno para ver y sentir lo que allí debiera ver y sentir. ¿Y cómo se sabrá cuando esa condición se esté cumpliendo?; muy simplemente, porque se experimentará un enorme deseo, una urgencia casi, por descubrir y disfrutar lo que él encierra. Tenga la seguridad que yendo del brazo de su gentil Musa se verá forzado a ingresar a él y no podrá abandonarlo sino hasta que se encuentre completamente saciado. Permítame citar ahora la otra magnífica sentencia inscrita en el Palacio Chaillot, en su ala derecha, allí donde se aloja, aún, el Museo de la Marina de Francia:
“No depende sino de aquel que pasa, que yo sea tumba o tesoro, que yo hable o que me calle. Eso no te concierne sino que a ti amigo, ¡no entres sin deseos!”
Recuérdelo pues, si alguna vez visita Madrid, Londres, París o Chiguayante, no se sienta obligado a ingresar al Del Prado, a la National Gallery , al del Louvre o al de Stöm; si no va con su Musa al lado, más vale que pase de largo; al fin y al cabo hay muchas otras interesantes cosas que ver y hacer en esas ciudades y después de todo, siempre queda la oportunidad de volver, en una mejor ocasión, cuando, sin pecar de “snob” pueda, genuinamente, deleitar los ojos y la mente con las obras que las Musas inspiraron en los hombres.
Osvaldo González Rojas.
P.S.: ¿Notó la sutil pero importante diferencia entre Musa y musa?.
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