Sunday, October 02, 2005

CUESTIÓN DE VISAS

CUESTIÓN DE VISAS


Quienes fuimos niños en la década de los cincuenta, teníamos el cine como entretención dominical. Tradicionales eran los rotativos; para mí fueron primero los del Teatro Municipal, el entonces más cercano a mi casa y, luego, los del Cine Palet o los del Plaza; para otros talquinos, como Roberto, eran los del Cine Oriente. De esos rotativos de tres películas, que fácilmente se convertían en cuatro, en cinco o incluso en seis, según el caso y los argumentos, se salía casi en el crepúsculo o ya bien entrada la noche, con los ojos inyectados en sangre y con el alma inflamada de ansias de vivir aventuras en la selva o en el lejano Oeste, de vivir aventuras contra mitológicos monstruos o torpes extraterrestres y también con deseos de convertirse, por supuesto, en símiles de los héroes juveniles de la época, James Dean o Elvis, entre otros. Los recuerdos de esas horas de imaginarias aventuras ayudaban a pasar el trago amargo de la certeza que el domingo se terminaba y que pronto, siempre antes de lo deseado, llegaría la mañana del lunes con su nueva semana de clases. La mayoría de las películas era en blanco y negro y algunas italianas; de estas últimas, las más apreciadas por mí eran las del Cura Don Camilo, en su eterna pugna con el alcalde comunista Don Pepone; las demás, las del realismo de la postguerra, no me gustaban nadita, mucho drama, mucha pobreza, mucho griterío y peleas entre mujeres tendiendo ropas en estrechas callejuelas avejentadas. Incluso la “La Strada”, de Federico Fellini, con Julieta Massina y Antony Quinn, que vi en compañía de mi padre, me produjo una desagradable impresión que aún me pena; todavía recuerdo, con desagrado, como me estiraba y revolvía de hastío en mi butaca mientras Anthony (Zampano) maniobraba, en alguna escena, con un “fucile”, frente a la blanca cara de sobremaquillados ojos de la Julieta (Gelsomina). ¡No!, ese tipo de cine no me gustaba nada.

Es sorprendente cuánto nos marcan las buenas y malas experiencias que tenemos en la niñez; para mí, haber visto ese cine, que mostraba una Italia que no me habría gustado visitar, explica por qué ese país se quedó sin conocerme cuando, a los 25 años y gracias a una beca, pude residir un largo periodo en Europa; la “bella” hubo de esperar hasta mi tercer viaje, recién en 1992, para darme ese gran placer, del cual el cine triste me privó, injustamente, durante tanto tiempo. Y si nunca he sentido más que un vago deseo y jamás la urgencia, de viajar a los Estados Unidos, ha sido, creo, por razones parecidas y también por la obligada visa que, la cuasi histérica actuación del Gobierno norteamericano para impedir la inmigración ilegal (... y ahora el terrorismo...) lleva a exigir a los naturales de muchos países de Latinoamérica. En este caso no ha sido sólo el cine gris y triste, sino que el cine y la televisión en los más brillantes colores, con sonido estereofónico y hasta con “sensuround”, los que se han empeñado, mostrando la más exquisita y completa paleta sobre violencia y bajezas en todos sus aspectos, para convencerme que aquellas situaciones son el pan de cada día en el país más poderoso de la Tierra; mafiosos de todos los tipos y calañas, corrupción hasta en las más altas esferas, drogas y prostitución, conflictos raciales y violencia sobre violencia con griterío en inglés y otras lenguas, son infaltables muestras de lo que pareciera ser la vida allí. ¡No!, “the american way of living”, tal como la presenta el cine y la televisión, no me gusta nada y mis motivaciones para viajar a ese país no logran superar en magnitud a los desagrados con los que mi mente supone se podría enfrentar, ni tampoco superan a la molestia que me produce tener que solicitar la imprescindible Visa de Turismo; ¡y no se trata de que no esté en condiciones de presentar alguno de los numerosos certificados y documentos solicitados!, incluidos el “reason why” y la carta de “buena conducta” de mi Banco que, naturalmente, no se exige a los norteamericanos para venir a Chile, ¡no!, se trata más bien de un difuso sentimiento de vejación, que termina por disuadirme de intentar la aventura de descubrir el Lejano Norte y priva, simultáneamente, a ese gran país, del placer de ser hollado por mis zapatos.

Pero no se crea que, a pesar de todo lo ya dicho, nunca he puesto un pie o los dos en “Los Estados”, ¡lo hice! y hace muy poco, casi por casualidad y la experiencia es digna de contarse, como verán a continuación:

En septiembre pasado, algo imprevistamente, debí viajar a Frankfurt. La marea de postulantes a grandes felinos que en esa época se lanza a volar, hace casi imposible encontrar pasajes aéreos y, con mucha suerte, logré conseguir uno en American Airlines, vía Dallas, la cual, en un nada directo ni corto viaje, debía llevarme a mi destino. La verdad es que me sentí bastante importante y muy satisfecho pues a la excelente atención que American Airlines brinda a todos sus pasajeros, se agregó la muy personalizada custodia de mi persona, ¡el único viajero a Europa sin visa para ingresar a USA!; se me acompañó desde la puerta de embarque a la puerta del avión; allí fui entregado a la Jefa de Cabina, junto con mi pasaporte y pasaje sellados en un sobre; al llegar a Dallas y desde la misma puerta del avión, fui conducido, por otro funcionario de la línea aérea, hasta la Sala de Tránsito para ser encerrado allí, bajo llave; cinco horas después, muy lateado, como se lo podrán imaginar; cuando llegó el momento de embarcar a Frankfurt, caminé, nuevamente escoltado, para ser confiado a la responsabilidad de la tripulación del plateado aparato en el que crucé el Atlántico. Realmente, ¡muy cómodo!, al punto que volvería a viajar con American y de nuevo sin visa.

Pero no crean que esta historia de visas termina aquí; déjenme contarles algo de lo sucedido en el viaje para que comprendan mejor mi casi perplejidad por otra de las facetas o, mejor, otra de las aristas de la “american way of living”, que no termina de gustarme.

Siempre que se viaja solo se espera, con algo de expectación, saber qué suerte deparará el destino con nuestro compañero o compañera de asiento; más de alguna vez ha surgido, en esa larga e inevitable relación de proximidad, una aventurera y hasta ilícita historia de amor; en otras ocasiones, menos espectaculares, nos vemos simplemente estrujados entre dos mudos gordos que sólo miran hipnotizados la tele, posiblemente porque les recuerda el lejano hogar que tanto echan de menos; afortunadamente, las más de las veces se comparte sólo una buena conversación, muy probablemente en alguna lengua que no es la nuestra y que acorta las horas y hace amistades sin complicaciones. En esta oportunidad me tocó de vecino un más bien delgaducho coyhaiquino de unos 27 años, que me intrigó desde que lo vi sentarse y, sobre todo, desde que advertí que no hablaba ni una sola palabra en inglés; tras ayudarlo a seleccionar la comida y a resolver otras dudas, comencé a enterarme acerca de los detalles de su viaje. Largo sería transcribir nuestra conversación pero el asunto quedará suficientemente claro con lo siguiente: sin parientes en Los Estados Unidos y sin saber inglés, viajaba, a algún pueblo del Estado de Montana, a trabajar en no sabía qué ni para quién (la idea más cercana era en ¿training? ); recibiría un sueldo de U$850, del cual se habría de descontar, en unos 18 meses, los gastos (pasajes aéreos, gastos de visa y otros administrativos) realizados por sus futuros empleadores o por la “compañía” organizadora de su viaje. Saldada su deuda, podría volver a Chile, si es que lo desease y si es que hubiese logrado ahorrar lo suficiente para pagar su pasaje y etc. Según este simpático y simple personaje, que hasta entonces sólo había trabajado ayudando a su padre, un amigo lo había puesto en contacto con “la compañía”, la cual le hizo todos los trámites de viaje, incluida la famosa Visa (de Trabajo, por supuesto...) y que, además de él, estaba llevando a otros 300 jóvenes de la región de Coyhaique para trabajar en algún pueblito de Montana, en no se sabe qué ni para quién (otra exportación no tradicional, parece...). Sintiendo yo que él sería un esclavo legal, podía adivinar, también, que lo haría para un explotador y me angustió muchísimo pensar en el nada claro ni halagüeño futuro de mi joven compatriota; en ese convencimiento no escatimé consejos ni advertencias para que estuviese alerta a malos signos y pudiese liberarse, si las cosas andaban mal, de lo que yo creo serían malas zarpas. Lo previne del SIDA, de las “malas mujeres” (que, paradójicamente, a veces son bastante buenas) de los malos hombres y de las drogas; lo incentivé a ahorrar lo más posible, a tratar de aprender inglés y a hacerse de un buen amigo pero, aún así, siento que no fue suficiente y mi conciencia no cesa de preguntarse qué será de él. Ojalá me equivoque y mis aprensiones sean infundadas; ojalá mi joven compañero de viaje sienta que, en el Lejano Norte, encontró las oportunidades que no le ofreció el Lejano Sur; ¡ojalá!.

Obtener una Visa de Turismo es molesto y algo complejo; conseguirle una Visa de Esclavo Legal a un chileno no parece tanto; imagino que sólo bastará con declarar que se tiene trabajo mínimo para él... una cuestión de visas, supongo... y también de la “american way of living” en el país adalid de los derechos humanos en el mundo y protector-salvador contra ataques extraterrestres que amenazan con esclavizar o eliminar a la especie humana (aquella que algunos traducen del inglés como “raza humana”, haciendo que hierva algo en mi interior...) antes que los desperdicios y que la contaminación que ese mismo país genera, tengan la posibilidad de robarle ese dudoso honor.

Sí, no logra gustarme la idea de viajar al gran país del Norte aunque muy probablemente, si lo hiciera y pudiese descubrir sus virtudes y belleza, puede que cambiase mi actual punto de vista. Conocernos para amarnos, dice el refrán.......pero también podría ser para odiarnos.

A pesar de todo, volaría de nuevo a Europa con American pero esta vez procuraría hacerlo con visa para ingresar a USA, aunque sólo fuese para evitar, al regreso, la latosa espera en la Sala de Tránsito de Miami, que es francamente inhóspita. En fin, quizás sea esta una tímida forma de intentar resolver mis dudas acerca de la “american way of living”, que no termina de gustarme.


Osvaldo González Rojas.


P.S.: Ya tengo visa pero aún no me decido a intentar despejar mis dudas....


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