CIVILIZACIÓN
Tiempo atrás escribí lo que sigue...
Hace unos 26 años, junto con un numeroso grupo de becarios provenientes de países del tercer mundo y de otros en vías de desarrollo, participaba yo en un almuerzo, ofrecido gentilmente por la municipalidad de la pequeña pero muy antigua ciudad francesa de Rocroi, cercana a la frontera con Bélgica. Compartíamos la mesa con un también numeroso grupo de ciudadanos, que manifestaban un gran interés en conocer más de nuestras realidades nacionales. En un momento de la animada conversación con mi vecina y en respuesta a mis aseveraciones sobre consultas que no recuerdo, ella, reflexionando en voz alta, dijo como para sí misma - “vaya, entonces Chile es un país bastante civilizado...” Confieso que su “salida” me desconcertó y, más todavía, me molestó lo suficiente como para tener un pensamiento propio sobre mi interlocutora y que, por supuesto, no expresé ...“¡qué se habrá imaginado esta...!
Muchas veces he relatado esta anécdota para ilustrar, con un ejemplo, la imagen usual que, de nuestros países, se tiene en los “desarrollados”. Mucho tiempo hubo de pasar y varios viajes más a Europa también, para comprender que esta simpática dama no estaba tan errada en sus apreciaciones y que, muy probablemente, pudo quedarse corta en ellas...
Civilizado es aquel que conoce y practica bien el arte de vivir en la ciudad (al fin y al cabo, civilización proviene de civitas, que en latín significa ciudad). Civilizado es aquel que ha aprendido y que practica el conjunto de reglas que determinan el comportamiento recomendable de los ciudadanos para asegurar el bien individual, basado en el bien común. El grupo civilizado tiene un comportamiento social muy predecible, lo cual le permite, al ciudadano, despreocuparse de una infinidad de detalles asociados a la vida diaria, que de otra manera le agobiarían y le llenarían de tensiones. Se supone que la forma de vida en la ciudad es bastante contraria a la que tiene lugar en la selva, donde las únicas leyes que imperan son las del más fuerte, del más astuto y del más adaptable. En la selva es obligatorio estar muy alerta a todos los signos amenazantes para no ser comido y eliminado; en la ciudad se procura reducir la aleatoriedad de los comportamientos para que el ciudadano tenga una vida más segura y tranquila, conservando sus energías físicas y mentales de modo que pueda desarrollar adecuadamente tareas menos primitivas que las de sobrevivir, desplazarse, alimentarse y otras semejantes.
El hecho que gran parte de los comportamientos individuales y sociales en la comunidad civilizada sean bastante predecibles, hace que la vida diaria en ella sea algo muy poco novedoso y obliga a que los ciudadanos automaticen sus comportamientos para que no mueran de aburrimiento; la monotonía, impresa por el conjunto de leyes, que “cuadran” a los habitantes de la ciudad, es compensada por la libertad que se ofrece en otros ámbitos de la vida en ella, por ejemplo, en la variedad de los aspectos físicos que la fabricación de ropa moderna posibilita y, también, a través de muchos otros medios de los cuales disponen los ciudadanos para verse diferente de los demás y para hacer, a sus propias maneras, aquellas cosas no prohibidas por las normas. Nunca deja de sorprenderme que, en este mundo de globalización y masificaciones, jamás haya encontrado, en ninguno de mis viajes por el mundo, a nadie vestido con prendas iguales a las mías, aunque confieso haber reconocido a chilenos, en el extranjero, por el tipo de camisa que se vende en Falabella...
Más, pese a todas las ventajas que una civilización avanzada procura al habitante en ellas, éste extraña la naturaleza de la cual provienen sus genes y sueña, a veces, con liberarse, para lo cual anhela viajar a los países más atrasados, en los cuales pueda vivir una aventura de riesgos intermedios entre aquellos de la selva y los de sus supercivilizadas ciudades. Cuando lo consigue, grande puede ser la impresión que reciba, especialmente si le toca usar la locomoción colectiva de superficie en una ciudad como Santiago o Concepción; sólo quien conoce el sistema de transporte urbano en los países desarrollados puede comprender que nuestro mayor y más primitivo rasgo de incivilización es aportado por ella, pues es caótica, ineficiente, estéticamente horrible, ruidosa, contaminante, sucia y muy insegura. Quien la usa debe estar dispuesto a comportarse como en la selva misma: tiene que correr para alcanzarla, luchar para subir y para tratar de conseguir un sitio en ella, cogerse de especies de ramas para mantener el equilibrio, no dejar de mover la cabeza y los ojos para no pasarse de un paradero que nadie le anuncia, bajarse sobre la marcha en la mitad de la calle, estar atento a los carteristas y hacer todo lo anterior inmerso en el ruido, la contaminación y el aroma de los gases del escape y de los sufridos compañeros de viaje. Sí, basta con asomarse al pulcro Metro, aún en las horas de punta, para apreciar el grado de incivilización que reina en la superficie. Y lo malo es que ella se contagia a los usuarios, a los conductores de autos particulares, a los peatones y a la comunidad toda; la semilla de la incivilización está allí y, como la maleza, se reparte por la inciudad.
Ojalá se pudiera, en Santiago y también en las otras grandes ciudades de Chile, borrar de una plumada el sistema actual y reemplazarlo por otro semejante al de los países avanzados; eso solo ya mejoraría nuestro nivel de civilización y le crearía una curva de evolución positiva. Eso solo le bajaría el estrés al ciudadano y lo haría más sano, productivo y contento; eso costaría inicialmente caro pero se pagaría rápido y con creces. Eso, finalmente, le daría cara de puma al gato postulante a tigre.
Y, a la luz del evidente progreso material de los medios de locomoción pública de superficie, especialmente en la ciudad capital, en una de las eternas revisiones, sentí que era justo agregar...
P.S.: Atemperemos algo la cosa. Hay que reconocer que, desde que escribí lo anterior, la locomoción de superficie ha mejorado bastante en Santiago, al menos mucho más que en las provincias pero no lo suficiente aún. Por otra parte, parece demostrado que la posibilidad de implantar o imponer la civilización depende decisivamente de la prosperidad económica y de la educación del grupo humano que la desea practicar. Es preocupante constatar, si embargo, la facilidad con la cual se la olvida cuando el delicado equilibrio que sustenta a las comunidades se altera o rompe, como consecuencia de conflictos sociales, étnicos o religiosos; entonces, aunque sólo la fortaleza de los principios éticos o religiosos parece ofrece el mayor grado de protección frente a los excesos que la caída de las vallas legales posibilita, nada parece ser suficiente para que el ser humano no regrese a la selva que sus genes añoran. La vida y la CNN nos lo demuestran cada día…. Vale la pena meditarlo un poco más... ¿lo cree usted también?.
Hoy, casi al final del año 2000 y regresando de un nuevo viaje por varios países europeos, un poco impactado por el contraste que deja en evidencia la ostensible incivilización que refleja el comportamiento de nuestra sociedad, me siento impelido a continuar reflexionando sobre el asunto...
... ya pondré a punto las líneas que seguirán...¡paciencia!.
NOta: LO anterior fue escrito en la época de las micros amarillas, bastante más ordenadas que el caótico sistema precedente, en el cual los buses y modelos tenían cualquier color y contaminaban a su albedrío. Ahora, en a época del Transantiago, habría mucho más que decir, pero es obvio que muchas cosas siguen igual o incluso peor. O.
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