EL SÍNDROME DE FLORENCIA
Un sindrome (mi computador me insinúa que escriba síndrome) es descrito en la ciencia médica como “un conjunto de síntomas que caracterizan a una enfermedad”. Sin duda que han oído ustedes del Síndrome de Inmuno Deficiencia Adquirida pero quizás no sea así en los casos del Síndrome de China, del Síndrome de Jerusalén o del Síndrome de Florencia.
El Síndrome de China estuvo muy de moda junto con una película del mismo nombre; en ella, el protagonista principal (porque sin él no habría habido trama alguna...) era un reactor nuclear que se ponía muy caliente y amenazaba con derretir el suelo, sobre el cual estaba asentado, para enterrarse luego en él y bajo la acción de la gravedad, perforar el planeta hasta salir por el otro lado, es decir, por China. Esto último sería imposible, por varias razones, pero la idea igual da origen al nombre del conjunto de síntomas asociados a un reactor que comienza a ponerse fuera de control y que, al menos, podría intentar el inicio de tan cálido y extraño viaje.
El Síndrome de Jerusalén es también un conjunto de síntomas, pero fisiológicos, como los de una enfermedad, que afecta a ciertos creyentes cristianos de visita en ese santo lugar; a esas personas, el saber que caminan sobre la tierra que pisó Jesús les provoca una experiencia mística, de tal magnitud, que altera sus organismos, al punto que requieren de tratamiento médico para recuperar la normalidad.
Los efectos del Síndrome de Florencia son similares al del anterior pero los sufren aquellos individuos estéticamente muy sensibles, que resultan abrumados por la belleza y armonía distribuidas en esa ciudad y especialmente concentradas en sus magníficos museos e iglesias; tal como el de Jerusalén, puede llegar a requerir tratamiento médico aunque, por lo general, basta con abandonar tan bello entorno para que la anormal sintomatología desaparezca.
Creo que también debería existir un Síndrome de Talcahuano, cuyas causas, sin embargo, serían muy diferentes de las anteriores...
En realidad, confieso que he traído a colación esto de los síndromes para poder contarles que, en cierta ocasión, estuve a punto de ser afectado por el de Florencia, tal y como leerán a continuación.
Una cálida y húmeda tarde de Septiembre, tras varios días de disfrutar largamente de la armonía, la genialidad y la belleza contenida en los museos y calles de esa ciudad, fui a dar, un poco por casualidad, a la Iglesia de la Santa Croce, al fondo de la Piazza del mismo nombre; demasiado cansado ya para pensar o tomar decisiones propias había seguido a un grupo de turistas que caminaban, con aire de saber adonde iban, por una de las estrechas callejuelas florentinas. Comenzaba a llover entonces e ingresar al templo, sin saber o sin recordar lo que habría de encontrar en él, fue imperioso. No bien lo hice, sufrí la primera de la sorprendente serie de intensas emociones que ese lugar me habría de deparar. Tras cruzar la puerta, a mano derecha, me encontré, frente a frente, con la tumba de Miguel Angel (¡de Miguel Angel!, ¡justo después de haberme dado un festín con sus obras en la Galleria del’Accademia!). Naturalmente que me sentí impelido a pensar un agradecimiento para el gran hombre y a expresarle, en silencio pero igual con la garganta apretada, mi admiración por su obra. Con el corazón ya acelerado y siguiendo con el descubrimiento de aquella iglesia vi, algo más allá, otro bello monumento bajo el cual supuse enterrado a Dante Alighieri; la emoción de esa idea me sacó la promesa de mejorar mi comprensión del italiano para ser capaz de leer La Divina Commedia, en su lengua original (el hecho que me enterase después que se trataba sólo de un cenotafio, no ha modificado ni un ápice ese buen propósito). Avanzando luego, en medio de obras de Canova, Donatello y Giotto, se me apareció el gran monumento a la memoria de Maquiavelo y aquí, aunque estaríamos llegando al punto preciso, déjenme todavía contarles lo que siguió. Muy cerca del altar está la tumba de Gioachino Rossini y, del otro lado de la nave central, aparte de otra serie de sepulcros de grandes italianos, una colección de placas conmemorativas en honor de Leonardo da Vinci (¡!), de Alessandro Volta, de Enrico Fermi y de Gugielmo Marconi (¡de Marconi!, el inventor de las radiocomunicaciones, el hombre que inició la ciencia y la tecnología que se constituyó en una de mis aficiones y también en la profesión de mi vida). Es posible que aún les sea difícil imaginar el estado emocional y psicológico en el que a esa altura me encontraba, pero lo comprenderán mejor cuando les diga que mis ojos se llenaron de lágrimas cuando, casi al salir, me vi frente a la tumba de Galileo Galilei; poco faltó allí para que cayera de hinojos, expresando mi admiración y también mi modesta y solidaria disculpa por la incomprensión de los hombres de su época (felizmente, la Iglesia Católica, en la voz del Papa, reconoció ya, oficialmente pero con 400 años de retraso, su equivocación en este caso y lavó así, con su arrepentimiento, esa histórica injusticia).
Aún llovía cuando abandoné la basílica pero no me importó, yo iba “en otra”, como dentro de una burbuja y disfrutando de los pródromos del Síndrome de Florencia.
Pero, la verdad es que, a pesar del título de este artículo, no era de síndromes de lo que deseaba escribir en él sino que de Maquiavelo, de Nicolás Bernardo de Maquiavelo y de los maquiavélicos.
Nicolás Bernardo nació en Florencia en 1469 y durante 40 de los 58 años que duró su vida, desplegó una sobresaliente actividad política y diplomática, que lo hizo pasar desde las alturas a la cárcel y de allí, de vuelta a las primeras. Durante su período de reclusión, se reveló como un brillante escritor, siendo sus dos obras más notables, “Discursos sobre Tito Livio” y “El Príncipe”. Es especialmente en esta última (que confieso no haber leído...) en la que desarrolla sus pensamientos sobre la política, intentando vender la idea que en ella el éxito lo es todo, independiente de los medios que se emplee para lograrlo (la frase “el fin justifica los medios”, resume admirablemente bien su posición al respecto). Maquiavelo es recordado como un político y diplomático acomodaticio y pérfido, cuya mayor virtud (desde el punto de vista de Florencia, por supuesto...) fue trabajar, bajo sus originales principios rectores, por la preeminencia y el bienestar económico de su ciudad.
Maquiavélicos son, según el diccionario, quienes siguen los principios e ideas de don Nicolás y actúan en el ámbito político con astucia, doblez y perfidia. Pero, para hacer justicia a don Nicolás Bernardo, a quien su ciudad le ha levantado varios monumentos, hay que aclarar que no todos los que actúan con astucia, doblez y perfidia son propiamente maquiavélicos, pues muchos lo hacen sólo pensando en el bien propio y a esos, ninguna ciudad les levantará monumentos.
Osvaldo González Rojas
Sunday, October 02, 2005
LA AROMATECA Y LOS AROMAS
LA AROMATECA Y LOS AROMAS
Osvaldo González Rojas
Nada hay más evocador que los aromas; tal pareciera que el cerebro sólo espera que la membrana pituitaria reciba el estímulo de las pequeñas moléculas odoríferas para desencadenar el proceso rememorador que hace volar la mente hacia atrás, hacia lugares, personas y situaciones que creíamos olvidados. Tengo, en mi caso, la fortuna de conservar, todavía, un pequeño frasco del perfume que usaba mi madre, fallecida hace ya 30 años; sólo abrirlo, cerrar los ojos y aspirar, para que lágrimas, no de pena, rueden por mis mejillas y me sienta niño otra vez. Ojalá tuviese también un frasco con el aroma que percibía en las manos de mi padre, mezcla de tabaco y del suyo propio, cuando me lavaba la cara, siendo yo muy pequeño. Reconstituir tal olor fue lo que creí posible al descubrir la aromateca de Sephora pero, aunque nadé más de una hora entre decenas de aromas de flores, de lápices de mina, de bolsones de colegio, de tabacos y de lo más inimaginable, fue imposible siquiera aproximarme a él - es demasiado personal monsieur – me dijo la demoiselle de los olores. No me importó mucho, en verdad; ese es un recuerdo tan grato y tan indeleblemente grabado en mi mente, que me basta pensar en él para casi experimentar la sensación física real. ¡Y es que los aromas están inscritos en nuestros genes!; están allí desde que vivíamos de la tierra y junto a ella, desde la época en que reconocíamos a nuestros amigos y enemigos por su olor, desde la época en la cual no había jabón ni desodorante y en la que el olor natural de hombres y mujeres servía de claro estímulo sexual. Los aromas nos hacen volver a la tierra y a la naturaleza, al musgo y al bosque, a los animales y a las flores; nos relajan y nos estimulan; despiertan sentimientos y recuerdos dormidos desde la noche de los tiempos y llenan nuestra mente de colores, sin la ayuda de los ojos.
Los aromas sacuden también a los otros sentidos y a nuestros apetitos. Comidas sin olor hay pero ¿qué gracia tienen?; sólo imaginar los vibrantes vapores que escapan de un caldillo de congrio, de un curanto o de un modesto plato de humitas calientes, basta para producir un efluvio de jugos gástricos que preparan el cuerpo y el espíritu para el disfrute que siempre debiera acompañar al proceso de la alimentación.
Sí, así es, los perfumistas saben todo aquello y por eso es que procuran revivir nuestras aletargadas pituitarias con sus alquímicas mezclas pero bueno sería volver al origen y no olvidar las aguas y el aire, la tierra y los seres que la pueblan, abundantes en fragancias naturales; ¡la verdadera aromateca está allí!
Es una real pena que con la edad perdamos no sólo la homeostásis, sino que también la sensibilidad; ello y la saturada y contaminada atmósfera citadina nos ha hecho olvidar la importancia que tuvieron los olores en nuestra niñez y juventud, nos ha hecho menospreciar incluso la importancia de los aromas en el sexo y el amor. Reflexionaba en esto con ocasión de una curiosa experiencia olfatoria y visual que tuve recientemente en Praga. Supongo que han escuchado ustedes que los rinocerontes tienen muy mala vista pero excelente olfato y por eso es que los hombres que los cazan, estudian u observan deben aproximarse a ellos en contra del viento (recuérdenlo la próxima vez que vayan al Africa); dicen, al respecto, que para este animalito y supongo que es lo mismo para muchos otros también, sus enemigos, o sus hembras, son una especie de esferas odoríferas más que imágenes; bueno, pero para mí, no fue exactamente eso lo eso lo que sucedió con Klára, la joven y rubia praguense que, a la sombra de la Torre del Reloj, exhibía su armónica anatomía y pregonaba su existencia a los cuatro vientos de la Plaza de la Ciudad Vieja. Ella era, además de una bella imagen, una esfera, una atractiva y erótica esfera de aroma axilar fresco, que me habría hecho saber su femenina presencia, aunque hubiese tenido mis ojos cerrados. ¡Qué asco y qué desagradable!, pensarán ustedes, ¡pero es qué ustedes no estaban allí! y no comprenden que aquel mensaje químico estaba cumpliendo su tarea, comunicándole a mi cerebro y al de los otros hombres en el entorno, que ella estaba allí y que, probablemente además, su juvenil cuerpo femenino estaba fértil (si hubiese sido un animal-hembra, podríamos haber dicho “en celo”). Sí, fue muy grato aproximarme, conversar con ella y olerla. Sólo lamento que se haya sentido visiblemente frustrada al saber mi respuesta a su pregunta, hecha con los ojos entrecerrados por el esfuerzo de recordar algo que creía saber, - ¿...y quién es el Presidente de Chile?... (ella esperaba escuchar “Pinochet”). Tuve que aclararle que esos tiempos casi habían terminado y que ahora, después de Aylwin, la mayoría de la gente decía sentirse aún más alegre y más frei con Frei.
Pero no siempre los aromas corporales debidos a la falta de higiene diaria o al no uso del desodorante son tan gratos. Por desgracia, el empleo de ropa y de sistemas de calefacción provoca la multiplicación acelerada de las bacterias que descomponen el sudor y por ello, la experiencia de oler humanos, de cualquier sexo, puede llegar a ser insufrible. Tal cosa era muy común, años atrás, en ciertos países de Europa: subir a un tranvía o al metro, viajar en bus o participar de una reunión social, podía ser una ocasión de lo más desagradable y más de algún terrible recuerdo tengo, pero parece que todo aquello tiende a desaparecer; la publicidad y el buen gusto imponen, en todas partes, la necesidad de ser inodoros u olientes a flores, a almizcles, a musgos o a tabaco pero menos a nosotros mismos; y en esto, por desgracia, a veces se exagera y también se hace mezclas incompatibles, ¿habrá combinación de aromas más contrapuestamente desagradable que la que se produce con los desodorantes femeninos íntimos?, no lo creo... quizás el oloroso caldillo de congrio aliñado con Chanel Nº5... quizás... . No, ¡no!, !mejor no exagerar!, perfumarse sí, pero no tanto.
Sephora y su aromateca, Avenida de los Campos Elíseos 54, en París, naturellement.
Osvaldo González Rojas
Nada hay más evocador que los aromas; tal pareciera que el cerebro sólo espera que la membrana pituitaria reciba el estímulo de las pequeñas moléculas odoríferas para desencadenar el proceso rememorador que hace volar la mente hacia atrás, hacia lugares, personas y situaciones que creíamos olvidados. Tengo, en mi caso, la fortuna de conservar, todavía, un pequeño frasco del perfume que usaba mi madre, fallecida hace ya 30 años; sólo abrirlo, cerrar los ojos y aspirar, para que lágrimas, no de pena, rueden por mis mejillas y me sienta niño otra vez. Ojalá tuviese también un frasco con el aroma que percibía en las manos de mi padre, mezcla de tabaco y del suyo propio, cuando me lavaba la cara, siendo yo muy pequeño. Reconstituir tal olor fue lo que creí posible al descubrir la aromateca de Sephora pero, aunque nadé más de una hora entre decenas de aromas de flores, de lápices de mina, de bolsones de colegio, de tabacos y de lo más inimaginable, fue imposible siquiera aproximarme a él - es demasiado personal monsieur – me dijo la demoiselle de los olores. No me importó mucho, en verdad; ese es un recuerdo tan grato y tan indeleblemente grabado en mi mente, que me basta pensar en él para casi experimentar la sensación física real. ¡Y es que los aromas están inscritos en nuestros genes!; están allí desde que vivíamos de la tierra y junto a ella, desde la época en que reconocíamos a nuestros amigos y enemigos por su olor, desde la época en la cual no había jabón ni desodorante y en la que el olor natural de hombres y mujeres servía de claro estímulo sexual. Los aromas nos hacen volver a la tierra y a la naturaleza, al musgo y al bosque, a los animales y a las flores; nos relajan y nos estimulan; despiertan sentimientos y recuerdos dormidos desde la noche de los tiempos y llenan nuestra mente de colores, sin la ayuda de los ojos.
Los aromas sacuden también a los otros sentidos y a nuestros apetitos. Comidas sin olor hay pero ¿qué gracia tienen?; sólo imaginar los vibrantes vapores que escapan de un caldillo de congrio, de un curanto o de un modesto plato de humitas calientes, basta para producir un efluvio de jugos gástricos que preparan el cuerpo y el espíritu para el disfrute que siempre debiera acompañar al proceso de la alimentación.
Sí, así es, los perfumistas saben todo aquello y por eso es que procuran revivir nuestras aletargadas pituitarias con sus alquímicas mezclas pero bueno sería volver al origen y no olvidar las aguas y el aire, la tierra y los seres que la pueblan, abundantes en fragancias naturales; ¡la verdadera aromateca está allí!
Es una real pena que con la edad perdamos no sólo la homeostásis, sino que también la sensibilidad; ello y la saturada y contaminada atmósfera citadina nos ha hecho olvidar la importancia que tuvieron los olores en nuestra niñez y juventud, nos ha hecho menospreciar incluso la importancia de los aromas en el sexo y el amor. Reflexionaba en esto con ocasión de una curiosa experiencia olfatoria y visual que tuve recientemente en Praga. Supongo que han escuchado ustedes que los rinocerontes tienen muy mala vista pero excelente olfato y por eso es que los hombres que los cazan, estudian u observan deben aproximarse a ellos en contra del viento (recuérdenlo la próxima vez que vayan al Africa); dicen, al respecto, que para este animalito y supongo que es lo mismo para muchos otros también, sus enemigos, o sus hembras, son una especie de esferas odoríferas más que imágenes; bueno, pero para mí, no fue exactamente eso lo eso lo que sucedió con Klára, la joven y rubia praguense que, a la sombra de la Torre del Reloj, exhibía su armónica anatomía y pregonaba su existencia a los cuatro vientos de la Plaza de la Ciudad Vieja. Ella era, además de una bella imagen, una esfera, una atractiva y erótica esfera de aroma axilar fresco, que me habría hecho saber su femenina presencia, aunque hubiese tenido mis ojos cerrados. ¡Qué asco y qué desagradable!, pensarán ustedes, ¡pero es qué ustedes no estaban allí! y no comprenden que aquel mensaje químico estaba cumpliendo su tarea, comunicándole a mi cerebro y al de los otros hombres en el entorno, que ella estaba allí y que, probablemente además, su juvenil cuerpo femenino estaba fértil (si hubiese sido un animal-hembra, podríamos haber dicho “en celo”). Sí, fue muy grato aproximarme, conversar con ella y olerla. Sólo lamento que se haya sentido visiblemente frustrada al saber mi respuesta a su pregunta, hecha con los ojos entrecerrados por el esfuerzo de recordar algo que creía saber, - ¿...y quién es el Presidente de Chile?... (ella esperaba escuchar “Pinochet”). Tuve que aclararle que esos tiempos casi habían terminado y que ahora, después de Aylwin, la mayoría de la gente decía sentirse aún más alegre y más frei con Frei.
Pero no siempre los aromas corporales debidos a la falta de higiene diaria o al no uso del desodorante son tan gratos. Por desgracia, el empleo de ropa y de sistemas de calefacción provoca la multiplicación acelerada de las bacterias que descomponen el sudor y por ello, la experiencia de oler humanos, de cualquier sexo, puede llegar a ser insufrible. Tal cosa era muy común, años atrás, en ciertos países de Europa: subir a un tranvía o al metro, viajar en bus o participar de una reunión social, podía ser una ocasión de lo más desagradable y más de algún terrible recuerdo tengo, pero parece que todo aquello tiende a desaparecer; la publicidad y el buen gusto imponen, en todas partes, la necesidad de ser inodoros u olientes a flores, a almizcles, a musgos o a tabaco pero menos a nosotros mismos; y en esto, por desgracia, a veces se exagera y también se hace mezclas incompatibles, ¿habrá combinación de aromas más contrapuestamente desagradable que la que se produce con los desodorantes femeninos íntimos?, no lo creo... quizás el oloroso caldillo de congrio aliñado con Chanel Nº5... quizás... . No, ¡no!, !mejor no exagerar!, perfumarse sí, pero no tanto.
Sephora y su aromateca, Avenida de los Campos Elíseos 54, en París, naturellement.
LOS AROMAS DE MI VIDA
LOS AROMAS DE MI VIDA
Los aromas de mi vida son pocos...
Recuerdo bien el de las manos de mi padre, mezcla del suyo propio y del tabaco
Y el de lavanda, del perfume Atkinsons de mi madre.
Son vívidos los de mi bolsón de colegio y de la tierra en el jardín de mi infancia.
Y también aquellos de una primera lluvia sobre el suelo reseco de Talca,
Los de la flor de la pluma en el funeral de una abeja
Y el de los establos del fundo Prosperidad:
Me parece aún sentir aquellos del humo de los trenes a carbón
Y de la sala de máquinas del telégrafo.
Contrasta, con el muy sutil de las azucenas de mi Primera Comunión,
Ese medio acre de la oscura bodega de vinos, enfrente de mi casa en la cuatro oriente.
Son indelebles esos, tan particulares, del interior de mi cámara de cajón Ansco,
Del papel fotográfico,
Y del penumbroso estudio del abuelo de Pablo Baltera
En mi memoria están grabados los del incienso en la iglesia de la Merced,
De la pólvora, de la resina de la soldadura y de la trementina,
Del mar de Constitución y del viento norte de Concepción
Junto a la nostalgia me vienen aquellos del smog de Santiago, que percibía en Bruselas
El de los tilos del Parque Ecuador, que creía sentir en Berlín y viceversa
Y, curiosamente, además, el del mar de Valparaíso, contaminado con petróleo.
Y el del cine Plaza, de mi ciudad natal
Recuerdo con ternura el del pelaje de mi gato, que se acurrucaba en mi cama
Y el de la piel de mis hijos.
Me hacen inspirar profundo los de la menuda y anaranjada flor del espino,
El de las hojas de peumos, eucaliptos y pinos, en los bosques que he caminado,
Los del musgo de los troncos muertos, de los dihueñes y de otros hongos....
Aquel de las zarzamoras junto al agua
Y el del pasto recién cortado
Los de las plantas de tomate que he regado;
También el de las petunias, el de las rosas, del azahar y de los retamos
El de los limones, pomelos, duraznos y melones calameños
No me olvido del dulzón de las papayas
Ni de los muy sabrosos de las humitas, de las empanadas y del pan amasado,
Del humeante caldillo de congrio y de la sierra ahumada;
Ni de ese, que se hacía agua en mi boca, junto a la fábrica de confites Calaf
Ni los del chocolate y del café de grano recién molido.
Tampoco de aquel de la modesta harina tostada,
Ni de los cálidos de la vainilla y del tabaco Amphora
Y si bien me excita aún el recuerdo de los aromas de las mujeres de mi pasado
Y siempre me sorprende el de mi semen,
Sólo me siento vivo con los de la piel, pechos y sexo de la mujer que hoy amo
Como veis, los aromas en mi mente son más bien pocos y no hay muchos más
Pero son muy valiosos para mí...
Pues son los aromas de mi alma de 55 años.
Osvaldo González Rojas.
Los aromas de mi vida son pocos...
Recuerdo bien el de las manos de mi padre, mezcla del suyo propio y del tabaco
Y el de lavanda, del perfume Atkinsons de mi madre.
Son vívidos los de mi bolsón de colegio y de la tierra en el jardín de mi infancia.
Y también aquellos de una primera lluvia sobre el suelo reseco de Talca,
Los de la flor de la pluma en el funeral de una abeja
Y el de los establos del fundo Prosperidad:
Me parece aún sentir aquellos del humo de los trenes a carbón
Y de la sala de máquinas del telégrafo.
Contrasta, con el muy sutil de las azucenas de mi Primera Comunión,
Ese medio acre de la oscura bodega de vinos, enfrente de mi casa en la cuatro oriente.
Son indelebles esos, tan particulares, del interior de mi cámara de cajón Ansco,
Del papel fotográfico,
Y del penumbroso estudio del abuelo de Pablo Baltera
En mi memoria están grabados los del incienso en la iglesia de la Merced,
De la pólvora, de la resina de la soldadura y de la trementina,
Del mar de Constitución y del viento norte de Concepción
Junto a la nostalgia me vienen aquellos del smog de Santiago, que percibía en Bruselas
El de los tilos del Parque Ecuador, que creía sentir en Berlín y viceversa
Y, curiosamente, además, el del mar de Valparaíso, contaminado con petróleo.
Y el del cine Plaza, de mi ciudad natal
Recuerdo con ternura el del pelaje de mi gato, que se acurrucaba en mi cama
Y el de la piel de mis hijos.
Me hacen inspirar profundo los de la menuda y anaranjada flor del espino,
El de las hojas de peumos, eucaliptos y pinos, en los bosques que he caminado,
Los del musgo de los troncos muertos, de los dihueñes y de otros hongos....
Aquel de las zarzamoras junto al agua
Y el del pasto recién cortado
Los de las plantas de tomate que he regado;
También el de las petunias, el de las rosas, del azahar y de los retamos
El de los limones, pomelos, duraznos y melones calameños
No me olvido del dulzón de las papayas
Ni de los muy sabrosos de las humitas, de las empanadas y del pan amasado,
Del humeante caldillo de congrio y de la sierra ahumada;
Ni de ese, que se hacía agua en mi boca, junto a la fábrica de confites Calaf
Ni los del chocolate y del café de grano recién molido.
Tampoco de aquel de la modesta harina tostada,
Ni de los cálidos de la vainilla y del tabaco Amphora
Y si bien me excita aún el recuerdo de los aromas de las mujeres de mi pasado
Y siempre me sorprende el de mi semen,
Sólo me siento vivo con los de la piel, pechos y sexo de la mujer que hoy amo
Como veis, los aromas en mi mente son más bien pocos y no hay muchos más
Pero son muy valiosos para mí...
Pues son los aromas de mi alma de 55 años.
Osvaldo González Rojas.
CIVILIZACIÓN
CIVILIZACIÓN
Tiempo atrás escribí lo que sigue...
Hace unos 26 años, junto con un numeroso grupo de becarios provenientes de países del tercer mundo y de otros en vías de desarrollo, participaba yo en un almuerzo, ofrecido gentilmente por la municipalidad de la pequeña pero muy antigua ciudad francesa de Rocroi, cercana a la frontera con Bélgica. Compartíamos la mesa con un también numeroso grupo de ciudadanos, que manifestaban un gran interés en conocer más de nuestras realidades nacionales. En un momento de la animada conversación con mi vecina y en respuesta a mis aseveraciones sobre consultas que no recuerdo, ella, reflexionando en voz alta, dijo como para sí misma - “vaya, entonces Chile es un país bastante civilizado...” Confieso que su “salida” me desconcertó y, más todavía, me molestó lo suficiente como para tener un pensamiento propio sobre mi interlocutora y que, por supuesto, no expresé ...“¡qué se habrá imaginado esta...!
Muchas veces he relatado esta anécdota para ilustrar, con un ejemplo, la imagen usual que, de nuestros países, se tiene en los “desarrollados”. Mucho tiempo hubo de pasar y varios viajes más a Europa también, para comprender que esta simpática dama no estaba tan errada en sus apreciaciones y que, muy probablemente, pudo quedarse corta en ellas...
Civilizado es aquel que conoce y practica bien el arte de vivir en la ciudad (al fin y al cabo, civilización proviene de civitas, que en latín significa ciudad). Civilizado es aquel que ha aprendido y que practica el conjunto de reglas que determinan el comportamiento recomendable de los ciudadanos para asegurar el bien individual, basado en el bien común. El grupo civilizado tiene un comportamiento social muy predecible, lo cual le permite, al ciudadano, despreocuparse de una infinidad de detalles asociados a la vida diaria, que de otra manera le agobiarían y le llenarían de tensiones. Se supone que la forma de vida en la ciudad es bastante contraria a la que tiene lugar en la selva, donde las únicas leyes que imperan son las del más fuerte, del más astuto y del más adaptable. En la selva es obligatorio estar muy alerta a todos los signos amenazantes para no ser comido y eliminado; en la ciudad se procura reducir la aleatoriedad de los comportamientos para que el ciudadano tenga una vida más segura y tranquila, conservando sus energías físicas y mentales de modo que pueda desarrollar adecuadamente tareas menos primitivas que las de sobrevivir, desplazarse, alimentarse y otras semejantes.
El hecho que gran parte de los comportamientos individuales y sociales en la comunidad civilizada sean bastante predecibles, hace que la vida diaria en ella sea algo muy poco novedoso y obliga a que los ciudadanos automaticen sus comportamientos para que no mueran de aburrimiento; la monotonía, impresa por el conjunto de leyes, que “cuadran” a los habitantes de la ciudad, es compensada por la libertad que se ofrece en otros ámbitos de la vida en ella, por ejemplo, en la variedad de los aspectos físicos que la fabricación de ropa moderna posibilita y, también, a través de muchos otros medios de los cuales disponen los ciudadanos para verse diferente de los demás y para hacer, a sus propias maneras, aquellas cosas no prohibidas por las normas. Nunca deja de sorprenderme que, en este mundo de globalización y masificaciones, jamás haya encontrado, en ninguno de mis viajes por el mundo, a nadie vestido con prendas iguales a las mías, aunque confieso haber reconocido a chilenos, en el extranjero, por el tipo de camisa que se vende en Falabella...
Más, pese a todas las ventajas que una civilización avanzada procura al habitante en ellas, éste extraña la naturaleza de la cual provienen sus genes y sueña, a veces, con liberarse, para lo cual anhela viajar a los países más atrasados, en los cuales pueda vivir una aventura de riesgos intermedios entre aquellos de la selva y los de sus supercivilizadas ciudades. Cuando lo consigue, grande puede ser la impresión que reciba, especialmente si le toca usar la locomoción colectiva de superficie en una ciudad como Santiago o Concepción; sólo quien conoce el sistema de transporte urbano en los países desarrollados puede comprender que nuestro mayor y más primitivo rasgo de incivilización es aportado por ella, pues es caótica, ineficiente, estéticamente horrible, ruidosa, contaminante, sucia y muy insegura. Quien la usa debe estar dispuesto a comportarse como en la selva misma: tiene que correr para alcanzarla, luchar para subir y para tratar de conseguir un sitio en ella, cogerse de especies de ramas para mantener el equilibrio, no dejar de mover la cabeza y los ojos para no pasarse de un paradero que nadie le anuncia, bajarse sobre la marcha en la mitad de la calle, estar atento a los carteristas y hacer todo lo anterior inmerso en el ruido, la contaminación y el aroma de los gases del escape y de los sufridos compañeros de viaje. Sí, basta con asomarse al pulcro Metro, aún en las horas de punta, para apreciar el grado de incivilización que reina en la superficie. Y lo malo es que ella se contagia a los usuarios, a los conductores de autos particulares, a los peatones y a la comunidad toda; la semilla de la incivilización está allí y, como la maleza, se reparte por la inciudad.
Ojalá se pudiera, en Santiago y también en las otras grandes ciudades de Chile, borrar de una plumada el sistema actual y reemplazarlo por otro semejante al de los países avanzados; eso solo ya mejoraría nuestro nivel de civilización y le crearía una curva de evolución positiva. Eso solo le bajaría el estrés al ciudadano y lo haría más sano, productivo y contento; eso costaría inicialmente caro pero se pagaría rápido y con creces. Eso, finalmente, le daría cara de puma al gato postulante a tigre.
Y, a la luz del evidente progreso material de los medios de locomoción pública de superficie, especialmente en la ciudad capital, en una de las eternas revisiones, sentí que era justo agregar...
P.S.: Atemperemos algo la cosa. Hay que reconocer que, desde que escribí lo anterior, la locomoción de superficie ha mejorado bastante en Santiago, al menos mucho más que en las provincias pero no lo suficiente aún. Por otra parte, parece demostrado que la posibilidad de implantar o imponer la civilización depende decisivamente de la prosperidad económica y de la educación del grupo humano que la desea practicar. Es preocupante constatar, si embargo, la facilidad con la cual se la olvida cuando el delicado equilibrio que sustenta a las comunidades se altera o rompe, como consecuencia de conflictos sociales, étnicos o religiosos; entonces, aunque sólo la fortaleza de los principios éticos o religiosos parece ofrece el mayor grado de protección frente a los excesos que la caída de las vallas legales posibilita, nada parece ser suficiente para que el ser humano no regrese a la selva que sus genes añoran. La vida y la CNN nos lo demuestran cada día…. Vale la pena meditarlo un poco más... ¿lo cree usted también?.
Hoy, casi al final del año 2000 y regresando de un nuevo viaje por varios países europeos, un poco impactado por el contraste que deja en evidencia la ostensible incivilización que refleja el comportamiento de nuestra sociedad, me siento impelido a continuar reflexionando sobre el asunto...
... ya pondré a punto las líneas que seguirán...¡paciencia!.
NOta: LO anterior fue escrito en la época de las micros amarillas, bastante más ordenadas que el caótico sistema precedente, en el cual los buses y modelos tenían cualquier color y contaminaban a su albedrío. Ahora, en a época del Transantiago, habría mucho más que decir, pero es obvio que muchas cosas siguen igual o incluso peor. O.
Tiempo atrás escribí lo que sigue...
Hace unos 26 años, junto con un numeroso grupo de becarios provenientes de países del tercer mundo y de otros en vías de desarrollo, participaba yo en un almuerzo, ofrecido gentilmente por la municipalidad de la pequeña pero muy antigua ciudad francesa de Rocroi, cercana a la frontera con Bélgica. Compartíamos la mesa con un también numeroso grupo de ciudadanos, que manifestaban un gran interés en conocer más de nuestras realidades nacionales. En un momento de la animada conversación con mi vecina y en respuesta a mis aseveraciones sobre consultas que no recuerdo, ella, reflexionando en voz alta, dijo como para sí misma - “vaya, entonces Chile es un país bastante civilizado...” Confieso que su “salida” me desconcertó y, más todavía, me molestó lo suficiente como para tener un pensamiento propio sobre mi interlocutora y que, por supuesto, no expresé ...“¡qué se habrá imaginado esta...!
Muchas veces he relatado esta anécdota para ilustrar, con un ejemplo, la imagen usual que, de nuestros países, se tiene en los “desarrollados”. Mucho tiempo hubo de pasar y varios viajes más a Europa también, para comprender que esta simpática dama no estaba tan errada en sus apreciaciones y que, muy probablemente, pudo quedarse corta en ellas...
Civilizado es aquel que conoce y practica bien el arte de vivir en la ciudad (al fin y al cabo, civilización proviene de civitas, que en latín significa ciudad). Civilizado es aquel que ha aprendido y que practica el conjunto de reglas que determinan el comportamiento recomendable de los ciudadanos para asegurar el bien individual, basado en el bien común. El grupo civilizado tiene un comportamiento social muy predecible, lo cual le permite, al ciudadano, despreocuparse de una infinidad de detalles asociados a la vida diaria, que de otra manera le agobiarían y le llenarían de tensiones. Se supone que la forma de vida en la ciudad es bastante contraria a la que tiene lugar en la selva, donde las únicas leyes que imperan son las del más fuerte, del más astuto y del más adaptable. En la selva es obligatorio estar muy alerta a todos los signos amenazantes para no ser comido y eliminado; en la ciudad se procura reducir la aleatoriedad de los comportamientos para que el ciudadano tenga una vida más segura y tranquila, conservando sus energías físicas y mentales de modo que pueda desarrollar adecuadamente tareas menos primitivas que las de sobrevivir, desplazarse, alimentarse y otras semejantes.
El hecho que gran parte de los comportamientos individuales y sociales en la comunidad civilizada sean bastante predecibles, hace que la vida diaria en ella sea algo muy poco novedoso y obliga a que los ciudadanos automaticen sus comportamientos para que no mueran de aburrimiento; la monotonía, impresa por el conjunto de leyes, que “cuadran” a los habitantes de la ciudad, es compensada por la libertad que se ofrece en otros ámbitos de la vida en ella, por ejemplo, en la variedad de los aspectos físicos que la fabricación de ropa moderna posibilita y, también, a través de muchos otros medios de los cuales disponen los ciudadanos para verse diferente de los demás y para hacer, a sus propias maneras, aquellas cosas no prohibidas por las normas. Nunca deja de sorprenderme que, en este mundo de globalización y masificaciones, jamás haya encontrado, en ninguno de mis viajes por el mundo, a nadie vestido con prendas iguales a las mías, aunque confieso haber reconocido a chilenos, en el extranjero, por el tipo de camisa que se vende en Falabella...
Más, pese a todas las ventajas que una civilización avanzada procura al habitante en ellas, éste extraña la naturaleza de la cual provienen sus genes y sueña, a veces, con liberarse, para lo cual anhela viajar a los países más atrasados, en los cuales pueda vivir una aventura de riesgos intermedios entre aquellos de la selva y los de sus supercivilizadas ciudades. Cuando lo consigue, grande puede ser la impresión que reciba, especialmente si le toca usar la locomoción colectiva de superficie en una ciudad como Santiago o Concepción; sólo quien conoce el sistema de transporte urbano en los países desarrollados puede comprender que nuestro mayor y más primitivo rasgo de incivilización es aportado por ella, pues es caótica, ineficiente, estéticamente horrible, ruidosa, contaminante, sucia y muy insegura. Quien la usa debe estar dispuesto a comportarse como en la selva misma: tiene que correr para alcanzarla, luchar para subir y para tratar de conseguir un sitio en ella, cogerse de especies de ramas para mantener el equilibrio, no dejar de mover la cabeza y los ojos para no pasarse de un paradero que nadie le anuncia, bajarse sobre la marcha en la mitad de la calle, estar atento a los carteristas y hacer todo lo anterior inmerso en el ruido, la contaminación y el aroma de los gases del escape y de los sufridos compañeros de viaje. Sí, basta con asomarse al pulcro Metro, aún en las horas de punta, para apreciar el grado de incivilización que reina en la superficie. Y lo malo es que ella se contagia a los usuarios, a los conductores de autos particulares, a los peatones y a la comunidad toda; la semilla de la incivilización está allí y, como la maleza, se reparte por la inciudad.
Ojalá se pudiera, en Santiago y también en las otras grandes ciudades de Chile, borrar de una plumada el sistema actual y reemplazarlo por otro semejante al de los países avanzados; eso solo ya mejoraría nuestro nivel de civilización y le crearía una curva de evolución positiva. Eso solo le bajaría el estrés al ciudadano y lo haría más sano, productivo y contento; eso costaría inicialmente caro pero se pagaría rápido y con creces. Eso, finalmente, le daría cara de puma al gato postulante a tigre.
Y, a la luz del evidente progreso material de los medios de locomoción pública de superficie, especialmente en la ciudad capital, en una de las eternas revisiones, sentí que era justo agregar...
P.S.: Atemperemos algo la cosa. Hay que reconocer que, desde que escribí lo anterior, la locomoción de superficie ha mejorado bastante en Santiago, al menos mucho más que en las provincias pero no lo suficiente aún. Por otra parte, parece demostrado que la posibilidad de implantar o imponer la civilización depende decisivamente de la prosperidad económica y de la educación del grupo humano que la desea practicar. Es preocupante constatar, si embargo, la facilidad con la cual se la olvida cuando el delicado equilibrio que sustenta a las comunidades se altera o rompe, como consecuencia de conflictos sociales, étnicos o religiosos; entonces, aunque sólo la fortaleza de los principios éticos o religiosos parece ofrece el mayor grado de protección frente a los excesos que la caída de las vallas legales posibilita, nada parece ser suficiente para que el ser humano no regrese a la selva que sus genes añoran. La vida y la CNN nos lo demuestran cada día…. Vale la pena meditarlo un poco más... ¿lo cree usted también?.
Hoy, casi al final del año 2000 y regresando de un nuevo viaje por varios países europeos, un poco impactado por el contraste que deja en evidencia la ostensible incivilización que refleja el comportamiento de nuestra sociedad, me siento impelido a continuar reflexionando sobre el asunto...
... ya pondré a punto las líneas que seguirán...¡paciencia!.
NOta: LO anterior fue escrito en la época de las micros amarillas, bastante más ordenadas que el caótico sistema precedente, en el cual los buses y modelos tenían cualquier color y contaminaban a su albedrío. Ahora, en a época del Transantiago, habría mucho más que decir, pero es obvio que muchas cosas siguen igual o incluso peor. O.
DE MUSAS, DE MONTES Y DE MUSEOS
DE MUSAS, DE MONTES Y DE MUSEOS
Las Musas eran, en la Mitología Clásica, las hijas de Zeus. Estas nueve gentiles y bellas señoritas, que protegían a las Artes, es decir al canto, a la música, a la poesía y a las ciencias, entre otras, vivían en el monte sagrado de Grecia conocido como Parnaso, acompañando al joven Apolo, Dios de la Belleza y del Bien. Hasta ese monte, en cuyas faldas se encontraba además el célebre Oráculo y la ciudad de Delfos, llegaban los artistas, quienes, tras purificarse en la Fuente Castalia, formada por un manantial surgido al pie de él, subían al Templo para recibir la inspiración de las Musas y las bendiciones de Apolo.
La divina inspiración ha sido siempre perseguida por los artistas porque ven en ella el camino para alcanzar la evasiva genialidad, ese don que sienten imprescindible para que sus obras trasciendan al tiempo y derroten a ese monstruo que tiene la manía de condenar al olvido a todo lo demás (Cronos, el padre de Zeus tiene la mala fama de devorar a sus hijos). La prueba de fuego, que parece asegurar que las obras de arte romperán la barrera de los siglos, es su aceptación en algún museo, en esos lugares en los cuales se conserva y exhibe las obras inspiradas por las Musas y que, por lo mismo, están llenos de belleza y de conocimientos, utilizables para nuestro deleite, admiración y aprendizaje.
No se crea, sin embargo, que recibir la buscada inspiración es gratuito o placentero para el privilegiado artista, ¡no!, es casi todo lo contrario: con la inspiración, quien la recibe se llena de necesidades, de angustias y de urgencias por hacer; ellas lo obligan a actuar, a crear y a transformar en obras las ideas que las Musas le confían. Es sólo a medida que él trabaja y, paso a paso, extingue el préstamo que se le ha otorgado, que recibe su placentera recompensa. No he visto sentencia más apropiada para ilustrar ese proceso que aquella inscrita en el Museo del Hombre, en el ala izquierda del Palacio Chaillot de París, frente a la Torre de Eiffel:
“Todo hombre crea, aún sin saberlo y casi así como él respira, pero el artista se siente crear; su acción compromete a todo su ser; su sufrimiento, bienamado, lo fortalece”.
Hoy en día, aunque la Mitología está medio pasada de moda y hasta olvidada, las musas y los montes siguen siendo importantes para que los artistas de todos los calibres encuentren la buscada inspiración. A las musas actuales, con excepción de unas pocas privilegiadas que viven en el barrio de Montparnasse, en París, se las puede encontrar en cualquier barrio popular sin mayor pedigree, acompañadas de su familia o de algún fulano que poco se parece a Apolo y que, a falta de habitar un monte famoso, siempre pueden contar con el suyo propio, que mucho las ayuda. Aquellas que tienen la suerte de vivir en el Monte Parnaso de París, o siquiera de pasear por sus antiguas calles, tienen la opción de inspirar a los artistas, o a los aspirantes a tales, que han hecho su hogar en ese simpático “quartier” o que, al menos, se encuentran de paso por él. Aclaremos algo, aunque el Monte Parnaso de París, que se enfrenta al otro muy conocido, ubicado del otro lado del Sena y llamado Montmartre, ya no es el de antes, es decir, el de Modigliani, de Toulouse-Lautrec, de Picasso y de tantos otros, sigue, sin embargo, atrayendo a los artistas, ávidos de recibir el espíritu de los genios del pasado, que pudiera aún flotar en el interior de los antiguos talleres y estrechos departamentos que estos ocuparon.
Fue por allí, también, que yo encontré a una musa parisina, que casi caro pudo haberme costado, según habré de contarles, algún día...
Pero no es de cuestiones personales ni dignas de nostalgia que en esta ocasión quiero escribir, sino que de cosas más generales, como las que podrían interesar a cualquier artista o a cualquier fotógrafo en particular. Déjenme pues seguir con el asunto de las musas, de los montes y de los museos, sobre los cuales hay todavía mucho que decir, aunque, para hacerlo, no quede más remedio que hurgar algo en la mitología e intentar aclarar, de paso, la confusión que muchos pueden tener entre las deidades de la Roma y de la Grecia del pasado.
Recordemos pues que, tanto los romanos como los griegos desarrollaron sus particulares mitologías, aunque fueron estos últimos quienes, en definitiva, influenciaron fuertemente a los primeros. En todo caso, los romanos, para no parecer demasiado poco originales, dieron sus propios nombres a los adoptados dioses, de manera tal que, por ejemplo, el griego Eros, Dios del Amor y de la generación de todas las cosas, indisolublemente ligado a las musas y a los artistas, fue llamado Cupido y representado por un travieso niño que se divierte causando pasionales inquietudes con sus flechas de oro y de plomo (las de oro provocan una atracción pasional incontenible y las de plomo, un fatal odio y desprecio). Otra diosa romana, importante para lo que nos ocupa, es Venus, deidad que los griegos denominaron Afrodita y gracias a la cual pudo existir Cupido, no sólo por ser ella su madre sino porque se animó a desobedecer a Júpiter, el Dios de los Dioses quien, previendo los estragos que ese otro “niño” habría de causar entre los humanos, le ordenó eliminarlo, barbaridad que ella no hizo, ocultándolo en un monte, que no era el suyo, mientras Júpiter (Zeus) olvidaba su tan siniestra idea.
Parece complicado pero no lo es: musas, artistas, Eros o como se le llame, los montes y Venus, están íntimamente ligados y así, ni las obras de arte, ni los problemas que su realización conlleva, serían posibles sin esta conjunción de dioses, de hombres y de mujeres. En todo caso, en esta sinérgica asociación, Eros, más que Venus, parece ser la deidad fundamental para la creación artística y para todas las demás. Ya lo dijo Freud, la libido, es decir la fuerza que otorga Eros, más que la razón o que cualquier otro factor, es la que dirige al mundo, incluso desde el inconsciente. De este modo, hasta el más inocente de los artistas o fotógrafos, por ejemplo aquel que solamente cree estar inmortalizando flores, árboles o paisajes, está sólo sublimando la satisfacción de aquellas necesidades que Eros, desde las tinieblas de su mente, le impone. ¡Y qué menos podrá ser cuando la fotografiada es su propia musa!; entonces, en una explosión de energía creativa, que sustituye al verdadero acto de amor, pueden ser cientos las imágenes con las que el inspirado artista acaricia a su modelo, observándola desde todos los ángulos y hurgando escrupulosamente en las intimidades que las actitudes de su cuerpo reflejan. Jamás es una mujer vista por más ojos y con tal fruición, deleite y homenaje, que cuando, como su musa, se entrega a la mirada y al lente de un fotógrafo inspirado y rebosante de la energía con la que Eros le ha bendecido.
Y para terminar, que es bueno ir pensando en eso ya, hagámoslo volviendo de nuevo a los museos: entre estos los hay grandes y pequeños, famosos y apenas conocidos en su pueblo, los hay de bellas artes y de la guerra, de la moda y de la fotografía, de la ciencia y del sexo, los hay de todo aquello que las Musas han inspirado a los hombres. Visitarlos es un placer pero no hay que ir solo, siempre se debería hacerlo acompañado de una Musa, de una gentil Musa que lo inspire a uno para ver y sentir lo que allí debiera ver y sentir. ¿Y cómo se sabrá cuando esa condición se esté cumpliendo?; muy simplemente, porque se experimentará un enorme deseo, una urgencia casi, por descubrir y disfrutar lo que él encierra. Tenga la seguridad que yendo del brazo de su gentil Musa se verá forzado a ingresar a él y no podrá abandonarlo sino hasta que se encuentre completamente saciado. Permítame citar ahora la otra magnífica sentencia inscrita en el Palacio Chaillot, en su ala derecha, allí donde se aloja, aún, el Museo de la Marina de Francia:
“No depende sino de aquel que pasa, que yo sea tumba o tesoro, que yo hable o que me calle. Eso no te concierne sino que a ti amigo, ¡no entres sin deseos!”
Recuérdelo pues, si alguna vez visita Madrid, Londres, París o Chiguayante, no se sienta obligado a ingresar al Del Prado, a la National Gallery , al del Louvre o al de Stöm; si no va con su Musa al lado, más vale que pase de largo; al fin y al cabo hay muchas otras interesantes cosas que ver y hacer en esas ciudades y después de todo, siempre queda la oportunidad de volver, en una mejor ocasión, cuando, sin pecar de “snob” pueda, genuinamente, deleitar los ojos y la mente con las obras que las Musas inspiraron en los hombres.
Osvaldo González Rojas.
P.S.: ¿Notó la sutil pero importante diferencia entre Musa y musa?.
Las Musas eran, en la Mitología Clásica, las hijas de Zeus. Estas nueve gentiles y bellas señoritas, que protegían a las Artes, es decir al canto, a la música, a la poesía y a las ciencias, entre otras, vivían en el monte sagrado de Grecia conocido como Parnaso, acompañando al joven Apolo, Dios de la Belleza y del Bien. Hasta ese monte, en cuyas faldas se encontraba además el célebre Oráculo y la ciudad de Delfos, llegaban los artistas, quienes, tras purificarse en la Fuente Castalia, formada por un manantial surgido al pie de él, subían al Templo para recibir la inspiración de las Musas y las bendiciones de Apolo.
La divina inspiración ha sido siempre perseguida por los artistas porque ven en ella el camino para alcanzar la evasiva genialidad, ese don que sienten imprescindible para que sus obras trasciendan al tiempo y derroten a ese monstruo que tiene la manía de condenar al olvido a todo lo demás (Cronos, el padre de Zeus tiene la mala fama de devorar a sus hijos). La prueba de fuego, que parece asegurar que las obras de arte romperán la barrera de los siglos, es su aceptación en algún museo, en esos lugares en los cuales se conserva y exhibe las obras inspiradas por las Musas y que, por lo mismo, están llenos de belleza y de conocimientos, utilizables para nuestro deleite, admiración y aprendizaje.
No se crea, sin embargo, que recibir la buscada inspiración es gratuito o placentero para el privilegiado artista, ¡no!, es casi todo lo contrario: con la inspiración, quien la recibe se llena de necesidades, de angustias y de urgencias por hacer; ellas lo obligan a actuar, a crear y a transformar en obras las ideas que las Musas le confían. Es sólo a medida que él trabaja y, paso a paso, extingue el préstamo que se le ha otorgado, que recibe su placentera recompensa. No he visto sentencia más apropiada para ilustrar ese proceso que aquella inscrita en el Museo del Hombre, en el ala izquierda del Palacio Chaillot de París, frente a la Torre de Eiffel:
“Todo hombre crea, aún sin saberlo y casi así como él respira, pero el artista se siente crear; su acción compromete a todo su ser; su sufrimiento, bienamado, lo fortalece”.
Hoy en día, aunque la Mitología está medio pasada de moda y hasta olvidada, las musas y los montes siguen siendo importantes para que los artistas de todos los calibres encuentren la buscada inspiración. A las musas actuales, con excepción de unas pocas privilegiadas que viven en el barrio de Montparnasse, en París, se las puede encontrar en cualquier barrio popular sin mayor pedigree, acompañadas de su familia o de algún fulano que poco se parece a Apolo y que, a falta de habitar un monte famoso, siempre pueden contar con el suyo propio, que mucho las ayuda. Aquellas que tienen la suerte de vivir en el Monte Parnaso de París, o siquiera de pasear por sus antiguas calles, tienen la opción de inspirar a los artistas, o a los aspirantes a tales, que han hecho su hogar en ese simpático “quartier” o que, al menos, se encuentran de paso por él. Aclaremos algo, aunque el Monte Parnaso de París, que se enfrenta al otro muy conocido, ubicado del otro lado del Sena y llamado Montmartre, ya no es el de antes, es decir, el de Modigliani, de Toulouse-Lautrec, de Picasso y de tantos otros, sigue, sin embargo, atrayendo a los artistas, ávidos de recibir el espíritu de los genios del pasado, que pudiera aún flotar en el interior de los antiguos talleres y estrechos departamentos que estos ocuparon.
Fue por allí, también, que yo encontré a una musa parisina, que casi caro pudo haberme costado, según habré de contarles, algún día...
Pero no es de cuestiones personales ni dignas de nostalgia que en esta ocasión quiero escribir, sino que de cosas más generales, como las que podrían interesar a cualquier artista o a cualquier fotógrafo en particular. Déjenme pues seguir con el asunto de las musas, de los montes y de los museos, sobre los cuales hay todavía mucho que decir, aunque, para hacerlo, no quede más remedio que hurgar algo en la mitología e intentar aclarar, de paso, la confusión que muchos pueden tener entre las deidades de la Roma y de la Grecia del pasado.
Recordemos pues que, tanto los romanos como los griegos desarrollaron sus particulares mitologías, aunque fueron estos últimos quienes, en definitiva, influenciaron fuertemente a los primeros. En todo caso, los romanos, para no parecer demasiado poco originales, dieron sus propios nombres a los adoptados dioses, de manera tal que, por ejemplo, el griego Eros, Dios del Amor y de la generación de todas las cosas, indisolublemente ligado a las musas y a los artistas, fue llamado Cupido y representado por un travieso niño que se divierte causando pasionales inquietudes con sus flechas de oro y de plomo (las de oro provocan una atracción pasional incontenible y las de plomo, un fatal odio y desprecio). Otra diosa romana, importante para lo que nos ocupa, es Venus, deidad que los griegos denominaron Afrodita y gracias a la cual pudo existir Cupido, no sólo por ser ella su madre sino porque se animó a desobedecer a Júpiter, el Dios de los Dioses quien, previendo los estragos que ese otro “niño” habría de causar entre los humanos, le ordenó eliminarlo, barbaridad que ella no hizo, ocultándolo en un monte, que no era el suyo, mientras Júpiter (Zeus) olvidaba su tan siniestra idea.
Parece complicado pero no lo es: musas, artistas, Eros o como se le llame, los montes y Venus, están íntimamente ligados y así, ni las obras de arte, ni los problemas que su realización conlleva, serían posibles sin esta conjunción de dioses, de hombres y de mujeres. En todo caso, en esta sinérgica asociación, Eros, más que Venus, parece ser la deidad fundamental para la creación artística y para todas las demás. Ya lo dijo Freud, la libido, es decir la fuerza que otorga Eros, más que la razón o que cualquier otro factor, es la que dirige al mundo, incluso desde el inconsciente. De este modo, hasta el más inocente de los artistas o fotógrafos, por ejemplo aquel que solamente cree estar inmortalizando flores, árboles o paisajes, está sólo sublimando la satisfacción de aquellas necesidades que Eros, desde las tinieblas de su mente, le impone. ¡Y qué menos podrá ser cuando la fotografiada es su propia musa!; entonces, en una explosión de energía creativa, que sustituye al verdadero acto de amor, pueden ser cientos las imágenes con las que el inspirado artista acaricia a su modelo, observándola desde todos los ángulos y hurgando escrupulosamente en las intimidades que las actitudes de su cuerpo reflejan. Jamás es una mujer vista por más ojos y con tal fruición, deleite y homenaje, que cuando, como su musa, se entrega a la mirada y al lente de un fotógrafo inspirado y rebosante de la energía con la que Eros le ha bendecido.
Y para terminar, que es bueno ir pensando en eso ya, hagámoslo volviendo de nuevo a los museos: entre estos los hay grandes y pequeños, famosos y apenas conocidos en su pueblo, los hay de bellas artes y de la guerra, de la moda y de la fotografía, de la ciencia y del sexo, los hay de todo aquello que las Musas han inspirado a los hombres. Visitarlos es un placer pero no hay que ir solo, siempre se debería hacerlo acompañado de una Musa, de una gentil Musa que lo inspire a uno para ver y sentir lo que allí debiera ver y sentir. ¿Y cómo se sabrá cuando esa condición se esté cumpliendo?; muy simplemente, porque se experimentará un enorme deseo, una urgencia casi, por descubrir y disfrutar lo que él encierra. Tenga la seguridad que yendo del brazo de su gentil Musa se verá forzado a ingresar a él y no podrá abandonarlo sino hasta que se encuentre completamente saciado. Permítame citar ahora la otra magnífica sentencia inscrita en el Palacio Chaillot, en su ala derecha, allí donde se aloja, aún, el Museo de la Marina de Francia:
“No depende sino de aquel que pasa, que yo sea tumba o tesoro, que yo hable o que me calle. Eso no te concierne sino que a ti amigo, ¡no entres sin deseos!”
Recuérdelo pues, si alguna vez visita Madrid, Londres, París o Chiguayante, no se sienta obligado a ingresar al Del Prado, a la National Gallery , al del Louvre o al de Stöm; si no va con su Musa al lado, más vale que pase de largo; al fin y al cabo hay muchas otras interesantes cosas que ver y hacer en esas ciudades y después de todo, siempre queda la oportunidad de volver, en una mejor ocasión, cuando, sin pecar de “snob” pueda, genuinamente, deleitar los ojos y la mente con las obras que las Musas inspiraron en los hombres.
Osvaldo González Rojas.
P.S.: ¿Notó la sutil pero importante diferencia entre Musa y musa?.
LA ÚLTIMA CENA


LA ÚLTIMA CENA
El recinto que fue, en 1500, el refectorio de los monjes del convento Santa Maria delle Grazie de Milán, estaba en casi total obscuridad. Sólo brillaba la pared del fondo, allí donde Leonardo pintó su admirado Cenáculo, parcialmente iluminada por los focos que facilitaban el trabajo de los restauradores; estos, en su mayoría jóvenes mujeres, minuciosa y muy calmadamente, limpiaban y fijaban los trocitos de pigmento que habían comenzado a desprenderse sólo 50 años después de la terminación de aquel sublime fresco. Era imposible apreciar la gran obra en su totalidad pero igual, sólo por el hecho de estar allí, se experimentaba una inefable emoción, más acentuada aún por la obscuridad reinante, que invitaba a la meditación y facilitaba el aflorar de los más íntimos sentimientos. Transcurría el mes de agosto de 1992 y era la primera vez que yo visitaba Milán; había llegado a esa interesante ciudad siguiendo los pasos y las obras del gran genio de Vinci y no haber tenido la oportunidad de admirar su “Última Cena” habría sido muy frustrante; tuve mucha suerte de que se hubiese autorizado el ingreso al lugar, a pesar de los trabajos de restauración en curso.
Sentado en un pequeño hueco lateral, que algún tipo de andamiaje formaba, permanecí allí más de una hora, intentando imaginar al Maestro en su tarea de dar forma a la maravillosa obra y muy consciente también, de que él había pisado el mismo suelo en el que yo tenía mis pies entonces. Como supondrán, estar ahí me inundaba de sentimientos y de emociones difícilmente descriptibles pero que, si me obligasen a hacerlo, diría que entre ellas primaba una sensación de profundo agradecimiento, quizás a las fuerzas del Universo, por concederme el privilegio de estar allí.
Permítanme que les recuerde, muy brevemente, la historia y circunstancias relacionadas con esta extraordinaria pintura y con su genial autor.
Leonardo llegó a Milán en 1482. De su arribo a la capital de Lombardía nos ha quedado una extraordinaria carta que el artista envió, poco después de su llegada, al Duque de Milán, Ludovico Sforza, apodado “El Moro”. En ella enumeraba Leonardo todas las cosas que era capaz de hacer, ante todo máquinas para la guerra, explicando, también, que sabía de escultura, de arquitectura y de pintura, más que cualquier otra persona. De paso, además, desafiaba al Duque a someterlo a prueba; afortunadamente, Ludovico, en vez de castigarlo por impertinente, lo escuchó, nombrándolo “Ingeniero Ducal”. Tras una brillante pero poco productiva carrera como ingeniero, pintor, escenógrafo y escultor, se le encomendó, en 1495, pintar el Cenáculo en la pared del refectorio del convento de Santa Maria delle Grazie. Leonardo comenzó de inmediato su trabajo y, a diferencia de todos los demás artistas que anteriormente habían pintado “La Ultima Cena”, imaginándola como una triste reunión previa al comienzo de la Pasión, Leonardo se propuso representar el momento en que Jesús dijo: “Uno de vosotros me ha de entregar”. Los rostros y las actitudes de los Apóstoles debían expresar estupor, asombro, indignación, incredulidad y horror, mientras que Jesús, inmóvil al centro, parecería aislado de todos y ajeno a los sentimientos de sus discípulos; ¡y vaya sí lo logró!. Pero, Leonardo, ”el científico”, quiso experimentar un nuevo tipo de material para empastar el muro, el cual, consistente en una combinación formada por capas de tres materiales distintos, resultó fatal. Ya en la inauguración, cuando medio Milán se agolpaba en el refectorio para admirar la obra, el artista se dio cuenta que las diferentes capas de empaste no reaccionaban en la misma forma a las variaciones de temperatura y humedad, comprendiendo de inmediato que aquel fresco no duraría mucho y así no más fue. Durante la Segunda Guerra Mundial, a la acción del tiempo, se agregó la caída de una bomba que derribó la casi totalidad de los otros tres muros del recinto pero que, de milagro, respetó aquel en el cual, quinientos años después que Da Vinci abandonase Milán para refugiarse en Venecia, se intentaba una nueva y casi imposible restauración: aquella que yo tenía el privilegio de presenciar.
La segunda vez que pude ver “La Última Cena” fue cuatro años más tarde y lo hice acompañado de Fabiana, una gentil signorina milanesa que había conocido en Dover mientras ambos esperábamos el “ferry” para atravesar el Canal de la Mancha, rumbo a Calais, en Francia; habiéndole encontrado un inequívoco aire de chilena, le pregunté si lo era y así se inició una amistad, en nombre de la cual nos reencontramos, semanas después, en Milán.
Sorprendentemente, para la dulce Fabiana, esa visita al Convento Santa Maria delle Grazie fue su primera vez frente a la obra maestra del gran florentino, la cual tuvo que esperar, entonces, 21 de los 500 años que lleva allí, para recibirla. Siempre hay una primera vez para todo, incluso para aquello y Fabiana, como era de esperar, llenó de gozo su espíritu ante la contemplación, a plena luz esta vez, de la maravilla de su ciudad. Aunque sin estar todavía completamente restaurado, pero ya visible en toda su magnificencia, era ahora posible entender el por qué ese fresco ha causado revuelo desde el día de su inauguración y también atisbar, a través de él, la genialidad del hombre del Renacimiento que lo pintó, hace medio milenio, para gloria de Dios y regocijo de los hombres.
Salimos, de allí, caminando a lo largo de los corredores que tantas veces hubo de recorrer Leonardo, para ir a disfrutar, cual padre e hija, o mejor, cual tío y sobrina, de un par de pastelillos al Caffe alle Grazie di Soldati Emilio, en el Corso Magenta, frente al convento.
Esa fue la última vez que vi a esa dolce signorina milanesa y al fresco de Leonardo, o más bien dicho, a su magistral pintura (suena mejor así). Mi estado de ánimo era algo confuso; por una parte sentía como lamentable el haber estado allí medio milenio demasiado tarde o, al menos, un cuarto de siglo demasiado viejo, y por otra, estaba feliz, no sólo por haber podido admirar, como pocos lo han hecho, a “La Última Cena”, sino que, además, por haber sido acompañado de una gentil italiana de cuatro lustros, con cabellos y ojos negros... como de chilena... y para quien, esa... fue su primera vez.
Osvaldo González Rojas.
El recinto que fue, en 1500, el refectorio de los monjes del convento Santa Maria delle Grazie de Milán, estaba en casi total obscuridad. Sólo brillaba la pared del fondo, allí donde Leonardo pintó su admirado Cenáculo, parcialmente iluminada por los focos que facilitaban el trabajo de los restauradores; estos, en su mayoría jóvenes mujeres, minuciosa y muy calmadamente, limpiaban y fijaban los trocitos de pigmento que habían comenzado a desprenderse sólo 50 años después de la terminación de aquel sublime fresco. Era imposible apreciar la gran obra en su totalidad pero igual, sólo por el hecho de estar allí, se experimentaba una inefable emoción, más acentuada aún por la obscuridad reinante, que invitaba a la meditación y facilitaba el aflorar de los más íntimos sentimientos. Transcurría el mes de agosto de 1992 y era la primera vez que yo visitaba Milán; había llegado a esa interesante ciudad siguiendo los pasos y las obras del gran genio de Vinci y no haber tenido la oportunidad de admirar su “Última Cena” habría sido muy frustrante; tuve mucha suerte de que se hubiese autorizado el ingreso al lugar, a pesar de los trabajos de restauración en curso.
Sentado en un pequeño hueco lateral, que algún tipo de andamiaje formaba, permanecí allí más de una hora, intentando imaginar al Maestro en su tarea de dar forma a la maravillosa obra y muy consciente también, de que él había pisado el mismo suelo en el que yo tenía mis pies entonces. Como supondrán, estar ahí me inundaba de sentimientos y de emociones difícilmente descriptibles pero que, si me obligasen a hacerlo, diría que entre ellas primaba una sensación de profundo agradecimiento, quizás a las fuerzas del Universo, por concederme el privilegio de estar allí.
Permítanme que les recuerde, muy brevemente, la historia y circunstancias relacionadas con esta extraordinaria pintura y con su genial autor.
Leonardo llegó a Milán en 1482. De su arribo a la capital de Lombardía nos ha quedado una extraordinaria carta que el artista envió, poco después de su llegada, al Duque de Milán, Ludovico Sforza, apodado “El Moro”. En ella enumeraba Leonardo todas las cosas que era capaz de hacer, ante todo máquinas para la guerra, explicando, también, que sabía de escultura, de arquitectura y de pintura, más que cualquier otra persona. De paso, además, desafiaba al Duque a someterlo a prueba; afortunadamente, Ludovico, en vez de castigarlo por impertinente, lo escuchó, nombrándolo “Ingeniero Ducal”. Tras una brillante pero poco productiva carrera como ingeniero, pintor, escenógrafo y escultor, se le encomendó, en 1495, pintar el Cenáculo en la pared del refectorio del convento de Santa Maria delle Grazie. Leonardo comenzó de inmediato su trabajo y, a diferencia de todos los demás artistas que anteriormente habían pintado “La Ultima Cena”, imaginándola como una triste reunión previa al comienzo de la Pasión, Leonardo se propuso representar el momento en que Jesús dijo: “Uno de vosotros me ha de entregar”. Los rostros y las actitudes de los Apóstoles debían expresar estupor, asombro, indignación, incredulidad y horror, mientras que Jesús, inmóvil al centro, parecería aislado de todos y ajeno a los sentimientos de sus discípulos; ¡y vaya sí lo logró!. Pero, Leonardo, ”el científico”, quiso experimentar un nuevo tipo de material para empastar el muro, el cual, consistente en una combinación formada por capas de tres materiales distintos, resultó fatal. Ya en la inauguración, cuando medio Milán se agolpaba en el refectorio para admirar la obra, el artista se dio cuenta que las diferentes capas de empaste no reaccionaban en la misma forma a las variaciones de temperatura y humedad, comprendiendo de inmediato que aquel fresco no duraría mucho y así no más fue. Durante la Segunda Guerra Mundial, a la acción del tiempo, se agregó la caída de una bomba que derribó la casi totalidad de los otros tres muros del recinto pero que, de milagro, respetó aquel en el cual, quinientos años después que Da Vinci abandonase Milán para refugiarse en Venecia, se intentaba una nueva y casi imposible restauración: aquella que yo tenía el privilegio de presenciar.
La segunda vez que pude ver “La Última Cena” fue cuatro años más tarde y lo hice acompañado de Fabiana, una gentil signorina milanesa que había conocido en Dover mientras ambos esperábamos el “ferry” para atravesar el Canal de la Mancha, rumbo a Calais, en Francia; habiéndole encontrado un inequívoco aire de chilena, le pregunté si lo era y así se inició una amistad, en nombre de la cual nos reencontramos, semanas después, en Milán.
Sorprendentemente, para la dulce Fabiana, esa visita al Convento Santa Maria delle Grazie fue su primera vez frente a la obra maestra del gran florentino, la cual tuvo que esperar, entonces, 21 de los 500 años que lleva allí, para recibirla. Siempre hay una primera vez para todo, incluso para aquello y Fabiana, como era de esperar, llenó de gozo su espíritu ante la contemplación, a plena luz esta vez, de la maravilla de su ciudad. Aunque sin estar todavía completamente restaurado, pero ya visible en toda su magnificencia, era ahora posible entender el por qué ese fresco ha causado revuelo desde el día de su inauguración y también atisbar, a través de él, la genialidad del hombre del Renacimiento que lo pintó, hace medio milenio, para gloria de Dios y regocijo de los hombres.
Salimos, de allí, caminando a lo largo de los corredores que tantas veces hubo de recorrer Leonardo, para ir a disfrutar, cual padre e hija, o mejor, cual tío y sobrina, de un par de pastelillos al Caffe alle Grazie di Soldati Emilio, en el Corso Magenta, frente al convento.
Esa fue la última vez que vi a esa dolce signorina milanesa y al fresco de Leonardo, o más bien dicho, a su magistral pintura (suena mejor así). Mi estado de ánimo era algo confuso; por una parte sentía como lamentable el haber estado allí medio milenio demasiado tarde o, al menos, un cuarto de siglo demasiado viejo, y por otra, estaba feliz, no sólo por haber podido admirar, como pocos lo han hecho, a “La Última Cena”, sino que, además, por haber sido acompañado de una gentil italiana de cuatro lustros, con cabellos y ojos negros... como de chilena... y para quien, esa... fue su primera vez.
Osvaldo González Rojas.
UNA FIESTA EN DRESDEN
UNA FIESTA EN DRESDEN
No fue una fiesta la que se vivió en Dresden la noche del 13 al 14 de Febrero de 1945. Sólo dos meses antes del fin de la Segunda Guerra Mundial y con la única justificación declarada de bloquear los caminos con refugiados, 1083 bombarderos ingleses y norteamericanos incendiaron y demolieron, casi hasta sus cimientos, a esa bella y culta ciudad, situada en las riberas del río Elba. Aviones del Escuadrón 83 de la RAF señalizaron, a las 22.00 horas, el Altmarkt, en el centro de la Ciudad Vieja y luego llegó la primera oleada de bombarderos: 243 Lancaster de la RAF aparecieron sobre la ciudad entre las 22.05 y las 22.18 horas, lanzando 1478 toneladas de bombas de demolición; sólo algunas horas más tarde, a la 1.23 AM del día 14, otros 529 Lancaster de la RAF, seguidos de 311 B-17 de la USAF, completaron la siniestra tarea, arrojando 475 toneladas de bombas de demolición y 1450 de bombas incendiarias. Así, Dresden, que gracias a su escasez de objetivos militares había permanecido indemne hasta entonces, se unió a la lista de ciudades alemanas que fueron casi borradas del mapa durante aquel conflicto. No está de más, para dar una idea acerca del infierno que aquello fue, que la principal razón de la destrucción no estuvo tanto en la cantidad de bombas, sino que en la tormenta de fuego que sucedió a la demolición, causada por los enormes y múltiples incendios que succionaron el aire, cual gigantesca chimenea. Según estadísticas muy conservadoras, que no toman en cuenta las víctimas producidas entre los miles de refugiados en tránsito por el lugar, murieron “solamente” 39.773 personas pero, en la realidad, muchos miles más resultaron horriblemente heridas y quemadas con fósforo. He visto fotografías, tomadas tras los bombardeos, que muestran rumas de cadáveres mientras son incinerados entre las ruinas de la ciudad; un espectáculo horrible y reminiscente de aquellos horrores que sufrieron y presenciaron los recluídos en los campos de concentración de los nazis. “Siembra vientos y cosecharás tempestades”, dice el refrán popular y nada más cierto resultó en este caso. Sin duda alguna que este triste episodio fue una venganza, un desquite de los ingleses que pretendieron enseñar a los alemanes, en su propia lengua y territorio, la conjugación del verbo “coventrizar”; también fue un crimen contra la Humanidad, la cual fue privada de uno de sus más ricos tesoros artísticos y culturales; fue un acto más de barbarie, con un pobre intento de justificación, como tantos otros que se comete durante las guerras. El aroma de carne humana quemada, flotando entonces sobre la ciudad, debe haber causado escalofríos a las viejas piedras de los edificios del Altmarkt que, en 1349, presenciaron la quema de todos los judíos de la ciudad, acusados de diseminar la peste negra; para ellos tampoco fue esa una fiesta, aunque muchos en la ciudad deben haberlo celebrado como tal.
Sacrificio y no fiesta fue, también, para los marinos del crucero “Dresden”, comandado por el capitán Ludecke, la serie de batallas navales que pelearon con las naves de la Royal Navy durante la Primera Guerra Mundial; estas tuvieron capítulos frente a Coronel, en Chile; continuaron en los alrededores de las islas Malvinas o Shetland del Sur y, tras un juego del gato y del ratón en los canales y fiordos del sur tuvieron su epílogo, el 14 de marzo de 1915, en la bahía Cumberland, en la isla de Juan Fernández, donde el “Dresden”, tras ser atacado por los buques ingleses, en flagrante violación de la neutralidad chilena, e incapacitado de continuar el enfrentamiento con un adversario muy superior, fue hundido por sus propios tripulantes. Quizás entonces comenzó una fiesta para los hombres sobrevivientes; tal parece, por los relatos de la época, que su internación en el país neutral, que entonces era Chile, estuvo cerca de serlo; la hospitalidad de los valdivianos y, especialmente, de las damas valdivianas, restañó las heridas de la guerra y transformó los sinsabores de la navegación por fríos y embravecidos mares, en placentero bogar por tibias y suaves ondulaciones. Tan grato resultó el internado que, tras el término de la guerra, muchos se quedaron y, aparte de sus descendientes, dejaron aquí sus huesos, los cuales reposan junto a los de aquellos autóctonos de esta tierra.
Pero, aunque la historia de la ciudad de Dresden, que se inicia el año 927, está marcada por el fuego y los conflictos humanos, tuvo también una época de oro, en la cual la vida en ella fue una fiesta, al menos para algunos. Aquella fue la era en la cual gobernó Federico Augusto 1º, también conocido como Federico el Fuerte (aclaro que todo parece indicar que dicho apodo provenía de su sobresaliente fortaleza física). La Corte de Dresden brilló entonces, entre 1700 y 1750, como nunca antes y las bellas artes y la música le dieron renombre en toda Europa. Las obras de músicos como Vivaldi, Pisandel, Hasse y otros, asociados a la vida artística de la ciudad, aún encuentran su lugar en las mejores y selectas discotecas. También, los tesoros arquitectónicos, reconstruidos de entre las ruinas y que ahora llenan de admiración a los visitantes, datan de esa época. Lamentablemente, luego del reinado de Francisco 1º, las guerras, incluidas las napoleónicas, y otros conflictos políticos del siglo 19, deslucieron el esplendor de los tiempos pasados, hasta culminar con la abolición de la monarquía, en 1918; se fundó entonces el Estado Libre de Sajonia, del cual Dresden fue designada capital. Tras la Segunda Guerra, bajo el gobierno de la ex Alemania Democrática, toda la región durmió siesta, de la cual, como ocurrió con Dornröschen (“La Bella Durmiente del Bosque”) tras el beso del Príncipe, despertó con la reunificación alemana de 1989 y todavía se despereza.
¿Qué por qué fui a dar a Dresden?; bueno, hubo varias razones, comenzando por su cercanía a Praga, la bella capital de la República Checa, a la cual debía viajar algunos días después; también había una razón emocional que no es fácil de explicar pero que se relaciona con viejas y románticas estampas del lugar, con la historia del río Elba, con la música de Dresden, que tantas veces me deleitó y, sobre todo, con el deseo de saludar a Hubert, un amigo austríaco, con una de sus residencias en esa ciudad. A Hubert lo conocí en la Pampa de Zapahuira, con ocasión de aquel memorable eclipse total de sol, en 1994, en la que el astro rey se “murió” durante 3 minutos a su paso por el Norte de Chile. Tras bajar del tren y desde la antigua y algo decrépita Hauptbahnof, tomé el tranvía que me dejaría casi en la puerta del Hotel-Pensión-Restaurant Ermitage, en el 64 de la Königsbrücker Strasse. Muy simpático lugar, con una excelente mesa de especialidades culinarias rusas pero con un serio problema, común en la ex Alemania del Este: allí parecía que el inglés, el francés, el italiano y, por supuesto el español, hubiesen sido idiomas de otro mundo; alemán y ruso eran las lenguas vivas. Sólo me quedó como recurso el universal lenguaje de los gestos y, gestos de admiración y casi de reverencia fueron los que creí advertir en la dueña cuando me entregó el FAX recibido desde la Universidad Karlovy de Praga, confirmando que se me esperaba allí y, también cuando, con las dificultades de suponer, me explicó que Hubert había llamado desde Salzburgo para avisar que volaría a Dresden para llevarme a cenar; parecía que la dama rusa me consideraba un muy importante personaje, seguramente un excéntrico y especial profesor, que se alojaba en tan económico lugar debido a algún particular antojo y no porque le faltasen recursos.
Puntual, viniendo directamente desde el aeropuerto y vestido con el mismo traje que lucía en Arica (una simpática y austríaca humorada de su parte) apareció Hubert ese anochecer; tras recoger a la dulce Margitta, su pareja, nos encaminamos al antiguo restaurante de vinos “Rebstock” (o “Cepa”) en las afueras de la ciudad, donde nos reuniríamos con amigos y ex-socios de una ya desaparecida empresa. La reunión festiva de esa noche, fundamentalmente para beber buen vino y conversar, reeditaría una costumbre del grupo que había sido interrumpida por las circunstancias, dos años atrás. No fuimos los primeros, Herr y Frau Heinze ya estaban allí, Herr Müller llegó poco después y el dueño del lugar, Herr Ziegenbalg y su familia se nos uniría cuando el último de los otros parroquianos hubiera partido. El restaurante, de antiguo estilo, era iluminado con velas y decorado con toneles de vino y empañadas pinturas de Bacos, Dionisios y viñas, que eran toda una alegoría para recordar que allí se degustaba excepcionales cepas. Se comió poco y se bebió mucho; jamás había visto circular tantas botellas de vino blanco sin que nadie terminase ebrio y yo, el único del grupo que sólo besó las copas, puedo dar crédito de ello. En honor al invitado de Sudamérica se conversó en inglés y francés y, cuando en el lugar sólo quedábamos nosotros, Herr Müller se sentó al viejo piano y la música y los cantos despertaron al vecindario; pronto repicó el teléfono y se escuchó golpes en el techo, una y otra vez; aunque a ratos la concurrencia conversaba nostálgicamente, dando algo de tregua a los que deseaban dormir, se los ignoró; al fin y al cabo, dicha celebración era también una despedida, pues ese tradicional refugio de bebedores y amigos cerraría sus puertas en tres días más: las exigencias impuestas por las severas normas de la nueva Alemania hacían inviable continuar con ese negocio. En una pausa, y desde el antejardín, Hubert llamó, con su celular, a don Roberto, un mutuo amigo de Bariloche, quien no podía creer que yo estuviese allí, en ese preciso momento (¡magia del mundo moderno!, de la cual hasta yo me asombro). A las cinco de la mañana, tanto fue el cántaro al agua, o mejor, el jarro al vino y los dedos al piano, que algún vecino llamó a la policía. Cuando las giratorias luces azules hicieron su aparición, también lo hizo el silencio y, cuando el hombre y la mujer de verde (¿por qué siempre vestirán de verde? *) entraron, varios pares de redondos ojos los miraron con inocencia. Ella dijo algo, mirando acusatoriamente el ahora callado instrumento de percusión de cuerdas; yo sólo comprendí “pianoforte” pero era obvio a que se refería. Comenzó una lluvia de explicaciones en la cual tomé palco; Frau Ziegenbalg rompió en llanto y se deshizo en lágrimas, no sé si lamentándose por la incomprensión de sus vecinos o por la pena que le daba explicar que la razón de esa reunión era una especie de velorio; como haya sido, tuvo éxito pues suavizó el severo mirar de los agentes del orden y la paz pública, quienes, para poner un amistoso fin al asunto, nos invitaron a abandonar el lugar.
¡Esa sí que fue una fiesta en Dresden!.
A las cinco y media de la mañana, fresco aún como lechuga, pues mi reloj biológico marcaba apenas las once y media de la noche, estaba ya en mi cama pero dormí pocazo; algo después de las 10 fui despertado por la gentil señora encargada del comedor; con gestos (¡y sí no cómo!) fui informado que el “Frühstück”, pese al fin de la alemana hora estipulada para el servicio, me esperaba; si no hubiese sido por esa deferencia, habría perdido el tan importante y suculento desayuno, que me permitía olvidar el almuerzo y ahorrar los duros y escasos marcos; con agradecimiento reflejado en mis entelerañados ojos, bajé al ya solitario comedor, tratando de convencer a mi organismo que desayunar así y a la 4 y media de la mañana, era lo normal en esas latitudes. En fin, levantarme temprano sirvió para aprovechar el tiempo, para contemplar el río Elba desde el antiguo Augustusbrücke y para no perderme la visita de mediodía a la bella Semperoper.
¡Valió la pena parar en Dresden!.
Osvaldo González Rojas.
(*) Debe ser para destacarse bien en medio de la selva urbana, que poco tiene de ese ecológico color
No fue una fiesta la que se vivió en Dresden la noche del 13 al 14 de Febrero de 1945. Sólo dos meses antes del fin de la Segunda Guerra Mundial y con la única justificación declarada de bloquear los caminos con refugiados, 1083 bombarderos ingleses y norteamericanos incendiaron y demolieron, casi hasta sus cimientos, a esa bella y culta ciudad, situada en las riberas del río Elba. Aviones del Escuadrón 83 de la RAF señalizaron, a las 22.00 horas, el Altmarkt, en el centro de la Ciudad Vieja y luego llegó la primera oleada de bombarderos: 243 Lancaster de la RAF aparecieron sobre la ciudad entre las 22.05 y las 22.18 horas, lanzando 1478 toneladas de bombas de demolición; sólo algunas horas más tarde, a la 1.23 AM del día 14, otros 529 Lancaster de la RAF, seguidos de 311 B-17 de la USAF, completaron la siniestra tarea, arrojando 475 toneladas de bombas de demolición y 1450 de bombas incendiarias. Así, Dresden, que gracias a su escasez de objetivos militares había permanecido indemne hasta entonces, se unió a la lista de ciudades alemanas que fueron casi borradas del mapa durante aquel conflicto. No está de más, para dar una idea acerca del infierno que aquello fue, que la principal razón de la destrucción no estuvo tanto en la cantidad de bombas, sino que en la tormenta de fuego que sucedió a la demolición, causada por los enormes y múltiples incendios que succionaron el aire, cual gigantesca chimenea. Según estadísticas muy conservadoras, que no toman en cuenta las víctimas producidas entre los miles de refugiados en tránsito por el lugar, murieron “solamente” 39.773 personas pero, en la realidad, muchos miles más resultaron horriblemente heridas y quemadas con fósforo. He visto fotografías, tomadas tras los bombardeos, que muestran rumas de cadáveres mientras son incinerados entre las ruinas de la ciudad; un espectáculo horrible y reminiscente de aquellos horrores que sufrieron y presenciaron los recluídos en los campos de concentración de los nazis. “Siembra vientos y cosecharás tempestades”, dice el refrán popular y nada más cierto resultó en este caso. Sin duda alguna que este triste episodio fue una venganza, un desquite de los ingleses que pretendieron enseñar a los alemanes, en su propia lengua y territorio, la conjugación del verbo “coventrizar”; también fue un crimen contra la Humanidad, la cual fue privada de uno de sus más ricos tesoros artísticos y culturales; fue un acto más de barbarie, con un pobre intento de justificación, como tantos otros que se comete durante las guerras. El aroma de carne humana quemada, flotando entonces sobre la ciudad, debe haber causado escalofríos a las viejas piedras de los edificios del Altmarkt que, en 1349, presenciaron la quema de todos los judíos de la ciudad, acusados de diseminar la peste negra; para ellos tampoco fue esa una fiesta, aunque muchos en la ciudad deben haberlo celebrado como tal.
Sacrificio y no fiesta fue, también, para los marinos del crucero “Dresden”, comandado por el capitán Ludecke, la serie de batallas navales que pelearon con las naves de la Royal Navy durante la Primera Guerra Mundial; estas tuvieron capítulos frente a Coronel, en Chile; continuaron en los alrededores de las islas Malvinas o Shetland del Sur y, tras un juego del gato y del ratón en los canales y fiordos del sur tuvieron su epílogo, el 14 de marzo de 1915, en la bahía Cumberland, en la isla de Juan Fernández, donde el “Dresden”, tras ser atacado por los buques ingleses, en flagrante violación de la neutralidad chilena, e incapacitado de continuar el enfrentamiento con un adversario muy superior, fue hundido por sus propios tripulantes. Quizás entonces comenzó una fiesta para los hombres sobrevivientes; tal parece, por los relatos de la época, que su internación en el país neutral, que entonces era Chile, estuvo cerca de serlo; la hospitalidad de los valdivianos y, especialmente, de las damas valdivianas, restañó las heridas de la guerra y transformó los sinsabores de la navegación por fríos y embravecidos mares, en placentero bogar por tibias y suaves ondulaciones. Tan grato resultó el internado que, tras el término de la guerra, muchos se quedaron y, aparte de sus descendientes, dejaron aquí sus huesos, los cuales reposan junto a los de aquellos autóctonos de esta tierra.
Pero, aunque la historia de la ciudad de Dresden, que se inicia el año 927, está marcada por el fuego y los conflictos humanos, tuvo también una época de oro, en la cual la vida en ella fue una fiesta, al menos para algunos. Aquella fue la era en la cual gobernó Federico Augusto 1º, también conocido como Federico el Fuerte (aclaro que todo parece indicar que dicho apodo provenía de su sobresaliente fortaleza física). La Corte de Dresden brilló entonces, entre 1700 y 1750, como nunca antes y las bellas artes y la música le dieron renombre en toda Europa. Las obras de músicos como Vivaldi, Pisandel, Hasse y otros, asociados a la vida artística de la ciudad, aún encuentran su lugar en las mejores y selectas discotecas. También, los tesoros arquitectónicos, reconstruidos de entre las ruinas y que ahora llenan de admiración a los visitantes, datan de esa época. Lamentablemente, luego del reinado de Francisco 1º, las guerras, incluidas las napoleónicas, y otros conflictos políticos del siglo 19, deslucieron el esplendor de los tiempos pasados, hasta culminar con la abolición de la monarquía, en 1918; se fundó entonces el Estado Libre de Sajonia, del cual Dresden fue designada capital. Tras la Segunda Guerra, bajo el gobierno de la ex Alemania Democrática, toda la región durmió siesta, de la cual, como ocurrió con Dornröschen (“La Bella Durmiente del Bosque”) tras el beso del Príncipe, despertó con la reunificación alemana de 1989 y todavía se despereza.
¿Qué por qué fui a dar a Dresden?; bueno, hubo varias razones, comenzando por su cercanía a Praga, la bella capital de la República Checa, a la cual debía viajar algunos días después; también había una razón emocional que no es fácil de explicar pero que se relaciona con viejas y románticas estampas del lugar, con la historia del río Elba, con la música de Dresden, que tantas veces me deleitó y, sobre todo, con el deseo de saludar a Hubert, un amigo austríaco, con una de sus residencias en esa ciudad. A Hubert lo conocí en la Pampa de Zapahuira, con ocasión de aquel memorable eclipse total de sol, en 1994, en la que el astro rey se “murió” durante 3 minutos a su paso por el Norte de Chile. Tras bajar del tren y desde la antigua y algo decrépita Hauptbahnof, tomé el tranvía que me dejaría casi en la puerta del Hotel-Pensión-Restaurant Ermitage, en el 64 de la Königsbrücker Strasse. Muy simpático lugar, con una excelente mesa de especialidades culinarias rusas pero con un serio problema, común en la ex Alemania del Este: allí parecía que el inglés, el francés, el italiano y, por supuesto el español, hubiesen sido idiomas de otro mundo; alemán y ruso eran las lenguas vivas. Sólo me quedó como recurso el universal lenguaje de los gestos y, gestos de admiración y casi de reverencia fueron los que creí advertir en la dueña cuando me entregó el FAX recibido desde la Universidad Karlovy de Praga, confirmando que se me esperaba allí y, también cuando, con las dificultades de suponer, me explicó que Hubert había llamado desde Salzburgo para avisar que volaría a Dresden para llevarme a cenar; parecía que la dama rusa me consideraba un muy importante personaje, seguramente un excéntrico y especial profesor, que se alojaba en tan económico lugar debido a algún particular antojo y no porque le faltasen recursos.
Puntual, viniendo directamente desde el aeropuerto y vestido con el mismo traje que lucía en Arica (una simpática y austríaca humorada de su parte) apareció Hubert ese anochecer; tras recoger a la dulce Margitta, su pareja, nos encaminamos al antiguo restaurante de vinos “Rebstock” (o “Cepa”) en las afueras de la ciudad, donde nos reuniríamos con amigos y ex-socios de una ya desaparecida empresa. La reunión festiva de esa noche, fundamentalmente para beber buen vino y conversar, reeditaría una costumbre del grupo que había sido interrumpida por las circunstancias, dos años atrás. No fuimos los primeros, Herr y Frau Heinze ya estaban allí, Herr Müller llegó poco después y el dueño del lugar, Herr Ziegenbalg y su familia se nos uniría cuando el último de los otros parroquianos hubiera partido. El restaurante, de antiguo estilo, era iluminado con velas y decorado con toneles de vino y empañadas pinturas de Bacos, Dionisios y viñas, que eran toda una alegoría para recordar que allí se degustaba excepcionales cepas. Se comió poco y se bebió mucho; jamás había visto circular tantas botellas de vino blanco sin que nadie terminase ebrio y yo, el único del grupo que sólo besó las copas, puedo dar crédito de ello. En honor al invitado de Sudamérica se conversó en inglés y francés y, cuando en el lugar sólo quedábamos nosotros, Herr Müller se sentó al viejo piano y la música y los cantos despertaron al vecindario; pronto repicó el teléfono y se escuchó golpes en el techo, una y otra vez; aunque a ratos la concurrencia conversaba nostálgicamente, dando algo de tregua a los que deseaban dormir, se los ignoró; al fin y al cabo, dicha celebración era también una despedida, pues ese tradicional refugio de bebedores y amigos cerraría sus puertas en tres días más: las exigencias impuestas por las severas normas de la nueva Alemania hacían inviable continuar con ese negocio. En una pausa, y desde el antejardín, Hubert llamó, con su celular, a don Roberto, un mutuo amigo de Bariloche, quien no podía creer que yo estuviese allí, en ese preciso momento (¡magia del mundo moderno!, de la cual hasta yo me asombro). A las cinco de la mañana, tanto fue el cántaro al agua, o mejor, el jarro al vino y los dedos al piano, que algún vecino llamó a la policía. Cuando las giratorias luces azules hicieron su aparición, también lo hizo el silencio y, cuando el hombre y la mujer de verde (¿por qué siempre vestirán de verde? *) entraron, varios pares de redondos ojos los miraron con inocencia. Ella dijo algo, mirando acusatoriamente el ahora callado instrumento de percusión de cuerdas; yo sólo comprendí “pianoforte” pero era obvio a que se refería. Comenzó una lluvia de explicaciones en la cual tomé palco; Frau Ziegenbalg rompió en llanto y se deshizo en lágrimas, no sé si lamentándose por la incomprensión de sus vecinos o por la pena que le daba explicar que la razón de esa reunión era una especie de velorio; como haya sido, tuvo éxito pues suavizó el severo mirar de los agentes del orden y la paz pública, quienes, para poner un amistoso fin al asunto, nos invitaron a abandonar el lugar.
¡Esa sí que fue una fiesta en Dresden!.
A las cinco y media de la mañana, fresco aún como lechuga, pues mi reloj biológico marcaba apenas las once y media de la noche, estaba ya en mi cama pero dormí pocazo; algo después de las 10 fui despertado por la gentil señora encargada del comedor; con gestos (¡y sí no cómo!) fui informado que el “Frühstück”, pese al fin de la alemana hora estipulada para el servicio, me esperaba; si no hubiese sido por esa deferencia, habría perdido el tan importante y suculento desayuno, que me permitía olvidar el almuerzo y ahorrar los duros y escasos marcos; con agradecimiento reflejado en mis entelerañados ojos, bajé al ya solitario comedor, tratando de convencer a mi organismo que desayunar así y a la 4 y media de la mañana, era lo normal en esas latitudes. En fin, levantarme temprano sirvió para aprovechar el tiempo, para contemplar el río Elba desde el antiguo Augustusbrücke y para no perderme la visita de mediodía a la bella Semperoper.
¡Valió la pena parar en Dresden!.
Osvaldo González Rojas.
(*) Debe ser para destacarse bien en medio de la selva urbana, que poco tiene de ese ecológico color
LA HERMOSA QUE LLEGÓ A BERLÍN

LA HERMOSA QUE LLEGÓ A BERLÍN
Fue una impresión de magnitud inesperada, ¡jamás pensé que me parecería tan bella!; ¡sus labios y la simetría de su rostro!, ¡su fino y largo cuello!, ¡la serena majestad de su aspecto!; ¡todo en ella irradiaba encanto y magnificencia!; ni siquiera su oreja rota y el ojo faltante disminuían la sensación de armonía y dignidad de ese rostro milenario que, imperturbable, parecía mirar al infinito, desde su elevada posición en el centro de aquella obscura sala.
Yo sabía que la habría de encontrar allí; ¡había ido en su búsqueda! pero nunca imaginé que me impactaría de ese modo. Al verla, no pude reprimir una exclamación espontánea “so beautiful!” – curiosamente, así, ¡en inglés!, una trampa, humorada o zancadilla de mi mente, obligada a pensar, durante algunos días ya, en esa lengua.
Ya sabéis que soy fotógrafo; la belleza de aquella imagen me dominó por completo; tras algunos minutos de inmovilidad física y de éxtasis espiritual, me sentí impelido a contemplarla desde abajo, buscando aquel ángulo desde el cual sus súbditos hubieron de admirarla; apoyé una rodilla en tierra mientras, fascinado, componía su imagen en mi cerebro y luego la encuadraba en el visor de la cámara. Al incorporarme giré mil veces a su alrededor, fijando en la película aquellas visiones que sólo podrían retornar a mi mente en maravillosos sueños. El guardia de la sala, testigo de mi arrobamiento y quizás de mi exclamación a media voz, posiblemente sorprendido también por el gesto de aquel visitante que parecía rendir pleitesía a la reina, se sintió inclinado a hacer algún comentario sobre el busto de la soberana de triste y trágico destino y también sobre los recuerdos familiares que allí la acompañaban.
Ese magnífico retrato de Nefertiti, en arcilla pintada, fue descubierto el 6 de Diciembre de 1912, por Ludwig Borchardt, en el curso de excavaciones en la que fuera, unos 3000 años atrás, la ciudad de Tell el Amarna; se lo encontró entre los polvorientos restos del taller de Tuthmosis, principal escultor de la corte. Nunca fue terminado, ni nunca abandonó tampoco el taller del maestro, ya que era utilizado como modelo oficial para otras representaciones de la que fuera la más bella soberana de Egipto y muy amada y principal esposa del Faraón Akhenaton.
Como la licencia para excavar, otorgada por el gobierno egipcio, pertenecía al comerciante berlinés James Simon, a él le fue asignado el maravilloso busto y, junto con algunas otras obras encontradas en el mismo sitio, viajó a Alemania. En el verano de ese mismo año, Simon donó sus tesoros del arte egipcio al Estado Prusiano, el cual los instaló en la Isla de los Museos de Berlín, hasta que los avatares de la guerra obligaron a su evacuación lejos de la capital; sólo pudo volver a ella en 1956 y, desde 1967, el famoso busto ha residido en el Museo Egipcio, frente al palacio de Charlottenburg, acompañada de otras múltiples y magníficas piezas arqueológicas procedentes del antiguo Egipto.
La historia es obscura en la época de Nefertiti, cuyo nombre significa “La Hermosa Ha Llegado”. Pudo haber sido hija de Ay, uno de los altos funcionarios del reino y quien, años después, sucedería a Tutankamon. No hay duda que fue muy feliz junto a su marido (hay múltiples y muy tiernas referencias que así lo atestiguan) y que tuvo seis hijas; menos claro es que tuviese también un hijo (existe cierta controversia al respecto) quien pudiera haber sido, precisamente, el futuro Tutankamon. Su marido, hijo de Amenhotep III, comenzó reinando, bastante joven, con el nombre Amenhotep IV (Amenhotep significa “Amon Está Contento”) y muy pronto dejó en claro que era alguien especial pues, apenas en el primer año de su reinado, hizo construir un templo en Karnak, no dedicado a Amon, el dios más importante del politeísmo egipcio de esa época, sino que a Aton, un nuevo dios, cuyo nombre significa, literalmente, “El Disco Solar”. Este joven Faraón debió ser un filósofo, sólo así se podría explicar que, siendo tan joven, haya sido capaz de imaginar la existencia de un solo dios, su Aton, y que haya intentado reemplazar por él a todo el amplio repertorio de dioses que, hasta entonces, colmaban la religión egipcia.. En el quinto año de su reinado tomó, además, dos decisiones muy iconoclásticas: cambió su nombre por el de Akhenaton (es decir, “Gloria al Disco Solar“) y comenzó a construir una nueva capital, en la región de El-Amarna, en el Egipto Medio, que se llamaría Akhetaton (Horizonte de Aton). Esto lo hizo con el claro propósito de reemplazar a Tebas y a Memphis como centros religiosos del país. Ambas medidas fueron conflictivas porque, aparte de dejar cesantes a la multitud de sacerdotes y comerciantes que vivían del culto a la miríada de dioses de la antigua religión, ellas desconcertaron al pueblo, el cual no estaba preparado para asimilar tan revolucionaria idea, ni comprender las razones por las que su Faraón renegaba de Amon y de las otras deidades tradicionales. Además, Akhenaton, como buen filósofo, vivía un poco en otro mundo y no se ocupaba mucho de la política, tanto de la interior como de la exterior, lo cual hizo decaer el Imperio e incrementó las molestias y las críticas a su gestión. Hay evidencias que la iconoclastía y los otros problemas mencionados, que caracterizaron su reinado, causaron una gran inquietud entre importantes sectores sociales, al extremo que, tras 18 años de gobierno, Akhenaton desaparece, probablemente asesinado, borrándose también, con este hecho, la historia de Nefertiti. De aquí en adelante sólo hay dudas y conjeturas; es posible que Nefertiti haya sucedido brevemente a su marido, con el seudónimo de Smenkhkara, para, muy pronto, ceder el trono a Tutankaton (“Imagen Viviente de Aton”) y quien, más tarde, cuando se denunció a Akhenaton como hereje, cambiaría su nombre por el de Tutankamon.
Poco tiempo después, la corte abandonó la ciudad en el-Amarna, retornando al tradicional centro administrativo de Menphis y así fue como el taller de Thutmosis fue olvidado, cubierto por las arenas del inhóspito desierto y preservado, con su maravilloso contenido, durante tres milenios.
Sería interesante continuar con la historia de la Décimo Octava Dinastía, la correspondiente al reinado del famoso aunque desconocido Tutankamon, pero no teniendo nada personal que decir al respecto, ello sería tan sólo una transcripción de escritos de otros; tendrán que esperar pues que, al menos, logre ver el tesoro de este Faraón, para lo cual no encuentro otra opción que viajar a Egipto y visitar el Museo del Cairo, porque no creo que se repitan las oportunidades que he dejado pasar para hacerlo. Sin pretender aburrirlos, les contaré: la primera de ellas fue en 1972, mientras estaba yo de visita en Londres, por suerte sin pasaporte diplomático; allí me enteré que el Tesoro en cuestión se exhibía en el Museo Británico pero pronto supe que me quedaría con las ganas de verlo (o con los crespos hechos, porque en ese entonces tenía pelo para ello); a pesar que en esa época había muchos chilenos que ya hacían colas tan largas como la que entonces vi (y sólo para comprar leche o aceite) yo renuncié al sacrificio; será para otra vez, me dije y, sorpresivamente, ¡hubo otra!; fue en 1980, en Colonia, Alemania pero, de nuevo, la fila de trescientos metros me desanimó y hasta me causó escalofríos (para ese entonces, mis propios recuerdos de las colas que tuve que hacer en 1973, me habían predispuesto mal en contra de ellas). Sí, tendré y tendréis que esperar, pero sepan que no pierdo las esperanzas de viajar a Egipto; por alguna enigmática razón, quizás hasta genética, siempre me ha fascinado el arte y la historia de ese país.
Para terminar este artículo, siento que es propicia una reflexión: resulta chocante, ciertamente, constatar el formidable expolio de tesoros arqueológicos realizado por los países civilizados en aquellos que lo fueron antes que ellos (momias egipcias, por ejemplo, hay en todas partes, ¡hasta en Concepción!); sin duda que eso es una desgracia para los actuales nacionales de dichos países pero es también una gran ventaja para la difusión y conocimiento de esas culturas porque es más fácil acceder a ellos. También es posible que, estando donde están, esos tesoros se encuentren más protegidos; sabido es que lo que se tiene a la vista todo el tiempo termina por no ser visible, por no ser valorado ni cuidado, lo cual puede conducir a su completa destrucción. La evidencia que esto último puede evitarse me quedó muy clara al admirar el Gran Altar de Pérgamo, conservado en el museo del mismo nombre, en la Isla de los Tales, también en Berlín; a pesar que es necesario realizar un gran esfuerzo de imaginación para visualizar esta magnífica obra como era en su mejor época, bajo el brillante sol del Asia Menor, lo prefiero mil veces donde ahora está; el sólo pensar que tamaña maravilla estuvo medio enterrada por siglos y que partes de sus esculturas de fino mármol fueron utilizadas para fabricar cal, me deprime.
Sí, contemplar a la bella Nefertiti y al Gran Altar de Pérgamo vale, por si sólo, un viaje a Berlín; además, si se aprovecha la ocasión para cruzar la histórica Puerta de Brandenburgo y caminar, sin prisa, bajo los tilos de la romántica Avenida Unter den Linden y mucho más, tanto mejor.
Osvaldo González Rojas.
Fue una impresión de magnitud inesperada, ¡jamás pensé que me parecería tan bella!; ¡sus labios y la simetría de su rostro!, ¡su fino y largo cuello!, ¡la serena majestad de su aspecto!; ¡todo en ella irradiaba encanto y magnificencia!; ni siquiera su oreja rota y el ojo faltante disminuían la sensación de armonía y dignidad de ese rostro milenario que, imperturbable, parecía mirar al infinito, desde su elevada posición en el centro de aquella obscura sala.
Yo sabía que la habría de encontrar allí; ¡había ido en su búsqueda! pero nunca imaginé que me impactaría de ese modo. Al verla, no pude reprimir una exclamación espontánea “so beautiful!” – curiosamente, así, ¡en inglés!, una trampa, humorada o zancadilla de mi mente, obligada a pensar, durante algunos días ya, en esa lengua.
Ya sabéis que soy fotógrafo; la belleza de aquella imagen me dominó por completo; tras algunos minutos de inmovilidad física y de éxtasis espiritual, me sentí impelido a contemplarla desde abajo, buscando aquel ángulo desde el cual sus súbditos hubieron de admirarla; apoyé una rodilla en tierra mientras, fascinado, componía su imagen en mi cerebro y luego la encuadraba en el visor de la cámara. Al incorporarme giré mil veces a su alrededor, fijando en la película aquellas visiones que sólo podrían retornar a mi mente en maravillosos sueños. El guardia de la sala, testigo de mi arrobamiento y quizás de mi exclamación a media voz, posiblemente sorprendido también por el gesto de aquel visitante que parecía rendir pleitesía a la reina, se sintió inclinado a hacer algún comentario sobre el busto de la soberana de triste y trágico destino y también sobre los recuerdos familiares que allí la acompañaban.
Ese magnífico retrato de Nefertiti, en arcilla pintada, fue descubierto el 6 de Diciembre de 1912, por Ludwig Borchardt, en el curso de excavaciones en la que fuera, unos 3000 años atrás, la ciudad de Tell el Amarna; se lo encontró entre los polvorientos restos del taller de Tuthmosis, principal escultor de la corte. Nunca fue terminado, ni nunca abandonó tampoco el taller del maestro, ya que era utilizado como modelo oficial para otras representaciones de la que fuera la más bella soberana de Egipto y muy amada y principal esposa del Faraón Akhenaton.
Como la licencia para excavar, otorgada por el gobierno egipcio, pertenecía al comerciante berlinés James Simon, a él le fue asignado el maravilloso busto y, junto con algunas otras obras encontradas en el mismo sitio, viajó a Alemania. En el verano de ese mismo año, Simon donó sus tesoros del arte egipcio al Estado Prusiano, el cual los instaló en la Isla de los Museos de Berlín, hasta que los avatares de la guerra obligaron a su evacuación lejos de la capital; sólo pudo volver a ella en 1956 y, desde 1967, el famoso busto ha residido en el Museo Egipcio, frente al palacio de Charlottenburg, acompañada de otras múltiples y magníficas piezas arqueológicas procedentes del antiguo Egipto.
La historia es obscura en la época de Nefertiti, cuyo nombre significa “La Hermosa Ha Llegado”. Pudo haber sido hija de Ay, uno de los altos funcionarios del reino y quien, años después, sucedería a Tutankamon. No hay duda que fue muy feliz junto a su marido (hay múltiples y muy tiernas referencias que así lo atestiguan) y que tuvo seis hijas; menos claro es que tuviese también un hijo (existe cierta controversia al respecto) quien pudiera haber sido, precisamente, el futuro Tutankamon. Su marido, hijo de Amenhotep III, comenzó reinando, bastante joven, con el nombre Amenhotep IV (Amenhotep significa “Amon Está Contento”) y muy pronto dejó en claro que era alguien especial pues, apenas en el primer año de su reinado, hizo construir un templo en Karnak, no dedicado a Amon, el dios más importante del politeísmo egipcio de esa época, sino que a Aton, un nuevo dios, cuyo nombre significa, literalmente, “El Disco Solar”. Este joven Faraón debió ser un filósofo, sólo así se podría explicar que, siendo tan joven, haya sido capaz de imaginar la existencia de un solo dios, su Aton, y que haya intentado reemplazar por él a todo el amplio repertorio de dioses que, hasta entonces, colmaban la religión egipcia.. En el quinto año de su reinado tomó, además, dos decisiones muy iconoclásticas: cambió su nombre por el de Akhenaton (es decir, “Gloria al Disco Solar“) y comenzó a construir una nueva capital, en la región de El-Amarna, en el Egipto Medio, que se llamaría Akhetaton (Horizonte de Aton). Esto lo hizo con el claro propósito de reemplazar a Tebas y a Memphis como centros religiosos del país. Ambas medidas fueron conflictivas porque, aparte de dejar cesantes a la multitud de sacerdotes y comerciantes que vivían del culto a la miríada de dioses de la antigua religión, ellas desconcertaron al pueblo, el cual no estaba preparado para asimilar tan revolucionaria idea, ni comprender las razones por las que su Faraón renegaba de Amon y de las otras deidades tradicionales. Además, Akhenaton, como buen filósofo, vivía un poco en otro mundo y no se ocupaba mucho de la política, tanto de la interior como de la exterior, lo cual hizo decaer el Imperio e incrementó las molestias y las críticas a su gestión. Hay evidencias que la iconoclastía y los otros problemas mencionados, que caracterizaron su reinado, causaron una gran inquietud entre importantes sectores sociales, al extremo que, tras 18 años de gobierno, Akhenaton desaparece, probablemente asesinado, borrándose también, con este hecho, la historia de Nefertiti. De aquí en adelante sólo hay dudas y conjeturas; es posible que Nefertiti haya sucedido brevemente a su marido, con el seudónimo de Smenkhkara, para, muy pronto, ceder el trono a Tutankaton (“Imagen Viviente de Aton”) y quien, más tarde, cuando se denunció a Akhenaton como hereje, cambiaría su nombre por el de Tutankamon.
Poco tiempo después, la corte abandonó la ciudad en el-Amarna, retornando al tradicional centro administrativo de Menphis y así fue como el taller de Thutmosis fue olvidado, cubierto por las arenas del inhóspito desierto y preservado, con su maravilloso contenido, durante tres milenios.
Sería interesante continuar con la historia de la Décimo Octava Dinastía, la correspondiente al reinado del famoso aunque desconocido Tutankamon, pero no teniendo nada personal que decir al respecto, ello sería tan sólo una transcripción de escritos de otros; tendrán que esperar pues que, al menos, logre ver el tesoro de este Faraón, para lo cual no encuentro otra opción que viajar a Egipto y visitar el Museo del Cairo, porque no creo que se repitan las oportunidades que he dejado pasar para hacerlo. Sin pretender aburrirlos, les contaré: la primera de ellas fue en 1972, mientras estaba yo de visita en Londres, por suerte sin pasaporte diplomático; allí me enteré que el Tesoro en cuestión se exhibía en el Museo Británico pero pronto supe que me quedaría con las ganas de verlo (o con los crespos hechos, porque en ese entonces tenía pelo para ello); a pesar que en esa época había muchos chilenos que ya hacían colas tan largas como la que entonces vi (y sólo para comprar leche o aceite) yo renuncié al sacrificio; será para otra vez, me dije y, sorpresivamente, ¡hubo otra!; fue en 1980, en Colonia, Alemania pero, de nuevo, la fila de trescientos metros me desanimó y hasta me causó escalofríos (para ese entonces, mis propios recuerdos de las colas que tuve que hacer en 1973, me habían predispuesto mal en contra de ellas). Sí, tendré y tendréis que esperar, pero sepan que no pierdo las esperanzas de viajar a Egipto; por alguna enigmática razón, quizás hasta genética, siempre me ha fascinado el arte y la historia de ese país.
Para terminar este artículo, siento que es propicia una reflexión: resulta chocante, ciertamente, constatar el formidable expolio de tesoros arqueológicos realizado por los países civilizados en aquellos que lo fueron antes que ellos (momias egipcias, por ejemplo, hay en todas partes, ¡hasta en Concepción!); sin duda que eso es una desgracia para los actuales nacionales de dichos países pero es también una gran ventaja para la difusión y conocimiento de esas culturas porque es más fácil acceder a ellos. También es posible que, estando donde están, esos tesoros se encuentren más protegidos; sabido es que lo que se tiene a la vista todo el tiempo termina por no ser visible, por no ser valorado ni cuidado, lo cual puede conducir a su completa destrucción. La evidencia que esto último puede evitarse me quedó muy clara al admirar el Gran Altar de Pérgamo, conservado en el museo del mismo nombre, en la Isla de los Tales, también en Berlín; a pesar que es necesario realizar un gran esfuerzo de imaginación para visualizar esta magnífica obra como era en su mejor época, bajo el brillante sol del Asia Menor, lo prefiero mil veces donde ahora está; el sólo pensar que tamaña maravilla estuvo medio enterrada por siglos y que partes de sus esculturas de fino mármol fueron utilizadas para fabricar cal, me deprime.
Sí, contemplar a la bella Nefertiti y al Gran Altar de Pérgamo vale, por si sólo, un viaje a Berlín; además, si se aprovecha la ocasión para cruzar la histórica Puerta de Brandenburgo y caminar, sin prisa, bajo los tilos de la romántica Avenida Unter den Linden y mucho más, tanto mejor.
Osvaldo González Rojas.
PRIMER AMOR
PRIMER AMOR
Osvaldo González Rojas
Voy a contarles una historia; por su titulo pudiera parecerles que se trata de una historia de amor pero ello no es exactamente así; cierto es que comenzó siéndolo pero, a esta altura, se ha convertido en algo diferente... Yo diría que es, más precisamente, un relato que ilustra la fuerza con la cual, en la vida, somos impelidos a cerrar los círculos inconclusos... En ningún caso es un lamento de lo que pudo ser y no fue, ni tampoco es una expresión del anhelo de lo que, todavía, pudiera ser...
Comienza alrededor de mis quince años; en ese entonces vivía yo enfrente del Instituto Santa Cruz, un selecto colegio para señoritas en la ciudad de Talca; este simple hecho, a una edad, en la cual las hormonas despiertan nuevos y urgentes intereses en los jóvenes, se transformó, para mí, en una circunstancia tan atractiva como pudiera haber sido para un gatito el vivir enfrente de una pescadería; con tamaña y diaria tentación, parecía inevitable que terminase prendándome, al menos visualmente, de alguna de las encantadoras féminas que, cotorreando, desfilaban ante mis ojos. Y, claro, no sólo yo estaba expuesto a tan atractivo espectáculo, sino que también mis vecinos y los amigos que me visitaban; así fue, en algún momento, que Octavio y yo caímos bajo el hechizante influjo de la recientemente descubierta belleza femenina. No recuerdo los detalles, ni cómo o porqué fueron ellas pero, a poco andar, la sola vista de Darinka y María Angélica, hacia saltar nuestros respectivos corazones, al punto que temíamos que el acelerado palpitar de este indiscreto órgano revelase, a nuestras indiferentes elegidas, la magnitud del sublime sentimiento secreto que por ellas experimentábamos. Darinka era morena, de pelo negro y tez clara; María Angélica era rubia, fina y grácil, una típica española, cuyo doble vi en Barcelona, hace un par de años; su rostro me parecía tan angelical como su nombre pero tan inalcanzable como esos etéreos visitantes del Paraíso. Pasar de la contemplación a la acción, establecer contacto, iniciar una amistad con ellas, eran logros que parecían imposibles; las razones eran varias: primero, porque ya nos sentíamos enamorados, lo cual acentuaba nuestra timidez y dificultaba un comportamiento normal; segundo, porque ellas no sólo estaban en un curso superior al nuestro, sino que eran de un nivel socioeconómico claramente diferente... Así las cosas, era muy poco a lo que nos atrevíamos para tratar de desbloquear tan insoluble situación. Pero, a pesar de todo, algo intentamos: Octavio, en un rapto de audacia, se las ingenió para iniciar una superficial amistad con el hermano de su Darinka, lo cual le dio un débil pero buen pretexto para golpear la puerta de su casa, con la secreta esperanza que fuese la bella damita de sus desvelos quien le abriese. Por mi parte, en algún momento, concebí una genial idea: enviar una carta a María Angélica... Entonces, sin pensar mucho e inflamado de inocente y juvenil pasión escribí, con emocionada letra, un par de frases conteniendo toda una desesperada declaración de amor, la primera y última que, en mi vida, formulé por escrito... Sin embargo, como siempre, después de la tormenta viene la calma y, reflexionando en lo que había hecho, aunque haya firmado con un seudónimo, me sentí terriblemente ridículo, no tanto por haberme enamorado de ese modo, o por haberlo confesado en aquella forma, sino que por la fatal ocurrencia de haber utilizado verdadera sangre de mi sufriente corazón, en vez de tinta... Sí, así como lo leen, ¡escribí con mi propia y roja sangre! ... Sí, sí, no se rían, comprendo bien la necesidad de una explicación.... Nada había de satánico en ese asunto.... Sucedió, simplemente, que un poco tiempo atrás me habían regalado un microscopio, el cual me despertó la afición por observar muchas cosas, entre ellas mi sangre, la cual, muy expertamente, sacaba de mis dedos, sin la menor mueca de dolor. De allí a que tuviera la romántica y dramática idea de escribir tan particular misiva con el rojo fluido, hubo un solo paso y, después de haber enviado la carta, a sentirme muy ridículo con lo hecho, otro... Obviamente, tan precipitada como original ocurrencia dificultó todavía más mis expectativas amorosas...
Como ven, el panorama se presentaba oscuro... Sin embargo, en medio de tan compleja situación nos quedaba un pequeño pero significativo consuelo: mi incipiente afición a la fotografía permitía, furtivamente y desde las ventanas de mi casa, captar estáticas imágenes de aquellas que, de otra manera, sólo podíamos contemplar, fugazmente, a la salida de clases, o en planeados pero bastante aleatorios cruzamientos en la calle. Así fue como me hice de un pequeño pero muy querido conjunto de fotografías en blanco y negro, endeble sustituto de una imposible realidad y cuyos negativos, como tantos otros que han extendido la memoria de mi existencia, conservé, cuidadosamente, a través de los años.
Esta historia de imposibles, idealizados y primerizos amores terminó abruptamente cuando sus inocentes protagonistas finalizaron la educación secundaria, un año antes que nosotros. A partir de entonces no las volvimos a ver, muy probablemente porque emigraron en busca de las universidades que en Talca no existían. Para peor, sólo meses después, el padre de mi cómplice fue trasladado a Valdivia y, con ello, la amistad que nos había unido, aunque sostenida algún tiempo por esporádicas cartas, fue apagándose gradualmente, en la medida que otras amistades y otros amores llenaban el vacío que las circunstancias habían generado. Al final de ese año mi propia familia se instaló en Concepción, donde inicié otra etapa de mi vida. Perdí, así, en algún momento, todo contacto con ese amigo, con mi ciudad natal y con aquella de sus habitantes que me parecía la más bella..
Otro capítulo de esta historia se inicia treinta años después cuando, entre las novedades que me deparó el regreso de un largo viaje, estuvo el hecho que alguna de mis perras, aburrida y triste por la ausencia de su papá (nótese que no digo amo...) se había comido el lomo de algunos viejos libros guardados en la pieza que les servía de dormitorio; revisando la gravedad del desastre descubrí, dentro de uno de ellos y con emoción, una de aquellas largas y simpáticas cartas que, en su notable estilo, me había escrito mi antiguo amigo. Aunque esa carta daría para otro montón de páginas de comentarios, de seguro muy emotivos y sabrosos, la dejaré para otra oportunidad; baste decir que, con este inesperado hallazgo, se renovó mi interés en saber nuevamente de Octavio; sin duda que encontrarlo, después de tanto tiempo, era una tarea muy difícil y el único camino viable que imaginé fue el de buscar su nombre en las guías telefónicas de todo el país, con mucha paciencia y a medida que se diesen las oportunidades para ello. Así, con ese propósito en mente y mientras hojeaba el grueso directorio de la capital, me llevé la sorpresa, no de encontrar allí el nombre de mi amigo, sino que el de su amor imposible, pues ambos llevan el mismo apellido. Fue una sorpresa de verdad porque es usual que, tras el matrimonio, las mujeres cedan su representación al marido, y uno no espera encontrar sus nombres en la guía, a menos que permanezcan solteras o que ejerzan alguna profesión liberal. La dirección adjunta y el convencimiento de que hacerle llegar aquellas desconocidas y casi históricas fotografías, junto con un sucinto relato acerca de su origen, le debería resultar simpático y agradable, me impulsó a remitirle el conjunto. Mis previsiones no fueron equivocadas pues así lo confirmé en un grato contacto telefónico con ella; me enteré, entonces, con mucho agrado y sin revelar mi propio sentir del pasado, que María Angélica, con quien Darinka mantenía una estrecha amistad, aún vivía en Talca y se encontraba muy bien. Su nombre, sin embargo, no aparecía en el directorio telefónico de esa ciudad.
Transcurren luego y sin mayores novedades al respecto, once años más.
Volver a la ciudad de mi infancia era una idea que, con cierta frecuencia, rondaba en mi mente desde hacía largo tiempo; ¡es que permanecen, en esa querida ciudad, los detonantes de tantos recuerdos esperando por mí!; no sólo están los árboles que ornan la Alameda y la Plaza, los mismos de entonces, sino que también las piedras de las calles de mi niñez, y las casas en las que viví, y mis colegios, y el cine que aún sobrevive... ¡están todos los lugares conocidos y vividos en mis primeros años en este mundo!. Llevar a cabo este propósito estuvo largo tiempo en espera hasta que, hace un par de semanas, aprovechando algunos días libres, decidí que era la ocasión de hacerlo de una buena vez. No menos de ocho años, habían pasado desde de mi última y breve visita y este tan esperado retorno fue una muy gratificante experiencia. Volví a recorrer casi todos los lugares de importancia en mi niñez y adolescencia; fue una aventura hacia gratos episodios de mi pasado; sobre todo pude recordar, recordar mucho y revivir sensaciones dormidas durante décadas: me vi en la puerta de mi primera casa, jugando con mi perro Tony; paseando, de la mano de mi madre, por la arbolada alameda; corriendo en el patio de mis colegios y, por cierto, también atisbando el paso de ese par de amigas que nos desvelaban, a través de las ventanas de la última de nuestras casas, aquella ubicada frente al Instituto Santa Cruz. Y con esto damos paso al último y más significativo de los capítulos de esta nostálgica historia pues debo decirles que, en mi segunda noche en el apacible hotel Amalfi, a medida que escudriñaba en la guía telefónica tras la búsqueda de nombres de antiguos conocidos, encontré aquel de la grácil personita rubia que, cuarenta años atrás, hacía batir locamente mi corazón. Esa noche supe que podría cerrar otro de los círculos inconclusos de mi vida. Aunque grande fue mi deseo de intentar verla y algunas locas posibilidades destellaron en mi mente, decidí que lo mejor sería llamarla por teléfono, presentarme y explicarle lo de las fotos que le enviaría por correo. Esa noche entonces, sentado en la Plaza de Armas, debajo de los mismos árboles que me acogían cuando niño e inmerso en el dulzón aroma de los tilos en flor, tuve la satisfacción de escuchar, por primera vez, la voz de quien suscitó mis primeras penas y alegrías de amor. Esa simpática conversación rompió un secreto guardado durante cuarenta años y me permitió develar algunos de los detalles que la intrigaban desde que supo de las fotos recibidas por su amiga. Sin embargo, nada dije de que yo hubiese enviado, además, cartas de amor escritas con tinta roja... Quizás necesito que pasen, todavía, otros diez años o, al menos, que ella me pregunte, algún día, si tuve algo que ver con unas misteriosas cartas que le llegaron por esa misma época...
Lo siento, pero este relato se detiene aquí. Como expresé al inicio, con su último capítulo se ha cerrado un círculo. El recuerdo que me ha dejado esa noche del 21 de noviembre de 2003 es especialmente gratificante; estoy seguro que también debiera ser así para María Angélica, aún cuando no tenga ni la misma intensidad ni la misma causa que el mío.
Osvaldo González Rojas
Voy a contarles una historia; por su titulo pudiera parecerles que se trata de una historia de amor pero ello no es exactamente así; cierto es que comenzó siéndolo pero, a esta altura, se ha convertido en algo diferente... Yo diría que es, más precisamente, un relato que ilustra la fuerza con la cual, en la vida, somos impelidos a cerrar los círculos inconclusos... En ningún caso es un lamento de lo que pudo ser y no fue, ni tampoco es una expresión del anhelo de lo que, todavía, pudiera ser...
Comienza alrededor de mis quince años; en ese entonces vivía yo enfrente del Instituto Santa Cruz, un selecto colegio para señoritas en la ciudad de Talca; este simple hecho, a una edad, en la cual las hormonas despiertan nuevos y urgentes intereses en los jóvenes, se transformó, para mí, en una circunstancia tan atractiva como pudiera haber sido para un gatito el vivir enfrente de una pescadería; con tamaña y diaria tentación, parecía inevitable que terminase prendándome, al menos visualmente, de alguna de las encantadoras féminas que, cotorreando, desfilaban ante mis ojos. Y, claro, no sólo yo estaba expuesto a tan atractivo espectáculo, sino que también mis vecinos y los amigos que me visitaban; así fue, en algún momento, que Octavio y yo caímos bajo el hechizante influjo de la recientemente descubierta belleza femenina. No recuerdo los detalles, ni cómo o porqué fueron ellas pero, a poco andar, la sola vista de Darinka y María Angélica, hacia saltar nuestros respectivos corazones, al punto que temíamos que el acelerado palpitar de este indiscreto órgano revelase, a nuestras indiferentes elegidas, la magnitud del sublime sentimiento secreto que por ellas experimentábamos. Darinka era morena, de pelo negro y tez clara; María Angélica era rubia, fina y grácil, una típica española, cuyo doble vi en Barcelona, hace un par de años; su rostro me parecía tan angelical como su nombre pero tan inalcanzable como esos etéreos visitantes del Paraíso. Pasar de la contemplación a la acción, establecer contacto, iniciar una amistad con ellas, eran logros que parecían imposibles; las razones eran varias: primero, porque ya nos sentíamos enamorados, lo cual acentuaba nuestra timidez y dificultaba un comportamiento normal; segundo, porque ellas no sólo estaban en un curso superior al nuestro, sino que eran de un nivel socioeconómico claramente diferente... Así las cosas, era muy poco a lo que nos atrevíamos para tratar de desbloquear tan insoluble situación. Pero, a pesar de todo, algo intentamos: Octavio, en un rapto de audacia, se las ingenió para iniciar una superficial amistad con el hermano de su Darinka, lo cual le dio un débil pero buen pretexto para golpear la puerta de su casa, con la secreta esperanza que fuese la bella damita de sus desvelos quien le abriese. Por mi parte, en algún momento, concebí una genial idea: enviar una carta a María Angélica... Entonces, sin pensar mucho e inflamado de inocente y juvenil pasión escribí, con emocionada letra, un par de frases conteniendo toda una desesperada declaración de amor, la primera y última que, en mi vida, formulé por escrito... Sin embargo, como siempre, después de la tormenta viene la calma y, reflexionando en lo que había hecho, aunque haya firmado con un seudónimo, me sentí terriblemente ridículo, no tanto por haberme enamorado de ese modo, o por haberlo confesado en aquella forma, sino que por la fatal ocurrencia de haber utilizado verdadera sangre de mi sufriente corazón, en vez de tinta... Sí, así como lo leen, ¡escribí con mi propia y roja sangre! ... Sí, sí, no se rían, comprendo bien la necesidad de una explicación.... Nada había de satánico en ese asunto.... Sucedió, simplemente, que un poco tiempo atrás me habían regalado un microscopio, el cual me despertó la afición por observar muchas cosas, entre ellas mi sangre, la cual, muy expertamente, sacaba de mis dedos, sin la menor mueca de dolor. De allí a que tuviera la romántica y dramática idea de escribir tan particular misiva con el rojo fluido, hubo un solo paso y, después de haber enviado la carta, a sentirme muy ridículo con lo hecho, otro... Obviamente, tan precipitada como original ocurrencia dificultó todavía más mis expectativas amorosas...
Como ven, el panorama se presentaba oscuro... Sin embargo, en medio de tan compleja situación nos quedaba un pequeño pero significativo consuelo: mi incipiente afición a la fotografía permitía, furtivamente y desde las ventanas de mi casa, captar estáticas imágenes de aquellas que, de otra manera, sólo podíamos contemplar, fugazmente, a la salida de clases, o en planeados pero bastante aleatorios cruzamientos en la calle. Así fue como me hice de un pequeño pero muy querido conjunto de fotografías en blanco y negro, endeble sustituto de una imposible realidad y cuyos negativos, como tantos otros que han extendido la memoria de mi existencia, conservé, cuidadosamente, a través de los años.
Esta historia de imposibles, idealizados y primerizos amores terminó abruptamente cuando sus inocentes protagonistas finalizaron la educación secundaria, un año antes que nosotros. A partir de entonces no las volvimos a ver, muy probablemente porque emigraron en busca de las universidades que en Talca no existían. Para peor, sólo meses después, el padre de mi cómplice fue trasladado a Valdivia y, con ello, la amistad que nos había unido, aunque sostenida algún tiempo por esporádicas cartas, fue apagándose gradualmente, en la medida que otras amistades y otros amores llenaban el vacío que las circunstancias habían generado. Al final de ese año mi propia familia se instaló en Concepción, donde inicié otra etapa de mi vida. Perdí, así, en algún momento, todo contacto con ese amigo, con mi ciudad natal y con aquella de sus habitantes que me parecía la más bella..
Otro capítulo de esta historia se inicia treinta años después cuando, entre las novedades que me deparó el regreso de un largo viaje, estuvo el hecho que alguna de mis perras, aburrida y triste por la ausencia de su papá (nótese que no digo amo...) se había comido el lomo de algunos viejos libros guardados en la pieza que les servía de dormitorio; revisando la gravedad del desastre descubrí, dentro de uno de ellos y con emoción, una de aquellas largas y simpáticas cartas que, en su notable estilo, me había escrito mi antiguo amigo. Aunque esa carta daría para otro montón de páginas de comentarios, de seguro muy emotivos y sabrosos, la dejaré para otra oportunidad; baste decir que, con este inesperado hallazgo, se renovó mi interés en saber nuevamente de Octavio; sin duda que encontrarlo, después de tanto tiempo, era una tarea muy difícil y el único camino viable que imaginé fue el de buscar su nombre en las guías telefónicas de todo el país, con mucha paciencia y a medida que se diesen las oportunidades para ello. Así, con ese propósito en mente y mientras hojeaba el grueso directorio de la capital, me llevé la sorpresa, no de encontrar allí el nombre de mi amigo, sino que el de su amor imposible, pues ambos llevan el mismo apellido. Fue una sorpresa de verdad porque es usual que, tras el matrimonio, las mujeres cedan su representación al marido, y uno no espera encontrar sus nombres en la guía, a menos que permanezcan solteras o que ejerzan alguna profesión liberal. La dirección adjunta y el convencimiento de que hacerle llegar aquellas desconocidas y casi históricas fotografías, junto con un sucinto relato acerca de su origen, le debería resultar simpático y agradable, me impulsó a remitirle el conjunto. Mis previsiones no fueron equivocadas pues así lo confirmé en un grato contacto telefónico con ella; me enteré, entonces, con mucho agrado y sin revelar mi propio sentir del pasado, que María Angélica, con quien Darinka mantenía una estrecha amistad, aún vivía en Talca y se encontraba muy bien. Su nombre, sin embargo, no aparecía en el directorio telefónico de esa ciudad.
Transcurren luego y sin mayores novedades al respecto, once años más.
Volver a la ciudad de mi infancia era una idea que, con cierta frecuencia, rondaba en mi mente desde hacía largo tiempo; ¡es que permanecen, en esa querida ciudad, los detonantes de tantos recuerdos esperando por mí!; no sólo están los árboles que ornan la Alameda y la Plaza, los mismos de entonces, sino que también las piedras de las calles de mi niñez, y las casas en las que viví, y mis colegios, y el cine que aún sobrevive... ¡están todos los lugares conocidos y vividos en mis primeros años en este mundo!. Llevar a cabo este propósito estuvo largo tiempo en espera hasta que, hace un par de semanas, aprovechando algunos días libres, decidí que era la ocasión de hacerlo de una buena vez. No menos de ocho años, habían pasado desde de mi última y breve visita y este tan esperado retorno fue una muy gratificante experiencia. Volví a recorrer casi todos los lugares de importancia en mi niñez y adolescencia; fue una aventura hacia gratos episodios de mi pasado; sobre todo pude recordar, recordar mucho y revivir sensaciones dormidas durante décadas: me vi en la puerta de mi primera casa, jugando con mi perro Tony; paseando, de la mano de mi madre, por la arbolada alameda; corriendo en el patio de mis colegios y, por cierto, también atisbando el paso de ese par de amigas que nos desvelaban, a través de las ventanas de la última de nuestras casas, aquella ubicada frente al Instituto Santa Cruz. Y con esto damos paso al último y más significativo de los capítulos de esta nostálgica historia pues debo decirles que, en mi segunda noche en el apacible hotel Amalfi, a medida que escudriñaba en la guía telefónica tras la búsqueda de nombres de antiguos conocidos, encontré aquel de la grácil personita rubia que, cuarenta años atrás, hacía batir locamente mi corazón. Esa noche supe que podría cerrar otro de los círculos inconclusos de mi vida. Aunque grande fue mi deseo de intentar verla y algunas locas posibilidades destellaron en mi mente, decidí que lo mejor sería llamarla por teléfono, presentarme y explicarle lo de las fotos que le enviaría por correo. Esa noche entonces, sentado en la Plaza de Armas, debajo de los mismos árboles que me acogían cuando niño e inmerso en el dulzón aroma de los tilos en flor, tuve la satisfacción de escuchar, por primera vez, la voz de quien suscitó mis primeras penas y alegrías de amor. Esa simpática conversación rompió un secreto guardado durante cuarenta años y me permitió develar algunos de los detalles que la intrigaban desde que supo de las fotos recibidas por su amiga. Sin embargo, nada dije de que yo hubiese enviado, además, cartas de amor escritas con tinta roja... Quizás necesito que pasen, todavía, otros diez años o, al menos, que ella me pregunte, algún día, si tuve algo que ver con unas misteriosas cartas que le llegaron por esa misma época...
Lo siento, pero este relato se detiene aquí. Como expresé al inicio, con su último capítulo se ha cerrado un círculo. El recuerdo que me ha dejado esa noche del 21 de noviembre de 2003 es especialmente gratificante; estoy seguro que también debiera ser así para María Angélica, aún cuando no tenga ni la misma intensidad ni la misma causa que el mío.
LAURENCE, LAURENCE Y EL CARTÓN DE LEONARDO
LAURENCE, LAURENCE Y EL CARTÓN DE LEONARDO
El “Cartón de Leonardo” es un dibujo a carboncillo y tiza, apenas poco más que un esbozo, que el genio de Vinci nos legó y que la Humanidad conserva como uno de sus grandes tesoros. Custodio de esta famosa, exquisita y frágil obra de arte es la National Gallery, de Londres, que la exhibe en una pequeña y exclusiva sala, casi una capilla, en la que reina un permanente crepúsculo y una controlada atmósfera. El lugar invita a la meditación, no sólo porque el tema es exultante para el espíritu, sino porque la maestría inigualable con la que está realizado, reveladora del genio de Leonardo, nos eleva a las alturas y nos inunda de admiración.
El “Cartón”, así llamado porque el dibujo está ejecutado sobre una especie de tal, fue concebido como un paso intermedio para la realización de un fresco o de una pintura sobre tela, función que nunca cumplió. Representa una escena en la cual la Virgen María, sentada sobre la rodilla derecha de Santa Ana, su madre, sostiene al Niño Jesús en sus brazos, quien se inclina para bendecir al también niño, San Juan Bautista. La obra, como tantas otras que inició el gran maestro florentino, quedó inconclusa, obligando a la mente de cada observador a realizar el intento de imaginar la impresión que una maravilla semejante, terminada, podría haberle provocado.
Contemplar aquel dibujo, cuya pequeña reproducción decora mi dormitorio, era uno de los objetivos principales que deseaba alcanzar en esa visita al Reino Unido. Ese día, el segundo de los seis que estaría en Londres, había llegado temprano a la National Gallery y, tras recorrer dos veces cada una de las diferentes salas, inclusive aquella que alberga la famosa obra, terminé nuevamente allí, buscando reposo para mis pies y mi mente. Y ahí pues, sentado en casi religioso recogimiento, estaba yo, tratando de fijar en mi memoria aquellos detalles invisibles en las pequeñas reproducciones y casi viendo, a Leonardo, en la tarea de realizar las tan admiradas líneas que han cautivado de encanto, durante tantos siglos. Allí estaba yo cuando entró ella, quien, tras sentarse a mi lado, exclamó para sí misma, “Oh, quelle merveille!”, pronunciando las palabras que, en otra lengua, pugnaban también por salir de mi boca. Por supuesto que la miré con sorpresa y simpatía ¡y no sólo por su madura belleza!. A modo de disculpa, por permitirse romper aquel casi místico silencio, agregó, esta vez en inglés, “It is incredible!, don´t you think so?” Ya pueden ustedes imaginar el intercambio de íntimas, profundas y muy personales impresiones que sobre la obra y su autor siguió. Ambos concordamos en la gran suerte que teníamos de estar allí y ambos pensamos, creo, que habíamos encontrado, bajo la mortecina luz que bañaba al Cartón de Leonardo, a nuestra respectiva alma gemela.
Viajar solo tiene ciertas ventajas pero también desventajas; la principal, de entre estas últimas, es que no siempre se tiene a alguien con quien compartir las impresiones que las novedades encontradas en el camino nos causan y, claro, ello le resta profundidad a nuestro propio placer. ¿Se han dado cuenta ustedes que tras contemplar un majestuoso paisaje, una maravillosa obra de arte o una espectacular mujer, que tras saborear un delicioso manjar o realizar una caricia íntima, necesitamos decir y escuchar frases como ¡qué lindo!, ¡qué rico(a)!, ¡qué maravilla!, o simplemente compartir unos más o menos largos ¡Ooh!, de admiración o de gozo, para que, realimentando nuestra propia satisfacción la hagamos mayor?. ¡Así no más es! y Laurence V. y yo, colmamos nuestra mutua necesidad compartiendo emociones, impresiones y sentimientos, todo lo cual ayudó a convencernos que aquello, tan especial que experimentábamos allí, no era una ilusión individual. ¿Habrá imaginado el Gran Leonardo que una de sus inconclusas obras suscitaría tal revuelo espiritual en quienes la observasen, 500 años después de realizarla?. Sospecho que, aún en vida, debió constatarlo; no logro creer que esta encantadora obra maestra pudiese haber llegado hasta nuestros días, si así no hubiera sido desde el principio.
Solamente cuando fuimos expulsados de aquel Paraíso, al cierre del museo, abandonamos ese maravilloso lugar. Nuestra conversación continuó mientras paseábamos alrededor de la Columna de Nelson, en Trafalgar Square y fue sólo tras dar varias vueltas a ella y de habernos enterado de nuestras mutuas profesiones, intereses y propósitos, más no de intimidades, que decidimos separarnos para continuar con nuestros programas; ella para encontrarse con alguien y yo para seguir empapándome de ese Londres que no veía desde hacía 25 años. Es muy común que en los viajes ocurran estos humanos encuentros, que un aviador describiría como “toques y despegues”, que siempre dejan gusto a poco.
En mi interés de volver a ver a aquella bella e interesante mujer, le comenté, al despedirnos, sobre el magnífico concierto que habría, ese mismo anochecer, en la cercana iglesia Saint Martin in the Fields; Laurence V. me dijo “au revoir”, asegurándome que intentaría asistir.
La iglesia estaba llena de buenas gentes y de buenas notas. ¡Qué bien hace la buena música después de un día pleno de novedades y de armonías visuales!; ¡qué bien se siente uno compartiéndola con personas a las que basta con mirarles el rostro para ver sus almas en resonancia con la nuestra!; ¡qué bien hace experimentar la divina emoción de escuchar la buena música, en la Casa de Dios!.
Mis ojos la buscaron pero no fue sino hasta que la iglesia comenzó a quedar vacía que la vi; comprendí, de inmediato, que jamás su corazón, ni ninguna de sus otras partes, podrían ser nunca mías; la ternura con la que abrazaba, desde atrás, a su acompañante y el delicado beso que depositaba en su oreja izquierda, me parecieron signos inequívocos del amor que compartían. Me retiré de allí sin volver la vista atrás y pensando en lo injusta que, a veces, parece ser la vida; como Dolce Vita, aquel simpático y siempre optimista personaje de la desaparecida revista “El Pingüino”, me consolé pensando en que Caen, la ciudad de Francia en la que ella vivía, está muy lejos de Concepción.
Mis días en Londres continuaron como son todos los días en Londres: intensos, emocionantes, llenos de impresiones inolvidables y de una sensación típica del “déjà vu”. Y claro, ¡es así!, la historia, la cultura y hasta la música británica, son parte integral de nuestras vidas. Estar en Londres es como volver a un lugar conocido desde siempre; todo en él nos habla de reyes, de guerras, de caballeros elegantes y de damas refinadas, pero también de los personajes de Agatha Cristie, de los Beatles y del Signo Fatídico (el de la historia aquella del Capitán Blake y de su amigo Mortimer, personajes que ahora, de nuevo, reviven, no en "el Peneca", sino que en la televisión) entre tantos otros que pueblan nuestra memoria.
Londres, como París es París, es Londres. ...y no crean que me salió humo de la cabeza para concluir esto.
Naturalmente que no podía permitirme abandonar la Isla sin rendir un último homenaje a “La Virgen de las Rocas” y a “La Virgen con Santa Ana y el Niño”. Aprovechando que los museos del Reino son gratuitos, como corresponde a posesiones del pueblo británico, me permití ingresar a la National Gallery sólo 30 minutos antes del cierre, dirigiendo de inmediato mis pasos hacia donde ustedes ya suponen. Tras algunos minutos de contemplación de “La Virgen de las Rocas”, en la que siempre creo ver a nuestra señera Cruz del Sur (*) ingresé a la crepuscular estancia y, ¿a qué no saben a quién encontré allí?, ........¡aaah, veo que acertaron!. ¡Sí pues, a ella misma!, a mi francesa amiga Laurence V., tiernamente cogida de la mano de su rubia, joven y bellísima acompañante. Grande fue nuestra mutua sorpresa, casi como la vuestra al leer esto y grande también nuestra mutua complacencia al constatar que ambos habíamos tenido la misma feliz idea en la víspera de nuestras partidas. ¿Habrá la Dra. Laurence V. lamentado entonces que su alma gemela ocupase el cuerpo de un hombre?. Creí advertir, en su cómplice despedida, bajo las piadosas miradas de La Virgen, de Santa Ana, de San Juan Bautista y del Niño Jesús, que era así.
A la otra Laurence, a Laurence L., la conocí en la Place des Vosgues en París, frente a la casa que fue el hogar de Víctor Hugo pero ella será motivo para otra historia, en otra ocasión; ahora no desearía continuar mezclando el nombre del Maestro con relatos sobre amores terrenales.
Osvaldo González Rojas.
(*) Esta impresión es algo difícil de transmitir sin conocer la obra; en todo caso se trata de lo siguiente: en ella, la posición de las cabezas de los personajes coincide, casi perfectamente, con la posición de las estrellas que conforman la Cruz del Sur; puede que sea sólo una casualidad, sobre todo si se considera que esta constelación no es visible desde Italia, pero también existe la posibilidad que Leonardo la haya visto en las cartas celestes que traían los navegantes. Para que juzgue usted por sí mismo, más abajo incluyo una reproducción de La Virgen de las Rocas y de la Cruz del Sur.
A la izquierda, “La Virgen de las Rocas ”; a su derecha, la Cruz del Sur.
El “Cartón de Leonardo” es un dibujo a carboncillo y tiza, apenas poco más que un esbozo, que el genio de Vinci nos legó y que la Humanidad conserva como uno de sus grandes tesoros. Custodio de esta famosa, exquisita y frágil obra de arte es la National Gallery, de Londres, que la exhibe en una pequeña y exclusiva sala, casi una capilla, en la que reina un permanente crepúsculo y una controlada atmósfera. El lugar invita a la meditación, no sólo porque el tema es exultante para el espíritu, sino porque la maestría inigualable con la que está realizado, reveladora del genio de Leonardo, nos eleva a las alturas y nos inunda de admiración.
El “Cartón”, así llamado porque el dibujo está ejecutado sobre una especie de tal, fue concebido como un paso intermedio para la realización de un fresco o de una pintura sobre tela, función que nunca cumplió. Representa una escena en la cual la Virgen María, sentada sobre la rodilla derecha de Santa Ana, su madre, sostiene al Niño Jesús en sus brazos, quien se inclina para bendecir al también niño, San Juan Bautista. La obra, como tantas otras que inició el gran maestro florentino, quedó inconclusa, obligando a la mente de cada observador a realizar el intento de imaginar la impresión que una maravilla semejante, terminada, podría haberle provocado.
Contemplar aquel dibujo, cuya pequeña reproducción decora mi dormitorio, era uno de los objetivos principales que deseaba alcanzar en esa visita al Reino Unido. Ese día, el segundo de los seis que estaría en Londres, había llegado temprano a la National Gallery y, tras recorrer dos veces cada una de las diferentes salas, inclusive aquella que alberga la famosa obra, terminé nuevamente allí, buscando reposo para mis pies y mi mente. Y ahí pues, sentado en casi religioso recogimiento, estaba yo, tratando de fijar en mi memoria aquellos detalles invisibles en las pequeñas reproducciones y casi viendo, a Leonardo, en la tarea de realizar las tan admiradas líneas que han cautivado de encanto, durante tantos siglos. Allí estaba yo cuando entró ella, quien, tras sentarse a mi lado, exclamó para sí misma, “Oh, quelle merveille!”, pronunciando las palabras que, en otra lengua, pugnaban también por salir de mi boca. Por supuesto que la miré con sorpresa y simpatía ¡y no sólo por su madura belleza!. A modo de disculpa, por permitirse romper aquel casi místico silencio, agregó, esta vez en inglés, “It is incredible!, don´t you think so?” Ya pueden ustedes imaginar el intercambio de íntimas, profundas y muy personales impresiones que sobre la obra y su autor siguió. Ambos concordamos en la gran suerte que teníamos de estar allí y ambos pensamos, creo, que habíamos encontrado, bajo la mortecina luz que bañaba al Cartón de Leonardo, a nuestra respectiva alma gemela.
Viajar solo tiene ciertas ventajas pero también desventajas; la principal, de entre estas últimas, es que no siempre se tiene a alguien con quien compartir las impresiones que las novedades encontradas en el camino nos causan y, claro, ello le resta profundidad a nuestro propio placer. ¿Se han dado cuenta ustedes que tras contemplar un majestuoso paisaje, una maravillosa obra de arte o una espectacular mujer, que tras saborear un delicioso manjar o realizar una caricia íntima, necesitamos decir y escuchar frases como ¡qué lindo!, ¡qué rico(a)!, ¡qué maravilla!, o simplemente compartir unos más o menos largos ¡Ooh!, de admiración o de gozo, para que, realimentando nuestra propia satisfacción la hagamos mayor?. ¡Así no más es! y Laurence V. y yo, colmamos nuestra mutua necesidad compartiendo emociones, impresiones y sentimientos, todo lo cual ayudó a convencernos que aquello, tan especial que experimentábamos allí, no era una ilusión individual. ¿Habrá imaginado el Gran Leonardo que una de sus inconclusas obras suscitaría tal revuelo espiritual en quienes la observasen, 500 años después de realizarla?. Sospecho que, aún en vida, debió constatarlo; no logro creer que esta encantadora obra maestra pudiese haber llegado hasta nuestros días, si así no hubiera sido desde el principio.
Solamente cuando fuimos expulsados de aquel Paraíso, al cierre del museo, abandonamos ese maravilloso lugar. Nuestra conversación continuó mientras paseábamos alrededor de la Columna de Nelson, en Trafalgar Square y fue sólo tras dar varias vueltas a ella y de habernos enterado de nuestras mutuas profesiones, intereses y propósitos, más no de intimidades, que decidimos separarnos para continuar con nuestros programas; ella para encontrarse con alguien y yo para seguir empapándome de ese Londres que no veía desde hacía 25 años. Es muy común que en los viajes ocurran estos humanos encuentros, que un aviador describiría como “toques y despegues”, que siempre dejan gusto a poco.
En mi interés de volver a ver a aquella bella e interesante mujer, le comenté, al despedirnos, sobre el magnífico concierto que habría, ese mismo anochecer, en la cercana iglesia Saint Martin in the Fields; Laurence V. me dijo “au revoir”, asegurándome que intentaría asistir.
La iglesia estaba llena de buenas gentes y de buenas notas. ¡Qué bien hace la buena música después de un día pleno de novedades y de armonías visuales!; ¡qué bien se siente uno compartiéndola con personas a las que basta con mirarles el rostro para ver sus almas en resonancia con la nuestra!; ¡qué bien hace experimentar la divina emoción de escuchar la buena música, en la Casa de Dios!.
Mis ojos la buscaron pero no fue sino hasta que la iglesia comenzó a quedar vacía que la vi; comprendí, de inmediato, que jamás su corazón, ni ninguna de sus otras partes, podrían ser nunca mías; la ternura con la que abrazaba, desde atrás, a su acompañante y el delicado beso que depositaba en su oreja izquierda, me parecieron signos inequívocos del amor que compartían. Me retiré de allí sin volver la vista atrás y pensando en lo injusta que, a veces, parece ser la vida; como Dolce Vita, aquel simpático y siempre optimista personaje de la desaparecida revista “El Pingüino”, me consolé pensando en que Caen, la ciudad de Francia en la que ella vivía, está muy lejos de Concepción.
Mis días en Londres continuaron como son todos los días en Londres: intensos, emocionantes, llenos de impresiones inolvidables y de una sensación típica del “déjà vu”. Y claro, ¡es así!, la historia, la cultura y hasta la música británica, son parte integral de nuestras vidas. Estar en Londres es como volver a un lugar conocido desde siempre; todo en él nos habla de reyes, de guerras, de caballeros elegantes y de damas refinadas, pero también de los personajes de Agatha Cristie, de los Beatles y del Signo Fatídico (el de la historia aquella del Capitán Blake y de su amigo Mortimer, personajes que ahora, de nuevo, reviven, no en "el Peneca", sino que en la televisión) entre tantos otros que pueblan nuestra memoria.
Londres, como París es París, es Londres. ...y no crean que me salió humo de la cabeza para concluir esto.
Naturalmente que no podía permitirme abandonar la Isla sin rendir un último homenaje a “La Virgen de las Rocas” y a “La Virgen con Santa Ana y el Niño”. Aprovechando que los museos del Reino son gratuitos, como corresponde a posesiones del pueblo británico, me permití ingresar a la National Gallery sólo 30 minutos antes del cierre, dirigiendo de inmediato mis pasos hacia donde ustedes ya suponen. Tras algunos minutos de contemplación de “La Virgen de las Rocas”, en la que siempre creo ver a nuestra señera Cruz del Sur (*) ingresé a la crepuscular estancia y, ¿a qué no saben a quién encontré allí?, ........¡aaah, veo que acertaron!. ¡Sí pues, a ella misma!, a mi francesa amiga Laurence V., tiernamente cogida de la mano de su rubia, joven y bellísima acompañante. Grande fue nuestra mutua sorpresa, casi como la vuestra al leer esto y grande también nuestra mutua complacencia al constatar que ambos habíamos tenido la misma feliz idea en la víspera de nuestras partidas. ¿Habrá la Dra. Laurence V. lamentado entonces que su alma gemela ocupase el cuerpo de un hombre?. Creí advertir, en su cómplice despedida, bajo las piadosas miradas de La Virgen, de Santa Ana, de San Juan Bautista y del Niño Jesús, que era así.
A la otra Laurence, a Laurence L., la conocí en la Place des Vosgues en París, frente a la casa que fue el hogar de Víctor Hugo pero ella será motivo para otra historia, en otra ocasión; ahora no desearía continuar mezclando el nombre del Maestro con relatos sobre amores terrenales.
Osvaldo González Rojas.
(*) Esta impresión es algo difícil de transmitir sin conocer la obra; en todo caso se trata de lo siguiente: en ella, la posición de las cabezas de los personajes coincide, casi perfectamente, con la posición de las estrellas que conforman la Cruz del Sur; puede que sea sólo una casualidad, sobre todo si se considera que esta constelación no es visible desde Italia, pero también existe la posibilidad que Leonardo la haya visto en las cartas celestes que traían los navegantes. Para que juzgue usted por sí mismo, más abajo incluyo una reproducción de La Virgen de las Rocas y de la Cruz del Sur.
A la izquierda, “La Virgen de las Rocas ”; a su derecha, la Cruz del Sur.
CUESTIÓN DE VISAS
CUESTIÓN DE VISAS
Quienes fuimos niños en la década de los cincuenta, teníamos el cine como entretención dominical. Tradicionales eran los rotativos; para mí fueron primero los del Teatro Municipal, el entonces más cercano a mi casa y, luego, los del Cine Palet o los del Plaza; para otros talquinos, como Roberto, eran los del Cine Oriente. De esos rotativos de tres películas, que fácilmente se convertían en cuatro, en cinco o incluso en seis, según el caso y los argumentos, se salía casi en el crepúsculo o ya bien entrada la noche, con los ojos inyectados en sangre y con el alma inflamada de ansias de vivir aventuras en la selva o en el lejano Oeste, de vivir aventuras contra mitológicos monstruos o torpes extraterrestres y también con deseos de convertirse, por supuesto, en símiles de los héroes juveniles de la época, James Dean o Elvis, entre otros. Los recuerdos de esas horas de imaginarias aventuras ayudaban a pasar el trago amargo de la certeza que el domingo se terminaba y que pronto, siempre antes de lo deseado, llegaría la mañana del lunes con su nueva semana de clases. La mayoría de las películas era en blanco y negro y algunas italianas; de estas últimas, las más apreciadas por mí eran las del Cura Don Camilo, en su eterna pugna con el alcalde comunista Don Pepone; las demás, las del realismo de la postguerra, no me gustaban nadita, mucho drama, mucha pobreza, mucho griterío y peleas entre mujeres tendiendo ropas en estrechas callejuelas avejentadas. Incluso la “La Strada”, de Federico Fellini, con Julieta Massina y Antony Quinn, que vi en compañía de mi padre, me produjo una desagradable impresión que aún me pena; todavía recuerdo, con desagrado, como me estiraba y revolvía de hastío en mi butaca mientras Anthony (Zampano) maniobraba, en alguna escena, con un “fucile”, frente a la blanca cara de sobremaquillados ojos de la Julieta (Gelsomina). ¡No!, ese tipo de cine no me gustaba nada.
Es sorprendente cuánto nos marcan las buenas y malas experiencias que tenemos en la niñez; para mí, haber visto ese cine, que mostraba una Italia que no me habría gustado visitar, explica por qué ese país se quedó sin conocerme cuando, a los 25 años y gracias a una beca, pude residir un largo periodo en Europa; la “bella” hubo de esperar hasta mi tercer viaje, recién en 1992, para darme ese gran placer, del cual el cine triste me privó, injustamente, durante tanto tiempo. Y si nunca he sentido más que un vago deseo y jamás la urgencia, de viajar a los Estados Unidos, ha sido, creo, por razones parecidas y también por la obligada visa que, la cuasi histérica actuación del Gobierno norteamericano para impedir la inmigración ilegal (... y ahora el terrorismo...) lleva a exigir a los naturales de muchos países de Latinoamérica. En este caso no ha sido sólo el cine gris y triste, sino que el cine y la televisión en los más brillantes colores, con sonido estereofónico y hasta con “sensuround”, los que se han empeñado, mostrando la más exquisita y completa paleta sobre violencia y bajezas en todos sus aspectos, para convencerme que aquellas situaciones son el pan de cada día en el país más poderoso de la Tierra; mafiosos de todos los tipos y calañas, corrupción hasta en las más altas esferas, drogas y prostitución, conflictos raciales y violencia sobre violencia con griterío en inglés y otras lenguas, son infaltables muestras de lo que pareciera ser la vida allí. ¡No!, “the american way of living”, tal como la presenta el cine y la televisión, no me gusta nada y mis motivaciones para viajar a ese país no logran superar en magnitud a los desagrados con los que mi mente supone se podría enfrentar, ni tampoco superan a la molestia que me produce tener que solicitar la imprescindible Visa de Turismo; ¡y no se trata de que no esté en condiciones de presentar alguno de los numerosos certificados y documentos solicitados!, incluidos el “reason why” y la carta de “buena conducta” de mi Banco que, naturalmente, no se exige a los norteamericanos para venir a Chile, ¡no!, se trata más bien de un difuso sentimiento de vejación, que termina por disuadirme de intentar la aventura de descubrir el Lejano Norte y priva, simultáneamente, a ese gran país, del placer de ser hollado por mis zapatos.
Pero no se crea que, a pesar de todo lo ya dicho, nunca he puesto un pie o los dos en “Los Estados”, ¡lo hice! y hace muy poco, casi por casualidad y la experiencia es digna de contarse, como verán a continuación:
En septiembre pasado, algo imprevistamente, debí viajar a Frankfurt. La marea de postulantes a grandes felinos que en esa época se lanza a volar, hace casi imposible encontrar pasajes aéreos y, con mucha suerte, logré conseguir uno en American Airlines, vía Dallas, la cual, en un nada directo ni corto viaje, debía llevarme a mi destino. La verdad es que me sentí bastante importante y muy satisfecho pues a la excelente atención que American Airlines brinda a todos sus pasajeros, se agregó la muy personalizada custodia de mi persona, ¡el único viajero a Europa sin visa para ingresar a USA!; se me acompañó desde la puerta de embarque a la puerta del avión; allí fui entregado a la Jefa de Cabina, junto con mi pasaporte y pasaje sellados en un sobre; al llegar a Dallas y desde la misma puerta del avión, fui conducido, por otro funcionario de la línea aérea, hasta la Sala de Tránsito para ser encerrado allí, bajo llave; cinco horas después, muy lateado, como se lo podrán imaginar; cuando llegó el momento de embarcar a Frankfurt, caminé, nuevamente escoltado, para ser confiado a la responsabilidad de la tripulación del plateado aparato en el que crucé el Atlántico. Realmente, ¡muy cómodo!, al punto que volvería a viajar con American y de nuevo sin visa.
Pero no crean que esta historia de visas termina aquí; déjenme contarles algo de lo sucedido en el viaje para que comprendan mejor mi casi perplejidad por otra de las facetas o, mejor, otra de las aristas de la “american way of living”, que no termina de gustarme.
Siempre que se viaja solo se espera, con algo de expectación, saber qué suerte deparará el destino con nuestro compañero o compañera de asiento; más de alguna vez ha surgido, en esa larga e inevitable relación de proximidad, una aventurera y hasta ilícita historia de amor; en otras ocasiones, menos espectaculares, nos vemos simplemente estrujados entre dos mudos gordos que sólo miran hipnotizados la tele, posiblemente porque les recuerda el lejano hogar que tanto echan de menos; afortunadamente, las más de las veces se comparte sólo una buena conversación, muy probablemente en alguna lengua que no es la nuestra y que acorta las horas y hace amistades sin complicaciones. En esta oportunidad me tocó de vecino un más bien delgaducho coyhaiquino de unos 27 años, que me intrigó desde que lo vi sentarse y, sobre todo, desde que advertí que no hablaba ni una sola palabra en inglés; tras ayudarlo a seleccionar la comida y a resolver otras dudas, comencé a enterarme acerca de los detalles de su viaje. Largo sería transcribir nuestra conversación pero el asunto quedará suficientemente claro con lo siguiente: sin parientes en Los Estados Unidos y sin saber inglés, viajaba, a algún pueblo del Estado de Montana, a trabajar en no sabía qué ni para quién (la idea más cercana era en ¿training? ); recibiría un sueldo de U$850, del cual se habría de descontar, en unos 18 meses, los gastos (pasajes aéreos, gastos de visa y otros administrativos) realizados por sus futuros empleadores o por la “compañía” organizadora de su viaje. Saldada su deuda, podría volver a Chile, si es que lo desease y si es que hubiese logrado ahorrar lo suficiente para pagar su pasaje y etc. Según este simpático y simple personaje, que hasta entonces sólo había trabajado ayudando a su padre, un amigo lo había puesto en contacto con “la compañía”, la cual le hizo todos los trámites de viaje, incluida la famosa Visa (de Trabajo, por supuesto...) y que, además de él, estaba llevando a otros 300 jóvenes de la región de Coyhaique para trabajar en algún pueblito de Montana, en no se sabe qué ni para quién (otra exportación no tradicional, parece...). Sintiendo yo que él sería un esclavo legal, podía adivinar, también, que lo haría para un explotador y me angustió muchísimo pensar en el nada claro ni halagüeño futuro de mi joven compatriota; en ese convencimiento no escatimé consejos ni advertencias para que estuviese alerta a malos signos y pudiese liberarse, si las cosas andaban mal, de lo que yo creo serían malas zarpas. Lo previne del SIDA, de las “malas mujeres” (que, paradójicamente, a veces son bastante buenas) de los malos hombres y de las drogas; lo incentivé a ahorrar lo más posible, a tratar de aprender inglés y a hacerse de un buen amigo pero, aún así, siento que no fue suficiente y mi conciencia no cesa de preguntarse qué será de él. Ojalá me equivoque y mis aprensiones sean infundadas; ojalá mi joven compañero de viaje sienta que, en el Lejano Norte, encontró las oportunidades que no le ofreció el Lejano Sur; ¡ojalá!.
Obtener una Visa de Turismo es molesto y algo complejo; conseguirle una Visa de Esclavo Legal a un chileno no parece tanto; imagino que sólo bastará con declarar que se tiene trabajo mínimo para él... una cuestión de visas, supongo... y también de la “american way of living” en el país adalid de los derechos humanos en el mundo y protector-salvador contra ataques extraterrestres que amenazan con esclavizar o eliminar a la especie humana (aquella que algunos traducen del inglés como “raza humana”, haciendo que hierva algo en mi interior...) antes que los desperdicios y que la contaminación que ese mismo país genera, tengan la posibilidad de robarle ese dudoso honor.
Sí, no logra gustarme la idea de viajar al gran país del Norte aunque muy probablemente, si lo hiciera y pudiese descubrir sus virtudes y belleza, puede que cambiase mi actual punto de vista. Conocernos para amarnos, dice el refrán.......pero también podría ser para odiarnos.
A pesar de todo, volaría de nuevo a Europa con American pero esta vez procuraría hacerlo con visa para ingresar a USA, aunque sólo fuese para evitar, al regreso, la latosa espera en la Sala de Tránsito de Miami, que es francamente inhóspita. En fin, quizás sea esta una tímida forma de intentar resolver mis dudas acerca de la “american way of living”, que no termina de gustarme.
Osvaldo González Rojas.
P.S.: Ya tengo visa pero aún no me decido a intentar despejar mis dudas....
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Quienes fuimos niños en la década de los cincuenta, teníamos el cine como entretención dominical. Tradicionales eran los rotativos; para mí fueron primero los del Teatro Municipal, el entonces más cercano a mi casa y, luego, los del Cine Palet o los del Plaza; para otros talquinos, como Roberto, eran los del Cine Oriente. De esos rotativos de tres películas, que fácilmente se convertían en cuatro, en cinco o incluso en seis, según el caso y los argumentos, se salía casi en el crepúsculo o ya bien entrada la noche, con los ojos inyectados en sangre y con el alma inflamada de ansias de vivir aventuras en la selva o en el lejano Oeste, de vivir aventuras contra mitológicos monstruos o torpes extraterrestres y también con deseos de convertirse, por supuesto, en símiles de los héroes juveniles de la época, James Dean o Elvis, entre otros. Los recuerdos de esas horas de imaginarias aventuras ayudaban a pasar el trago amargo de la certeza que el domingo se terminaba y que pronto, siempre antes de lo deseado, llegaría la mañana del lunes con su nueva semana de clases. La mayoría de las películas era en blanco y negro y algunas italianas; de estas últimas, las más apreciadas por mí eran las del Cura Don Camilo, en su eterna pugna con el alcalde comunista Don Pepone; las demás, las del realismo de la postguerra, no me gustaban nadita, mucho drama, mucha pobreza, mucho griterío y peleas entre mujeres tendiendo ropas en estrechas callejuelas avejentadas. Incluso la “La Strada”, de Federico Fellini, con Julieta Massina y Antony Quinn, que vi en compañía de mi padre, me produjo una desagradable impresión que aún me pena; todavía recuerdo, con desagrado, como me estiraba y revolvía de hastío en mi butaca mientras Anthony (Zampano) maniobraba, en alguna escena, con un “fucile”, frente a la blanca cara de sobremaquillados ojos de la Julieta (Gelsomina). ¡No!, ese tipo de cine no me gustaba nada.
Es sorprendente cuánto nos marcan las buenas y malas experiencias que tenemos en la niñez; para mí, haber visto ese cine, que mostraba una Italia que no me habría gustado visitar, explica por qué ese país se quedó sin conocerme cuando, a los 25 años y gracias a una beca, pude residir un largo periodo en Europa; la “bella” hubo de esperar hasta mi tercer viaje, recién en 1992, para darme ese gran placer, del cual el cine triste me privó, injustamente, durante tanto tiempo. Y si nunca he sentido más que un vago deseo y jamás la urgencia, de viajar a los Estados Unidos, ha sido, creo, por razones parecidas y también por la obligada visa que, la cuasi histérica actuación del Gobierno norteamericano para impedir la inmigración ilegal (... y ahora el terrorismo...) lleva a exigir a los naturales de muchos países de Latinoamérica. En este caso no ha sido sólo el cine gris y triste, sino que el cine y la televisión en los más brillantes colores, con sonido estereofónico y hasta con “sensuround”, los que se han empeñado, mostrando la más exquisita y completa paleta sobre violencia y bajezas en todos sus aspectos, para convencerme que aquellas situaciones son el pan de cada día en el país más poderoso de la Tierra; mafiosos de todos los tipos y calañas, corrupción hasta en las más altas esferas, drogas y prostitución, conflictos raciales y violencia sobre violencia con griterío en inglés y otras lenguas, son infaltables muestras de lo que pareciera ser la vida allí. ¡No!, “the american way of living”, tal como la presenta el cine y la televisión, no me gusta nada y mis motivaciones para viajar a ese país no logran superar en magnitud a los desagrados con los que mi mente supone se podría enfrentar, ni tampoco superan a la molestia que me produce tener que solicitar la imprescindible Visa de Turismo; ¡y no se trata de que no esté en condiciones de presentar alguno de los numerosos certificados y documentos solicitados!, incluidos el “reason why” y la carta de “buena conducta” de mi Banco que, naturalmente, no se exige a los norteamericanos para venir a Chile, ¡no!, se trata más bien de un difuso sentimiento de vejación, que termina por disuadirme de intentar la aventura de descubrir el Lejano Norte y priva, simultáneamente, a ese gran país, del placer de ser hollado por mis zapatos.
Pero no se crea que, a pesar de todo lo ya dicho, nunca he puesto un pie o los dos en “Los Estados”, ¡lo hice! y hace muy poco, casi por casualidad y la experiencia es digna de contarse, como verán a continuación:
En septiembre pasado, algo imprevistamente, debí viajar a Frankfurt. La marea de postulantes a grandes felinos que en esa época se lanza a volar, hace casi imposible encontrar pasajes aéreos y, con mucha suerte, logré conseguir uno en American Airlines, vía Dallas, la cual, en un nada directo ni corto viaje, debía llevarme a mi destino. La verdad es que me sentí bastante importante y muy satisfecho pues a la excelente atención que American Airlines brinda a todos sus pasajeros, se agregó la muy personalizada custodia de mi persona, ¡el único viajero a Europa sin visa para ingresar a USA!; se me acompañó desde la puerta de embarque a la puerta del avión; allí fui entregado a la Jefa de Cabina, junto con mi pasaporte y pasaje sellados en un sobre; al llegar a Dallas y desde la misma puerta del avión, fui conducido, por otro funcionario de la línea aérea, hasta la Sala de Tránsito para ser encerrado allí, bajo llave; cinco horas después, muy lateado, como se lo podrán imaginar; cuando llegó el momento de embarcar a Frankfurt, caminé, nuevamente escoltado, para ser confiado a la responsabilidad de la tripulación del plateado aparato en el que crucé el Atlántico. Realmente, ¡muy cómodo!, al punto que volvería a viajar con American y de nuevo sin visa.
Pero no crean que esta historia de visas termina aquí; déjenme contarles algo de lo sucedido en el viaje para que comprendan mejor mi casi perplejidad por otra de las facetas o, mejor, otra de las aristas de la “american way of living”, que no termina de gustarme.
Siempre que se viaja solo se espera, con algo de expectación, saber qué suerte deparará el destino con nuestro compañero o compañera de asiento; más de alguna vez ha surgido, en esa larga e inevitable relación de proximidad, una aventurera y hasta ilícita historia de amor; en otras ocasiones, menos espectaculares, nos vemos simplemente estrujados entre dos mudos gordos que sólo miran hipnotizados la tele, posiblemente porque les recuerda el lejano hogar que tanto echan de menos; afortunadamente, las más de las veces se comparte sólo una buena conversación, muy probablemente en alguna lengua que no es la nuestra y que acorta las horas y hace amistades sin complicaciones. En esta oportunidad me tocó de vecino un más bien delgaducho coyhaiquino de unos 27 años, que me intrigó desde que lo vi sentarse y, sobre todo, desde que advertí que no hablaba ni una sola palabra en inglés; tras ayudarlo a seleccionar la comida y a resolver otras dudas, comencé a enterarme acerca de los detalles de su viaje. Largo sería transcribir nuestra conversación pero el asunto quedará suficientemente claro con lo siguiente: sin parientes en Los Estados Unidos y sin saber inglés, viajaba, a algún pueblo del Estado de Montana, a trabajar en no sabía qué ni para quién (la idea más cercana era en ¿training? ); recibiría un sueldo de U$850, del cual se habría de descontar, en unos 18 meses, los gastos (pasajes aéreos, gastos de visa y otros administrativos) realizados por sus futuros empleadores o por la “compañía” organizadora de su viaje. Saldada su deuda, podría volver a Chile, si es que lo desease y si es que hubiese logrado ahorrar lo suficiente para pagar su pasaje y etc. Según este simpático y simple personaje, que hasta entonces sólo había trabajado ayudando a su padre, un amigo lo había puesto en contacto con “la compañía”, la cual le hizo todos los trámites de viaje, incluida la famosa Visa (de Trabajo, por supuesto...) y que, además de él, estaba llevando a otros 300 jóvenes de la región de Coyhaique para trabajar en algún pueblito de Montana, en no se sabe qué ni para quién (otra exportación no tradicional, parece...). Sintiendo yo que él sería un esclavo legal, podía adivinar, también, que lo haría para un explotador y me angustió muchísimo pensar en el nada claro ni halagüeño futuro de mi joven compatriota; en ese convencimiento no escatimé consejos ni advertencias para que estuviese alerta a malos signos y pudiese liberarse, si las cosas andaban mal, de lo que yo creo serían malas zarpas. Lo previne del SIDA, de las “malas mujeres” (que, paradójicamente, a veces son bastante buenas) de los malos hombres y de las drogas; lo incentivé a ahorrar lo más posible, a tratar de aprender inglés y a hacerse de un buen amigo pero, aún así, siento que no fue suficiente y mi conciencia no cesa de preguntarse qué será de él. Ojalá me equivoque y mis aprensiones sean infundadas; ojalá mi joven compañero de viaje sienta que, en el Lejano Norte, encontró las oportunidades que no le ofreció el Lejano Sur; ¡ojalá!.
Obtener una Visa de Turismo es molesto y algo complejo; conseguirle una Visa de Esclavo Legal a un chileno no parece tanto; imagino que sólo bastará con declarar que se tiene trabajo mínimo para él... una cuestión de visas, supongo... y también de la “american way of living” en el país adalid de los derechos humanos en el mundo y protector-salvador contra ataques extraterrestres que amenazan con esclavizar o eliminar a la especie humana (aquella que algunos traducen del inglés como “raza humana”, haciendo que hierva algo en mi interior...) antes que los desperdicios y que la contaminación que ese mismo país genera, tengan la posibilidad de robarle ese dudoso honor.
Sí, no logra gustarme la idea de viajar al gran país del Norte aunque muy probablemente, si lo hiciera y pudiese descubrir sus virtudes y belleza, puede que cambiase mi actual punto de vista. Conocernos para amarnos, dice el refrán.......pero también podría ser para odiarnos.
A pesar de todo, volaría de nuevo a Europa con American pero esta vez procuraría hacerlo con visa para ingresar a USA, aunque sólo fuese para evitar, al regreso, la latosa espera en la Sala de Tránsito de Miami, que es francamente inhóspita. En fin, quizás sea esta una tímida forma de intentar resolver mis dudas acerca de la “american way of living”, que no termina de gustarme.
Osvaldo González Rojas.
P.S.: Ya tengo visa pero aún no me decido a intentar despejar mis dudas....
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LOS ESFUERZOS DE LA PERRA NEGRITA
LOS ESFUERZOS DE LA PERRA NEGRITA
Me admiraba, días atrás, al observar los tremendos esfuerzos que hacía la perra “Negrita” para comunicarme sus deseos; no sólo era la actitud de su cuerpo y los gestos que con su cara de perro realizaba, sino que también la expresión de su mirada y los extraños y urgentes sonidos que emitía. Yo sabía lo que ella quería pero insistía en darle la impresión de no comprender, preguntándole, una y otra vez, con mi rostro y mi voz, que era lo que deseaba. Su desesperación era evidente; casi se podía adivinar la magnitud de la necesidad que se desarrollaba en su cerebro y de cómo allí las neuronas intentaban, frenéticamente, establecer nuevas conexiones, que difícilmente podrían tener lugar, para que el concepto que martillaba en su canina mente pudiese transformarse en verbo y expresarse a través de sonidos. La escena anterior, muy conocida por los que tenemos mascotas, no forma parte de la experiencia del resto, ni tampoco la exuberante explosión de alegría que manifiesta el animal cuando constata que su propósito ha sido conseguido: ¿salir?, ¿salir a pasear es lo que quieres?, ¡yaaa!, vaamos…. Las esperadas palabras han sido pronunciadas por su “papá” humano.
Es curioso constatar que tales esfuerzos por comunicarse se dan frecuentemente en el sentido animal-humano y sólo muy raramente en el animal-animal; sin duda que la recompensa de verse comprendido con la que el animal se ve gratificado y que espera por experiencia, hace interesante y justificado el trabajo por lograr su propósito. Entre animal y animal sólo se asiste a despliegues semejantes de recursos comunicacionales cuando el macho corteja a la hembra, intentando convencerla de aceptar el apareamiento sexual. Ello es así, seguramente, porque aquella situación constituye una de las pocas, en el reino animal, en la cual la satisfacción de una urgente necesidad depende de otro ser y porque es fundamental para la reproducción y la supervivencia de la especie. Comprender o sentir que la satisfacción de una necesidad propia depende de otro ser es imprescindible para desear establecer una comunicación con él y ello surge, primariamente, entre individuos de una misma especie, entre macho y hembra, entre madre e hijo, entre padre e hijo y entre amo y mascota.
El nacimiento de la escritura y con ella el de la Historia, es un acontecimiento no muy lejano, del cual se conoce, aproximadamente bien, la época, el lugar y la evolución que desde entonces ha tenido. No ocurre lo mismo con el nacimiento de la herramienta comunicacional previa a ella, es decir, del lenguaje oral. Sólo razonables conjeturas ha podido hacerse al respecto y ello es motivo de intensa preocupación para antropólogos y paleontólogos. En todo caso, sea como haya sido, surgió y evolucionó para extinguir la intensa necesidad de comunicarse, manifestada en alguna rama de nuestros remotos antepasados y que demostró, para ella, ser fundamental para consolidar la supremacía de la subespecie que la adquirió.
Mi experiencia comunicacional con animales, de la cual los párrafos iniciales de este artículo son un ejemplo, refuerza en mí la idea que el deseo de comunicarse es previo al lenguaje que lo permite en forma precisa. El deseo, o forma en la que se manifiesta la necesidad de comunicarse, da origen, como ocurre con todas las necesidades, a las acciones que las satisfarán y, aunque muchas de ellas ya están genéticamente determinadas, todas se desarrollan según las circunstancias y el aprendizaje. El deseo de comunicarse es previo al lenguaje pero previo y muy anterior aún puede ser el desarrollo de la capacidad de formularse autointerrogantes, es decir, el desarrollo de la comunicación consigo mismo; allí debe estar el primer asomo de mente en los animales y en los hombres primitivos. Esta capacidad, que debe haber aparecido tempranamente en la evolución de los seres vivos, pudo ser gatillada por la interacción con el medio ambiente, proveedor de alimento, pareja y enemigos. Las autointerrogantes básicas del tipo: ¿Qué es eso? (amigo o enemigo, macho o hembra, alimento, etc.) son fundamentales para la supervivencia de todo ser y de su especie; las respuestas, aún sin lenguaje, deben darse en alguna forma, quizás con la ayuda de un protolenguaje, parte del cual puede ser genéticamente heredado y parte aprendido con la experiencia. Sólo después que un ser constata que requiere de la respuesta de otro para satisfacer sus necesidades, se desarrolla en él el interés por comunicarse hacia el exterior y también comienza, entonces, el desarrollo de protolenguajes gestuales, sonoros, químicos y, eventualmente, verbales. Es obvio que la adquisición de un lenguaje significa la adquisición de ventajas comparativas importantes para una especie, las que facilitan su supervivencia y predominio sobre otras. Es gracias a ello, sin duda, que el ser humano, milenio a milenio, adquirió aquella capacidad de enseñorearse sobre todo en este planeta.
Habiéndose adquirido la capacidad cerebral de tener un lenguaje y también las características fisiológicas que permiten la producción de los variados sonidos que hacen posible una comunicación oral como la humana, cabe preguntarse lo que sucede en el cerebro de quien no ha tenido aún la oportunidad de aprender un lenguaje, ya sea porque es todavía muy joven o porque ha vivido aislado (el caso de los niños-lobo, por ejemplo). La respuesta, basada en la experiencia con dichos sujetos es, ciertamente, difícil pero se puede intentar infiriéndola de las conclusiones a las que ha llevado el análisis de la forma en la que dicha capacidad ha evolucionado y de la lógica del proceso: las preguntas básicas y otras no tanto, deben estar allí, autoformulándose sin palabras. Autointerrogantes tales como: ¿qué es eso?, ¿qué pasa?, ¿qué es esto?, ¿qué o quién soy yo?, deben ser frecuentes en la mente de tales seres y también, probablemente, la asignación de sonidos a ellas, en una especie de lenguaje propio, capaz de permitir una comunicación con ellos mismos. En el caso de la convivencia de dos o más seres humanos aislados de todos los demás, es casi indudable que terminarán acordando un lenguaje común propio aunque elemental e incompleto, con todas las limitaciones que supone el no contar con el acerbo de experiencia y conocimientos acumulados por un grupo social estable y con historia común. Lo importante, en todo caso, es que las preguntas deben estar allí, antes de la existencia de cualquier idioma, y también las capacidades para traducirlas en estructuras mentales, que otra parte del organismo podría transformar en sonidos. Al respecto, tengo lo que parece ser un muy antiguo y vago recuerdo, tan antiguo que estoy convencido que viene desde mi época de bebé: acostado sobre mi cama, o mi cuna quizás, veo, sobre mí, a mis manos y brazos moviéndose y tocándose; una de mis manos pellizca un brazo y resuena en mi mente la pregunta ¿qué es esto?, ¿qué es esto?… y eso es todo….¿Qué por qué lo recuerdo?, ¿y por qué con esa persistencia e intensidad?, no lo sé; sólo sé que lo hago desde hace mucho, sin duda que desde niño, y eso me intriga; ¿será porque fue la primera auto interrogante, sin palabras, que se originó en mi mente y de la cual tengo memoria?; no lo sé pero es curioso….
Sea como sea que haya sido el nacimiento de la comunicación oral y escrita, está claro que ella ha sido fundamental en el desarrollo y progreso de Humanidad y constituye uno de los rasgos distintivos por excelencia de nuestra especie; constituye también un inapreciable valor que es necesario cultivar y mantener para asegurar no sólo el progreso científico y técnico, sino que, y muy especialmente, el desarrollo espiritual de las actuales y futuras generaciones. El desarrollo de la muy rezagada conciencia del ser humano depende, grandemente, del éxito en esta tarea. Nuestra responsabilidad como profesores, debiera estar comprometida con ella.
Siento tener que terminar este artículo aquí, sin antes extender las ideas expuestas a los problemas de la posible comunicación entre humanos y seres extraterrestres más avanzados, pero la perra “Negrita” me dice que es hora de salir; ella, como no muchos humanos pueden, va a la Universidad todos los días, aunque sólo sea para pasear en sus jardines...
Osvaldo González Rojas.
P.S. Este Artículo tuvo un triste epílogo; dos semanas después de haber sido escrito, la simpática Negrita murió, envenenada, tras uno de sus nocturnos paseos por el Campus que, hasta ese entonces, había constituido, para ella y para nosotros, un placentero y seguro lugar, pleno de gratos recuerdos de toda una vida. La carta que sigue, publicada en el Diario “El Sur” de Concepción, con fecha xxxxx, resume los que fueron nuestros sentimientos al respecto.
PENA EN EL ALMA.
Nuestra perra Toulouse, o la “Negrita”, fue envenenada con estricnina y murió, como no debió ser, sumiéndonos en intenso dolor. La pena ha sido doble, pues el hecho ocurrió en los jardines del Barrio Universitario, en el Campus de mi “Alma Mater”, el cual siempre consideré un lugar de armonía y seguridad para mis hijos y mis perros; allí, manos criminales, que ordenaron, prepararon y ejecutaron, le ofrecieron, o arrojaron indiscriminadamente, el mortal cebo que nos arrebató un ser muy querido, tras un paseo más al lugar que visitó y disfrutó, casi diariamente, por cinco años. Para nosotros, ni el Barrio ni sus guardias serán ya los mismos; siempre tendré la duda si es que aquel que me abrió la barrera, como todas las noches, o aquellos que en grupo conversaban cerca de mi auto ignoraban, o supieron y callaron, lo que habría de suceder.
Varias otras penas nos quedan en el alma: el sentimiento de que pudimos hacer más y la impresión que su gentil veterinario no estaba preparado para esa emergencia…; en fin, el tiempo las atenuará y cada cual obtendrá experiencia del dolor propio o del ajeno.
La Negrita descansa en su patio, junto a otros animalitos que nos han acompañado en nuestras vidas y, aunque pudiera pensarse que tras la última paletada nadie dijo nada, ello no fue así, pues mi hijo leyó algunas palabras que la tristeza le inspiró; “…y sea adónde sea que van las perritas cuando mueren, Negrita, te deseamos que seas feliz, como tú nos hiciste a nosotros”.
Afortunadamente, varias alegrías nos quedan también en el alma: mi hija menor recogió a su Toulouse de la calle, en peor estado que aquellos perros que se intentó eliminar, y le dimos una vida feliz, cosa ella nos retribuyó con creces. Fue una gran suerte, para nosotros, haber contado con su tierna compañía por casi cinco años y no la olvidaremos.
El dolor de todos nosotros, el pesar de otros que la conocieron y, sobre todo, las lágrimas de Claudia, merecen, del Administrador del Barrio, algo más que una disculpa, jamás explicaciones ni justificaciones. Del Rector, no sólo nosotros esperamos el compromiso que nunca más se usará, allí, inhumanos métodos de solucionar el problema de los perritos abandonados que en el Campus buscan refugio; sólo así se podrá evitar el que otra familia vea morir a su Negrita, como no debe ser.
Osvaldo González Rojas.
Sea, pues, todo lo escrito, un homenaje a tan extraordinario animal.
Me admiraba, días atrás, al observar los tremendos esfuerzos que hacía la perra “Negrita” para comunicarme sus deseos; no sólo era la actitud de su cuerpo y los gestos que con su cara de perro realizaba, sino que también la expresión de su mirada y los extraños y urgentes sonidos que emitía. Yo sabía lo que ella quería pero insistía en darle la impresión de no comprender, preguntándole, una y otra vez, con mi rostro y mi voz, que era lo que deseaba. Su desesperación era evidente; casi se podía adivinar la magnitud de la necesidad que se desarrollaba en su cerebro y de cómo allí las neuronas intentaban, frenéticamente, establecer nuevas conexiones, que difícilmente podrían tener lugar, para que el concepto que martillaba en su canina mente pudiese transformarse en verbo y expresarse a través de sonidos. La escena anterior, muy conocida por los que tenemos mascotas, no forma parte de la experiencia del resto, ni tampoco la exuberante explosión de alegría que manifiesta el animal cuando constata que su propósito ha sido conseguido: ¿salir?, ¿salir a pasear es lo que quieres?, ¡yaaa!, vaamos…. Las esperadas palabras han sido pronunciadas por su “papá” humano.
Es curioso constatar que tales esfuerzos por comunicarse se dan frecuentemente en el sentido animal-humano y sólo muy raramente en el animal-animal; sin duda que la recompensa de verse comprendido con la que el animal se ve gratificado y que espera por experiencia, hace interesante y justificado el trabajo por lograr su propósito. Entre animal y animal sólo se asiste a despliegues semejantes de recursos comunicacionales cuando el macho corteja a la hembra, intentando convencerla de aceptar el apareamiento sexual. Ello es así, seguramente, porque aquella situación constituye una de las pocas, en el reino animal, en la cual la satisfacción de una urgente necesidad depende de otro ser y porque es fundamental para la reproducción y la supervivencia de la especie. Comprender o sentir que la satisfacción de una necesidad propia depende de otro ser es imprescindible para desear establecer una comunicación con él y ello surge, primariamente, entre individuos de una misma especie, entre macho y hembra, entre madre e hijo, entre padre e hijo y entre amo y mascota.
El nacimiento de la escritura y con ella el de la Historia, es un acontecimiento no muy lejano, del cual se conoce, aproximadamente bien, la época, el lugar y la evolución que desde entonces ha tenido. No ocurre lo mismo con el nacimiento de la herramienta comunicacional previa a ella, es decir, del lenguaje oral. Sólo razonables conjeturas ha podido hacerse al respecto y ello es motivo de intensa preocupación para antropólogos y paleontólogos. En todo caso, sea como haya sido, surgió y evolucionó para extinguir la intensa necesidad de comunicarse, manifestada en alguna rama de nuestros remotos antepasados y que demostró, para ella, ser fundamental para consolidar la supremacía de la subespecie que la adquirió.
Mi experiencia comunicacional con animales, de la cual los párrafos iniciales de este artículo son un ejemplo, refuerza en mí la idea que el deseo de comunicarse es previo al lenguaje que lo permite en forma precisa. El deseo, o forma en la que se manifiesta la necesidad de comunicarse, da origen, como ocurre con todas las necesidades, a las acciones que las satisfarán y, aunque muchas de ellas ya están genéticamente determinadas, todas se desarrollan según las circunstancias y el aprendizaje. El deseo de comunicarse es previo al lenguaje pero previo y muy anterior aún puede ser el desarrollo de la capacidad de formularse autointerrogantes, es decir, el desarrollo de la comunicación consigo mismo; allí debe estar el primer asomo de mente en los animales y en los hombres primitivos. Esta capacidad, que debe haber aparecido tempranamente en la evolución de los seres vivos, pudo ser gatillada por la interacción con el medio ambiente, proveedor de alimento, pareja y enemigos. Las autointerrogantes básicas del tipo: ¿Qué es eso? (amigo o enemigo, macho o hembra, alimento, etc.) son fundamentales para la supervivencia de todo ser y de su especie; las respuestas, aún sin lenguaje, deben darse en alguna forma, quizás con la ayuda de un protolenguaje, parte del cual puede ser genéticamente heredado y parte aprendido con la experiencia. Sólo después que un ser constata que requiere de la respuesta de otro para satisfacer sus necesidades, se desarrolla en él el interés por comunicarse hacia el exterior y también comienza, entonces, el desarrollo de protolenguajes gestuales, sonoros, químicos y, eventualmente, verbales. Es obvio que la adquisición de un lenguaje significa la adquisición de ventajas comparativas importantes para una especie, las que facilitan su supervivencia y predominio sobre otras. Es gracias a ello, sin duda, que el ser humano, milenio a milenio, adquirió aquella capacidad de enseñorearse sobre todo en este planeta.
Habiéndose adquirido la capacidad cerebral de tener un lenguaje y también las características fisiológicas que permiten la producción de los variados sonidos que hacen posible una comunicación oral como la humana, cabe preguntarse lo que sucede en el cerebro de quien no ha tenido aún la oportunidad de aprender un lenguaje, ya sea porque es todavía muy joven o porque ha vivido aislado (el caso de los niños-lobo, por ejemplo). La respuesta, basada en la experiencia con dichos sujetos es, ciertamente, difícil pero se puede intentar infiriéndola de las conclusiones a las que ha llevado el análisis de la forma en la que dicha capacidad ha evolucionado y de la lógica del proceso: las preguntas básicas y otras no tanto, deben estar allí, autoformulándose sin palabras. Autointerrogantes tales como: ¿qué es eso?, ¿qué pasa?, ¿qué es esto?, ¿qué o quién soy yo?, deben ser frecuentes en la mente de tales seres y también, probablemente, la asignación de sonidos a ellas, en una especie de lenguaje propio, capaz de permitir una comunicación con ellos mismos. En el caso de la convivencia de dos o más seres humanos aislados de todos los demás, es casi indudable que terminarán acordando un lenguaje común propio aunque elemental e incompleto, con todas las limitaciones que supone el no contar con el acerbo de experiencia y conocimientos acumulados por un grupo social estable y con historia común. Lo importante, en todo caso, es que las preguntas deben estar allí, antes de la existencia de cualquier idioma, y también las capacidades para traducirlas en estructuras mentales, que otra parte del organismo podría transformar en sonidos. Al respecto, tengo lo que parece ser un muy antiguo y vago recuerdo, tan antiguo que estoy convencido que viene desde mi época de bebé: acostado sobre mi cama, o mi cuna quizás, veo, sobre mí, a mis manos y brazos moviéndose y tocándose; una de mis manos pellizca un brazo y resuena en mi mente la pregunta ¿qué es esto?, ¿qué es esto?… y eso es todo….¿Qué por qué lo recuerdo?, ¿y por qué con esa persistencia e intensidad?, no lo sé; sólo sé que lo hago desde hace mucho, sin duda que desde niño, y eso me intriga; ¿será porque fue la primera auto interrogante, sin palabras, que se originó en mi mente y de la cual tengo memoria?; no lo sé pero es curioso….
Sea como sea que haya sido el nacimiento de la comunicación oral y escrita, está claro que ella ha sido fundamental en el desarrollo y progreso de Humanidad y constituye uno de los rasgos distintivos por excelencia de nuestra especie; constituye también un inapreciable valor que es necesario cultivar y mantener para asegurar no sólo el progreso científico y técnico, sino que, y muy especialmente, el desarrollo espiritual de las actuales y futuras generaciones. El desarrollo de la muy rezagada conciencia del ser humano depende, grandemente, del éxito en esta tarea. Nuestra responsabilidad como profesores, debiera estar comprometida con ella.
Siento tener que terminar este artículo aquí, sin antes extender las ideas expuestas a los problemas de la posible comunicación entre humanos y seres extraterrestres más avanzados, pero la perra “Negrita” me dice que es hora de salir; ella, como no muchos humanos pueden, va a la Universidad todos los días, aunque sólo sea para pasear en sus jardines...
Osvaldo González Rojas.
P.S. Este Artículo tuvo un triste epílogo; dos semanas después de haber sido escrito, la simpática Negrita murió, envenenada, tras uno de sus nocturnos paseos por el Campus que, hasta ese entonces, había constituido, para ella y para nosotros, un placentero y seguro lugar, pleno de gratos recuerdos de toda una vida. La carta que sigue, publicada en el Diario “El Sur” de Concepción, con fecha xxxxx, resume los que fueron nuestros sentimientos al respecto.
PENA EN EL ALMA.
Nuestra perra Toulouse, o la “Negrita”, fue envenenada con estricnina y murió, como no debió ser, sumiéndonos en intenso dolor. La pena ha sido doble, pues el hecho ocurrió en los jardines del Barrio Universitario, en el Campus de mi “Alma Mater”, el cual siempre consideré un lugar de armonía y seguridad para mis hijos y mis perros; allí, manos criminales, que ordenaron, prepararon y ejecutaron, le ofrecieron, o arrojaron indiscriminadamente, el mortal cebo que nos arrebató un ser muy querido, tras un paseo más al lugar que visitó y disfrutó, casi diariamente, por cinco años. Para nosotros, ni el Barrio ni sus guardias serán ya los mismos; siempre tendré la duda si es que aquel que me abrió la barrera, como todas las noches, o aquellos que en grupo conversaban cerca de mi auto ignoraban, o supieron y callaron, lo que habría de suceder.
Varias otras penas nos quedan en el alma: el sentimiento de que pudimos hacer más y la impresión que su gentil veterinario no estaba preparado para esa emergencia…; en fin, el tiempo las atenuará y cada cual obtendrá experiencia del dolor propio o del ajeno.
La Negrita descansa en su patio, junto a otros animalitos que nos han acompañado en nuestras vidas y, aunque pudiera pensarse que tras la última paletada nadie dijo nada, ello no fue así, pues mi hijo leyó algunas palabras que la tristeza le inspiró; “…y sea adónde sea que van las perritas cuando mueren, Negrita, te deseamos que seas feliz, como tú nos hiciste a nosotros”.
Afortunadamente, varias alegrías nos quedan también en el alma: mi hija menor recogió a su Toulouse de la calle, en peor estado que aquellos perros que se intentó eliminar, y le dimos una vida feliz, cosa ella nos retribuyó con creces. Fue una gran suerte, para nosotros, haber contado con su tierna compañía por casi cinco años y no la olvidaremos.
El dolor de todos nosotros, el pesar de otros que la conocieron y, sobre todo, las lágrimas de Claudia, merecen, del Administrador del Barrio, algo más que una disculpa, jamás explicaciones ni justificaciones. Del Rector, no sólo nosotros esperamos el compromiso que nunca más se usará, allí, inhumanos métodos de solucionar el problema de los perritos abandonados que en el Campus buscan refugio; sólo así se podrá evitar el que otra familia vea morir a su Negrita, como no debe ser.
Osvaldo González Rojas.
Sea, pues, todo lo escrito, un homenaje a tan extraordinario animal.
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